Por intermedio de varios allegados me llegaron a los oídos pedacitos de una realidad muy mendocina y muy “gestión Yoda”, que no me gustaron ni un poquito y me pusieron la piel de pollo; y como soy una persona muy pero muy curiosa me puse a investigar un poquito para no hablar sin fundamento. Lo que descubrí me gustó menos aún.

Todos sabemos que el Hospital Central concentra la medicina de más alta complejidad, la diversidad más amplia de pacientes (de 15 a 1000 años de casi todos los estratos sociales, económicos y culturales), los profesionales de más variada preparación (desde estudiantes hasta doctos grosos), que está siempre hasta el moño de pacientes, que lleva a cabo planes de salud como los de HIV y leucemia, y que como relativamente nueva adquisición, tiene un nuevo sector “precioso”, donde se atienden los presos de Almafuerte, Boulogne Sur Mer, etc.

Esta sala, que está en el tercer piso, que sólo se distingue por tener canas en la puerta, no sólo alberga ladrones de stereos que sufren una enfermedad terminal o tratan una infección. Suelen llegar también tipos revoltosos, que decidieron autolacerarse, que se hicieron un tajo en la panza para reclamar un traslado a una cárcel de menor seguridad,  para que les reduzcan la condena, para que les den más visitas, y otros rezongues por el estilo. Lo peor es que los jueces suelen responder a este tipo de chantaje.

Tipos que tienen decenas de casos en los que son los culpables, tipos que han asesinado por dos mangos (o por más, no importa), tipos que tienen 30 años de prisión por delante, tipos que no tienen nada que perder.

Tipos agresivos que no tienen el más mínimo reparo en hacerse daño físico grave a sí mismos (imagínense a los demás), tipos que se niegan amenazadoramente a ser inyectados, a que les saquen sangre, a que los revisen… ¡unas preciosuras!

Es sabido que un guardiacárcel gana más que otro policía raso por tener un laburo de mierda, por su alto grado de peligrosidad, es gente con agallas especiales, con una vocación especial. Pero aquí en el Hospital Central, los médicos, los enfermeros, los técnicos, los kinesiólogos, no eligen si quieren o no trabajar con hombres peligrosos cuyo único obstáculo entre su libertad y ellos es su magro cuerpito. El profesional en cuestión arriesga su integridad física a la buena voluntad del preso peligroso, a quien nada le impide hacerle pasar un muy mal momento, sobre todo en aquellos casos donde hay agujas de por medio… y lo peor que le puede pasar al “precioso” es que le sumen un par de años de cárcel. Si lo agarran.

Sí señores, directo desde el pabellón de máxima seguridad, llega a su lugar de trabajo una persona condenada a 25 años por doble homicidio en ocasión de robo, que además a los 2 días de estar internado empieza a sufrir síndrome de abstinencia. Y por el mismo precio, y sin capacitación previa, y con unos guardias que si sos mujer a veces preferís vértelas a solas con el tipo (¡imagínense!)…mientras el miedo se te cristaliza en las venas y dudás entre salir corriendo, tirarte por la ventana o cumplir con un deber que nunca sospechaste tener. Y por supuesto, ante la más mínima queja, el gobierno te tilda de “discriminador” y te saca de una patada en el orto. Si no, pregúntenle al ex director del Hospital Central, quien ante una pregunta de un periodista contestó “habría que ver la posibilidad de sacar a los presos del hospital” y al día siguiente se encontró con que había sido removido de su puesto.

Similar situación pasa con la guardia. El reo llega acompañado de dos guardias-asistentes. Por supuesto es atendido primero, ya que es peligroso tenerlo ahí, y mientras el médico lo revisa uno de sus asistentes hace el papelerío. Van al laboratorio de guardia: similar situación. El análisis debe tener prioridad por encima de los demás pacientes que pidieron permiso en el trabajo, a los que les descuentan el día, a los que tienen los hijos esperando o los que deben llegar a tiempo al último bondi a finis terre o donde vivan. ¡Porque no es conveniente tenerlos esperando, no señor!

Pero saquémonos de encima por un segundo las corrientes huracanadas y modernas de la INADI y pensemos con la mente fría: poner a un preso de alta peligrosidad en un hospital, a un tipo que no le ocurrió más que sus propias ganas de clavarse un cuchillo a sí mismo, a un tipo que evidentemente tiene más ganas de escaparse que de comer ravioles de la mama, me parece francamente una estupidez mayúscula, una falta de respeto no sólo para el personal del hospital, sino también (y sobretodo) para los pacientes, atados a su bolsita de solución fisiológica, a su sonda vesical, sin posibilidad de huir ni de quejarse, a veces ni enterados del “precioso” que tienen al lado.

Conclusión: nadie está en contra de atender y darle los cuidados necesarios a todas las personas. Nadie opina seriamente que habría que dejarlos morir o que se maten entre ellos. Pero si un individuo es separado del resto por ser considerado peligroso para la sociedad, por qué, ¡díganme porque!, lo meten en una pieza cualquiera en el medio de un hospital público, obligan al personal a atenderlos aunque tengan miedo, a comerse las puteadas y amenazas de los presos y las groserías de los guardias… ¿por qué obligan a los demás pacientes a convivir con estos personajes, por qué siempre tienen una cama disponible cuando tantos trabajadores no, por qué los atienden con prioridad sobre otros pacientes?

Lo lógico, humano, racional, serio, sería habilitar un microhospital en la cárcel, con personal capacitado, habitaciones con todas las medidas de seguridad, con cámaras de video, con profesionales bien pagos, con mucha y mejor custodia. Pero ninguno de estos atributos podemos pedirle a la clase dirigencial mendocina. ¿No es cierto? Es más fácil despedir a un funcionario que reconoce el problema que ponerse a pensar en una solución. Es más fácil disfrazar con “no discriminación” una realidad espantosa de desidia e intereses baratos.

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