Viajar en bondi. Larga distancia. 14 horas encerrado en un micro desde MDZ a BUE o viceversa. Toda una aventura. O un martirio. Todo depende de algunas cosas a tener en cuenta.  Hace unos años, cuando todavía no me recibía con el título oficial de Viejo de la Bolsa y por ende aún no me entregaban mi bolsa homologada par guardar los niños que encuentro a mi paso, tuve la oportunidad de viajar en bondi desde la Madre Patria hacia el este, hacia la ciudad de la furia, y naturalmente luego volver. Si bien actualmente es bastante más normal viajar en avión si se logra sacar el pasaje con tiempo porque los precios son asombrosamente similares, en las épocas de este relato la diferencia era más coherente y no resultaba indistinto. El tema es que tuve que hacerlo durante un buen tiempo a razón de un viaje cada unas 3 semanas, todos en bondi, lo que me permitió vivir experiencias de todo tipo: graciosas, penosas, amables, tristes, cuasi-violentas, olorosas, todo el abanico que se les pueda ocurrir, pero lo que siempre se tornó raro fue llegar a destino sin haber vivido algo “nuevo”, por decirlo de algún modo.

La presente nota es la primera de una saga que se irá publicando y que se nutre de las vivencias personales de quien escribe ocurridas en estos años meta viaje pa’ acá y pa’ allá. Cualquier parecido con la realidad es porque alguno de ustedes estuvo en ese mismo bondi en el que estuve yo, por lo que los invito a contar su punto de vista o que aporten sus propias vivencias para enriquecer este anectodario bondilero. Después de todo, quién no se fue alguna vez en bondi a Chile, Bariloche, o donde cadorcha sea.

Esta primer entrega gira en torno a las características propias del medio de transporte y presentar sus personajes, o tripulación como les gusta llamarse entre ellos. Pero, dónde comienza un viaje en bondi típicamente mendolotudo? Obvio, en la terminal del Sol. Lugar variado si los hay, con ambientes bastante turbios donde se pueden ver especímenes de todos colores pululando. Mientras caminás por los pasillos interiores te encara gente que te quiere llevar a Chile por dos mangos en un auto junto a otras cuatro personas con olor a búfalo (programón…), gente de otros países caminando con bolsos que parecen una especie de caracol humano con el equipaje de 4 vidas a cuestas, gente que no va a  ningún lado ni despide a nadie pero está ahí, haciendo nada, mirando lo que pasa (seeeee, esos! con ustedes: los queridos pungas!!), y por último el viajero auténtico, que puede estar acompañado por su querencia que fue a despedirlo o solito como borracho que se cagó encima.

Cuando llegamos a la terminal esperamos a que llegue el ansiado bondi a la plataforma. Ojo, aunque “plataforma” se escriba igual, esto no es ni remotamente similar a lo que usaba la NASA para que despegara el transbordador, sino que viene a ser un estacionamiento pedorro a 45° con un cartelito arriba, cuyo número jamás te van a saber indicar los forros de las boleterías. Siempre que preguntás te dicen cosas como “entre la 15 y la 30 hermano”. Está claro que eso no implica más de algunos metros, pero no sé para qué mierda tienen número si en el fondo son zonas difusas que nadie respeta. En fin, al llegar el bondi vamos con nuestro bolso hacia la bodega haciendo cola, tratando de cagar a esa vieja que viene con 74 bultos y que nos podría clavar media hora esperando a que el maletero le suba todo. Llegamos a la bodega del bondi, pasamos el bolso y le tiramos una moneda al pibe que nos dice “una colaboración”, pero que en realidad significa “si no me largás una moneda fijate cuando te bajes el regalito que te dejo en el bolso, titán”. Acto seguido partimos a la puerta para presentar el boleto.

Acá nos encontramos con dos personajes principales de estos viajes: los ferchos. Algo parecido a un piloto de avión sin avión, hasta suelen usar charreteras en las camisas (esas tiras con un botoncito en el hombro donde pueden pasar unas cositas azules con bandas amarillas como si volaran un Airbus 380 de Qatar Airlines), quienes te agarran el boleto con cara de “seguro que este pavo se equivocó de bondi”, miran una lista que nunca sabés qué dice, uno le canta al otro el número de tu asiento, el otro lo repite y te lo devuelven cortado para que te subas. Eso de pedir documento para saber quién carajo se está subiendo al bondi y por lo menos lograr un mínimo registro por si alguno es chorro o nos pegamos un palo y quedamos desparramados por la ruta es algo que evidentemente nunca se les ocurrió a estos muchachos. Será que jamás se quedan dormidos y se la forran de atrás a un camión en la autopista del Adolfo, naaaa, no seas cagón, eso no pasa. Vale aclarar que el trato indiferente descripto es el caso si se trata de un pasajero promedio (y macho) como quien escribe. Si es una minita, y no dije una modelo, sino una minita, agarrate… tienen un arsenal de boludeces para tirarle, siempre relojeando que no esté ni el macho ni el padre cerca, pero de todas maneras la fichan para más tarde, cuando apaguen la luz después de la cena y alguno venga hasta su asiento para invitarla a “tomar mate a la cabina con los choferes”.

Después de recuperar el boleto le tirás el último beso a la familia que te fue a despedir, abrazo al amigo o pico a la media naranja y te mandás en busca de tu ansiado trono. Uno ubica su asiento y se tira a esperar que el carromato empiece a moverse. En el asiento, dependiendo de la tarifa elegida, se encuentra una almohada y/o mantita de polar, que como me dijo una vez un amigo, si esa pobre manta hablara, pediría por favor que la quemen por la cantidad de pedos que se ha tenido que fumar en tantos viajes. Yo solía agarrar ambas cosas y las tiraba al estante donde se deja el equipaje de mano, ya que ni en pedo usaba la manta gasificada (además de que en esos bondis es imposible no cagarse de calor) y menos apoyaba la trucha en un pedazo de gomaespuma con una tela de mantel barato  y acartonada de tanta grasitud capilar acumulada. Si he dormido tirado en la caja de una chata, puedo dormir como bebe en el asiento sin ningún accesorio.

Si iba solo, siempre trataba de comprar un asiento individual (si conseguía pasaje más careta en el coche cama que tiene dos y uno solo), caso contrario era pasillo obligatoriamente así no tenía que fumarme a nadie en el camino si quería levantarme. No sé por qué pero una de mis trabas mentales radica en que me jode soberanamente las pelotas tener que viajar del lado de la ventanilla con alguien que no conozco en el pasillo y tener que pedirle permiso para moverme. Yo voy en el pasillo de huevo, si me querés despertar 300 veces para pasar porque tenés sistitis  o te fermentó el puré de papa que sirven en la cena, todo bien, pero si se me ocurre levantarme a mear, robarme gaseosa de la heladerita del bondi o mirar por la puerta como pasan las lucecitas a lo lejos, lo hago y punto, no le pido nada a nadie. Soy bastante intolerante con cualquier cosa que atente contra la percepción de mi libertad.

Pero al entrar al bondi, forzosamente te encontrás con el tercer personaje. Para mí y por mucho, el más florido del viaje: el azafato/asistente/auxiliar a bordo/como se les ocurra proclamarse. Peeeeero, yo en lo personal prefiero decirle “el Susano” y estoy seguro en que no hace falta explicar la analogía…

En general suele ser un pibe joven, mendocino él, con un acento bien marcado como entre Rivadavia y Junin, como para que quede claro que estamos viajando en una empresa bien mendolotuda. Aclaración: me tocó viajar en una sola empresa que tenía chicas en este puesto, sobre las que tengo que reconocer que eran muchísimo más eficientes, educadas,  profesionales, limpias y por ende, menos propensas a darme las anécdotas que quiero reflejar aquí, por lo que las dejaremos en paz en un noble acto de reconocimiento de mi parte hacia su silencioso pero muy valioso trabajo y me centraré en los auténticos susanos.

Es normal entrar y que el Susano esté paradito en la puerta saludando con cara de Mirtha Legrand, diciendo 45 veces seguidas “buenas tardes, buenas tardes…” mientras tiene las manitos juntas a mitad de pecho al estilo de una cantante lírica, digamos que nos recibe en “modo anfitrión”. Caso contrario, puede estar terminando de pasar el trapo de piso en el pasillo de arriba porque le acaban de dar el bondi en el galpón y traía un olor a culo importante. El trapo está impregnado en un brillapisos cuasi puro fragancia aguaribay del más barato que se consigue en el átomo, por lo que el olor es muy penetrante, causando algunos leves mareos en viejas de presión baja.

Luego, durante el viaje vemos al Susano que pasa cada tanto por ejemplo ofreciendo un caramelito, un café en polvo con una jarra enorme de agua hirviendo que si se le llega a caer, te pela vivo la zona inguinal y si estás en época de bonanza y pagaste un servicio cama o ejecutivo, te tira un alfajorcito guaymallén así empezás a llenar bien de migas el asiento y el micro en general.

Y así, el bicho empieza a moverse para atrás y uno puede ver 45 pelotudos (como quien escribe) que se sienten la reina de la vendimia saludando a la monada que hace lo mismo desde la plataforma.

Pero esto recién comienza… con 14 horas de viaje, lo más divertido solo puede estar por delante…

 

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