Además pretendía robar una máquina completa alegando “es Mi Pc”

Rosendo Marín, jubilado sanrafaelino de 67 años, fue invitado a abandonar ayer el aula de informática a la que acudía por las tardes al acusársele de copiar y pegar. “Al empezar el curso ya alardeó de que tenía algunas nociones básicas de informática. Pero luego se comprobó que no era así. Tardó dos horas en escribir un e-mail de dos frases y, al terminar, le arrojó el monitor a un compañero para que lo leyese en vez de darle al botón de enviar. La pantalla era de tubo. Hubo fracturas”, explica el profesor que ha decidido expulsar a Marín.

La gota que colmó el vaso fue la bofetada que el anciano le propinó a la alumna que se sentaba a su lado. “Le copiaba los apuntes y, cuando la otra se quejaba, recibía un guantazo. Él dice que practicaba lo de copiar y pegar, pero es inadmisible”, insiste el profesor. La propia esposa de Rosendo Marín advierte que, tras 50 años de matrimonio, aún no sabe si su marido “es tonto o se hace”.

Los esfuerzos de Marín se centran ahora en que le permitan reiniciar las clases: “Entiendo que es un problema ir más avanzado que los demás. Prometo no adelantarme en el Windows, ir al ritmo de todos”, afirma. Su profesor explica que los conflictos tienen que ver con el hecho de que Rosendo “es incapaz de entender la diferencia entre lo real y lo virtual. A la hora de pasar un texto escrito a mano al ordenador, por ejemplo, se empeña en introducir el papel arrugado dentro de la máquina esperando que aparezca luego en el monitor. Se cree que todo lo de Internet la gente lo ha metido a través de la rendija de ventilación. De ahí no le sacas”.

Los momentos de más tensión en el aula se vivieron cuando el alumno, una vez expulsado, pretendió llevarse a casa el ordenador en el que había estado trabajando alegando que en el mismo sistema había un icono que indicaba “que es mi PC”.

El testimonio de la mujer de Rosendo hace dudar de la posibilidad de reconducir la situación: “Con el sexo es igual. Iba de experto y luego acabé dándome cuenta de que se lo montaba para no tener que levantarse de su butaca. Aún sigue diciendo que el amor y el ejercicio son cosas distintas. Fue una vecina la que me advirtió de que dándole masajes en la espalda no tendríamos hijos en la vida”.

 

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