Antes que nada les aclaro que esta nota es 100% inventada por mí. La publiqué en un blog que tenía el miércoles 19 de noviembre de 2008 bajo el título “Los personajes más molestos de la vida cotidiana: hoy veremos… bolicheros”. Para el que guste, tengo links. No la publicamos antes porque la usamos como “monólogo” cuando salíamos en De Algo On Line y se nos había traspapelado. Una seguidora nos propuso que escribiésemos sobre la gente de los boliches y recordé al toque que yo ya había escrito sobre eso. Esta nota me la afanaron de todos lados e incluso me llegó hasta tipo “cadena” por email, lo que me demuestra que parece que gustó. Antes de mí no la publicó absolutamente nadie. Aclarado el asunto, vamos a la nota.

¡Punchi Punchi!, olor a vomitada (o mejor dicho a Speed con vodka), puchooo, fasso, mucho chivo, lentes y banalidades conforman este mundillo boliquero que nos rodea. La basta fauna de personajes es muy variada, dependiendo ciudades, edades y ondas del momento. En los boliches hay de todo… de todo. Es el motivo de esta nota es describir algunos de estos muñecos que día a día… mejor dicho, que noche a noche, te podes topar:

El alzado: el vago esta al palo, el deseo de tocar y ser tocado se refleja en todo su semblante. Las minas olfatean su desesperación a catorce kilómetros a la redonda, no se le acerca ni los amigos. El alzado va rebotando de un lado a otro, como un flipper. Parece un Ninja que va atacando de un lado a otro, entre las sombras. Sale más peinado que Andy García en el Padrino III. El chamuyo que usa es barato y muy poco creíble, cansa, aburre y se vuelve con las bolas infladas de tanto perder.

La bailarina intocable: la tarada esta toda la noche bailando sola, como un estúpido robot. No le habla a nadie, ni siquiera se gasta en decirte “no”. Es tan infeliz que te dan ganas de cagarla a trompadas, no sin antes pegarle tremenda garchada, porque evidentemente, no le da bola a nadie porque sabe que esta riquísima y porque te hartaste de atinarle ¡despechado de mierda! La hipócrita ni amigas tiene, no toma, no fuma, no habla, no mira… solo baila. ¡Pero que bien baila! Se vuelve diciendo que la pasó “bomba” y se encarga de publicarlo en todas las redes sociales cuando no tiene la más pálida idea de lo que es en verdad “pasarla bomba”.

El borracho: el pibe hace un par de meses que sale y aún no sabe controlar su afección al escavio. Aprovecha al máximo el trago de la entrada pidiendo bebidas altamente tóxicas, como GVG, séptimo regimiento, piel de iguana, gato negro u otro brebaje del demonio. Está roto, medio vomitado, sucio, con los ojos rojos como culo de mandril y un olor a farmacia que espanta. Generalmente termina tirado en algún rincón o cagado a trompadas por otro borracho o patova. Los amigos lo abandonan por garrón y el pobre la pasa como el orto, cagado de frío y solo.

El trabado: típico personaje de la noche. El trabado usa remeras apretadas, camisas apretadas, camperas apretadas y toda la mersada para poder verse bien morcillón. Tiene los bíceps del tamaño del muslo de un ser humano normal y anda alardeando por todo el cheboli con eso. A algunas minas le gusta, aunque todas saben que tanto anabólico achica el pito, así que nada de sexo… solo trances lujuriosos con el Rambo. El Termineitor baila como el orto y tiene peinados de bala que solo porque es grandote pasan inadvertidos. Se junta con otros bien flaquitos así resalta del rebaño y levanta. Generalmente andan en 206 y termina por gustarles la pija.

La garronera: la mina es como un cuervo al acecho que en vez de ir cazando hombres va escaviándoles sus tragos. Va de un lado al otro (similar al Ninja) y deja que la saquen a bailar solo para consumirle el trago al desconcertado pavote (que se cree que le está dando bola posta). La garronera generalmente va de a par, lo que les permite caranchar a cuatro manos. También “saluda” a los conocidos y se queda tirando palabras absurdas para ver les “prueba” lo que están tomando. A la segunda ronda que se pegó la garronera por el recinto bailable ya tiene un pedo mundial sin haberse gastado un centavo. Cheboli gratarola, tragos garroneados, vuelta con algún amigo con auto y listo… noche $0.

El tonto peleador: no va de levante, no va de joda, no va de pirata, no va a bailar, no va a chupar, no va a juntarse con los amigos, no va con minas, no va a escuchar música, no va para despejarse… solo va para trompearse a alguien. Brabuconea, pecha, empuja, camina derecho sin importarle nada chocándose con cuanto miserable se le ose cruzar. Mira fijo a los que sabe que le puede pegar hasta que lo miran y ahí salta como langosta preguntando “porque me miras mal”… y te la encaja. Es duro como una piedra y va siempre vestido para la guerra. Pantalones cómodos para tirar patadas y musculosas para que no lo agarren de las mangas. Seguro juega al rugby y tiene un ejercito de idiotas con pocas neuronas trae él, pero igual se la re banca solo. Contra uno, contra dos, contra diez, contra los patovas, policías, choripaneros, tacheros, etc. Se pelea con todos y su noche no es “la noche” sin pegarle un ñoqui a alguien. Incluso se va orgulloso cuando lo fajan.

La que va con las amigas: la mina esta inmersa en una ronda de minas, intocable, impenetrable, como fortaleza medieval. No solamente no podes llegar a ella por estar refugiada entre paredes de hembras, sino que las amigas no te dejan que la toques, como que la protegen y cuidan del mal de los hombres. Como que fuésemos del bando enemigo y ninguna puede caer vencida ante nosotros. La boba esta todo el día haciendo payasadas entre las pibas, pasitos, bailecitos y poronguitas. Para calentura de todos los tipos, la tonta se abraza con las amigas, se manosean, hacen el baile de la botella, se apoyan, se sacan fotos, gatean… todo porque hay una troupe de giles baboseándose. Varias veces pensaste en ser el brabucón y fajarlas a todas juntas…

El relaciones públicas: el típico amigo de todos que nadie quiere. El absurdo muchacho anda a los abrazos por todo el boliche con cuanto nabo reconozca su cara. Lo usan todos, le piden que los deje pasar, que les saque un trago más barato, que les regale un trago, que les haga el aguante a un amigo, etc. El pobre infeliz se pasa la noche haciendo pasar giles y regalando boludeces, todo para volverse solo a su casa. Son todos falsos con él y se enojan si no les da nada. Todos le hablan dos minutos y se borran, porque el loco es zarpado choto. Se la pasa saludando y haciendo sonrisitas hipócritas. Se creen los dandys y si la pegan es con gatos recauchutados que no tienen donde caerse muertos. Utilizan siempre la espantosa frase “en la noche nos conocemos todos”.

El topu: infaltable en la noche bolichera. El topu esta toda la noche en la barra apoyando muñecos. Como no se anima a encarar tipos (porque aún esta encubierto) se regocija fregándose contra los culos de los nenes. Lleva pantalones sueltos, de lino, cosa de sentir más las nalgas en su pitilín. Anda con collares, pulseritas y todo lo que pueda dar indicios de que le gusta la manija. Mira tipos, va con un grupo de minas que saben de su gusto por el helado de carne y baila bien afeminado. No se anima a ir a boliches gay, pero esta al salto por comerse un pibito.

La llorona: en todo boliche “popular” no puede faltar la llorona. Esta pobre desdichada o se ha llevado la sorpresa de ver a su novio garcándola “in situ” o directamente cayó al lugar a propósito para verlo. La pobrecita está rodeada de las amigas, a las cuales les amargó la noche, y no para de lloriquear y maldecir al atorrante (su mejor amiga también llora y maldice). Aún a los llantos y con la pintura corrida los lobos no para de acercársele con filos baratos y promesas falsas de fidelidad absoluta. Probablemente esa noche la termine temprano llorando y charlando con su amiga en su pieza o re mamada vomitando en la playa tipo siete de la matina.

El viejo matado: en realidad no es un tipo viejo, porque ronda entre los 33 y los 45, pero no da que esté enfiestado buscando pibitas en un lugar donde el promedio de edad en ellas apenas roza los 25 años. Hay cientos de lugares donde este personaje podría ir a buscar “carne”, sin embargo prefiere meterse en el cheboli más top de toda la provincia. Trata de estar vestido con onda y con un peinado pulenta que esconda su incipiente calva, ambas cosas le restan mal. Se arrincona en un lugar toda la noche o se apersona en la barra a tirar rostro y tomar champan. Generalmente los gatos de su edad lo junan, por lo que siempre anda con uno y otro rubión recauchutado y resignado como él. Encara pibitas y las minas lo miran como un viejo verdolaga, pero al matado le chupa un huevo. La vida ya lo ha curtido y la vergüenza y la timidez ha quedado en el lejano pasado. En él se da el dicho de que “la experiencia es un peine que te da la vida cuando te quedas pelado”.

El bichero: este compadre no pierde un segundo en nada. No se gasta en hablar, en bailar, en hacer filos, en nada. Se pasa todo el cortejo, el arte del levante, el flirteo, la tertulia por la raya del ogete. Llega, apunta al bicho más fácil del recinto y dispara su tiro de sexópata empedernido. No le hace asco a nada, cualquier bondi lo deja en buena parada… Gorditas, gordotas, más altas, más petisas, con menos dientes, de color, transparentes, nariguetas, chuecas, escuálidas, raras, exóticas, todas le vienen bien, todas sacian su adicción por el sexo.

La mochila: este fantasma arruina toda la magia de la noche. En el grupo de amigos nadie se lo banca, todos lo tratan de evitar, porque salir de levante con él es como cargar una pesada mochila. Vos encarás y la mochila está ahí atrás, sin hacer ni decir nada, tiene menos gracia que una centolla y es más aburrido que tener hipo en un consultorio odontológico. Las minas te cortan el rostro porque se hacen el aguante entre ellas y ninguna se quiere comer el garrón de quedarse con la mochila. Al vago lo dejan solo bien rapidito y si te lo cruzas tratas de perderlo o resignarte a pasar una noche de tragos y amigos. La mochila se pone ebrio y es más aburrido aún, no hay con que darle para que se despierte un poquito. ¡Ni el faso lo alegra!

La promiscua: no coje (aún), pero siempre termina a los revolcones con algún muchacho en los sillones del boliche. Uno, dos o tres son los que generalmente se la pasan en una misma noche. La sacan a bailar y al toque se pone calenchu, todas las amigas saben que se viene el descajete (incluso algunas no se la bancan, por trola o por envidia). La mina es divertida y alegre, le pone las pilas a las amigas y el culo a los pibes. No hay noche en la que no se la chapen. La nena conoce todos los recovecos del recinto y tiene sus lugares favoritos en cada boliche. En los sillones es una loba, pero la invitan a algo más y se reserva el derecho de admisión. Besa, muerda, tira, clava, toca y huye. Deja al muñeco de los muñecos más duro que pelota de cemento y ahí se va… de levante nuevamente.

El patovica: infaltable obviamente. De tanto gimnasio y papota está en la delgada línea que separa a un coloso de una gordo trabado. Los hay de dos tipos, el buena onda (que son los menos), que deja pasar a los habitúes, a las parejitas, a los que le ve cara de buenos y a casi todos lo que lo saludan por el nombre. Generalmente andan relojeando el ambiente pero ante cualquier cosa “extraña” o “situación de riesgo” te hablan y advierten antes del sopapo. Su buena onda (y su tamaño) te llevan a darte cuenta de que no tiene sentido pelear en un boliche y que no queres arruinar tu delicada cara. Y por otro lado está los ortivas, los que se creen dueños del boliche y se hacen los importantes. Los que no te dejan pasar una ni aunque estén equivocados. Prefieren romperte la cara o rajarte del boliche para luego ver que fue lo que pasó. Andan señalando con el lasercito del orto como re botones y encima te atacan en manada de mamuts. No tienen piedad del más mínimo descuido que te mandes para embocarte, romperte la cara y dejarte marcadito para todo el viaje.

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