La vida te hace regalos constantemente, me dijo un compañero de tertulias una madrugada. Eran épocas donde el canto de las aves y el brillo del sol naciente nos recordaban la hora de regreso a casa. Aquella frase es recurrente en mis días para vislumbrar posibles regalos, y sacarles el mayor provecho ante la amenaza que lo rutinario pretende dar.

Por estos días se me vinieron imágenes de uno de los regalos más importantes que el respirar me dió, mi madre. Y me trasladé a lo que implicaría ser madre. Lo que encierra y envuelve ese carácter, que la mujer por su don originario vivencia distintivamente. Fue así que caí en la cuenta del paso del tiempo ante esto y de realidades que marcaran sin dudas una época.

“Todavía recuerdo los nervios previos a enterarme la noticia, los supuestos que hice y las conclusiones apresuradas por las que viajé. Minutos más tarde un doctor me decía que mi vida cambiaría para siempre, que ya nada sería igual. Desde ahí conté cada segundo de esos nueve meses sabiendo que serías lo más maravilloso que una persona podría tener. Que el regalo de tenerte en brazos, no tendría palabras capaces de expresar completamente mis sensaciones.” Decía mi madre al hablar de mi llegada al mundo.

Y a decir verdad, no se si alcanzo a comprender su relato. Lo imagino sí; pero pensar que alguien pasa nueve meses sintiendo un corazón dentro suyo que no es el propio, cada pierna dando patadas preparando la salida, y ni que mencionar el dolor culmine del embarazo, todo por mí, por vos, por cada uno de los que llegamos desde ideas planeadas o no tanto, pero llegamos.

¿Quién podrá negar el calor de los brazos de nuestra madre durante los primeros años? El frio, el miedo, las dudas, y tantas sensaciones nuevas que se presentaban eran disipadas por esos brazos que cual animal protege a su cría con uñas y dientes, ella los ponía fuertes para sacarnos de todo apuro.

La madre siempre está… Uno puede cometer el error que sea. El más tonto. El más peligroso. El inimaginable. El peor de todos. Y ella siempre estará…

Es un concepto que sin dudas creo solo una madre puede alcanzar a internalizar. Requiere haber sufrido por amor para saber de qué se trata. Implica dejar de lado cuanto intermediario aparezca en pos de auxiliar a un hijo, sin sentido de los riegos que pueda acarrear, del que dirán, del cuánto, cuándo y dónde. La madre siempre estará…

A medida que digo estas palabras se me vienen a la mente también otras realidades que salen de lo común y no tanto actualmente. Y son aquellas en las que todo este camino desde la concepción, nacimiento y vida, se vieron truncados en algún pasaje, o no tuvieron la misma llama inicial, etc.

Tal es el caso por ejemplo de un padre que por distintas circunstancias tuvo que ser padre y madre a la vez, o aquellos que la naturaleza les privo de dar a luz el fruto de su amor y por medios como los de la adopción le abrieron las puertas de un hogar e infinitos corazones a un niño. También los casos en que por accidente la vida decide que seamos madres circunstanciales protegiendo con la palabra y acciones a quienes puedan o no tener su madre biológica. En fin, cada uno de estos casos es tan valorable y admirable de mi parte como el primero. Las docentes muchas veces cumplen su rol más el de segunda mamá como comúnmente se lo llama.

En esta semana quiero celebrar la existencia de todos aquellas/os que por motus propio o no, decidieron ser madres, decidieron dar amor a cuesta de todo, decidieron mostrar sus manos siempre dispuestas para ayudar a un hijo. Brindo por quienes tuvieron la valentía de traer al mundo vida, brindo por cada uno de ellos.

La madre siempre esta…

Mi idea de la vida dice que existe un después. Dice que el legado de lo realizado en esta tierra no es en vano, y que al morir la vida continúa; pero continúa en cada uno de los que nos recuerden a diario, en cada una de las personas donde nos hayamos detenido a sembrar algo, incluso esta idea encierra también lo que llamamos la vida eterna, si fuimos capaces de intentarlo.

Entonces seamos capaces también de recordar a quienes no estén en cuerpo presentes, pues solo así seguirán en vida entre nosotros, solo así serán tan eternos como el amor que una madre pueda sentir por un hijo.

La madre siempre esta…

Yo, madre.

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