Aclarar como es el arte de acercarse a alguien que nos atrae es una redundancia a la que ya varios han dedicado enteras páginas, y no es el caso, no pretendo explicar un hecho concreto, casi científico ni entrar en melodramas superiores. Es pura poesía en el aire sustraída por algún corazón caprichoso o por los hechos que se encadenan uno tras otro.

Nos encontramos de casualidad dirían los escépticos. No creo que haya sido así, estamos juntos hace tiempo, o por lo menos, compartimos los mismos momentos. Un juego, un laberinto que nos cruza simultáneamente. Ahí estamos. Entre miradas cómplices, pasamos y sin darnos cuenta ahí estamos. En una esquina perdida de la ciudad, en un recreo del colegio, comprando tortitas en la planta baja, en el patio enorme donde todos los cursos dan la puerta. Ahí estamos, entre hombres y mujeres, jóvenes y niños, adultos, ancianos. Los días que al pasar terminan y se repiten, los años que pasan sin que uno caiga en la madurez del tiempo.

Me pregunto que habrá sido lo que nos llevó a esto, a encontrarnos entre palabras escritas, de modo epistolar. Tal vez jugamos a la rayuela y nunca lo supimos. Tal vez te compuse una canción sin conocernos, y mis primeros acordes eran tuyos. Quizás, no sé, pero estábamos ahí, entre todos y sin vernos.

Soy de los que cree que todo es por algo y eso mínimo define la generalidad de las cosas. Un efecto mariposa o como le quieras llamar. Estoy seguro, que la vida es un laberinto, con entrada y salida, por momentos difícil, en que se nos presentan paredes impenetrables o curvas irresolubles; y vos siempre ahí entre las adversidades supiste avanzar. Entre mis adversidades supiste aparecer. Esas sombras que se veían y no supe de quien eran te pertenecían: tus movimientos que yo veía y los míos que vos veías. El desenlace final, en que descubrí en todos los ojos los tuyos y sin haberlos visto nunca se que siempre fueron los que me miraron.

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