Relatando la bitácora de un naufragio podría comenzar tranquilamente el enunciado del momento próximo que nos reunirá el domingo entrante: Las votaciones. De aquellos barcos representados en ideas que no llegaban a sus destinos, o peor aún, de aquellos que se hundían antes de salir a la mar, impidiéndoles zarpar a las aguas que como a todo país hacen crecer.

Lejos de teñir con algún color partidista, en la LPC de hoy intento abstraerme de la puja política que no hace más que separarnos, por su metodología de discusión, antes que acercarnos en la discusión de nuestro porvenir. Es así que hoy me retrotraigo un poco a la época donde la votación era un compromiso asumido desde antes de ingresar al oscuro cuarto, desde las charlas de café, desde los cordones de veredas que nos tenían machacando y machacando ideas superadoras basadas en conceptos, en filosofías y principios que les daban el sustento a cada razonamiento.

Los tiempos cambiaron en muchas cosas para bien; pero en este punto creo que no. Creo que el hecho de no disponernos naturalmente a intercambiar opiniones, a discutir sobre los porqué, y más aun todavía, sobre quiénes son los que se dicen estar preparados para representarnos es un gran paso atrás a la hora de tomar conciencia del acto a realizar.

Revisar el pasado nos muestra cuánto costó degustar libremente de este plato servido para todos, la Democracia. Nos muestra que existieron quienes dejaron hasta la vida, literalmente, en disputas intelectuales para sentar precedente de lo que hoy nuestros medios de comunicación y formadores de opinión, amparados porque no por un cumulo de idiotas útiles (políticos) se empeñan en disfrazar en busca de intereses personales. No faltará quien me diga “no son todos los políticos así Daisy”… lo sé, lo sé. Como tampoco son todos los medios iguales. De hecho este es un medio de comunicación que no interviene en los escritos de sus páginas, ni en la dirección de la pluma de sus publicaciones, ni en la materia gris de los individuos que compones las labias leidas diariamente por todos nosotros.

Ahora, lo masivo y corporativo se sitúa en la vereda de enfrente en cada una de las palabras anteriores. Pero tampoco apunto a eso. Mi idea es que refresquemos las manos antes de tomar el sobre, que imprimamos el espíritu que el mismo requiere, el mismo por el que hace tantos años un puñado de mujeres derramaron hasta las últimas gotas de sudor en pos de ser participes. Mas allá de el énfasis que tengamos hacia la figura de nuestra actual Presidente, es un lugar que hasta no hace mucho solo podía estar ocupado por “machos”, quienes argumentaban su exclusividad en “el cuidado del orden familiar” para perpetuar la desigualdad.

Si valoro algo de lo realizado por quienes están hoy, daré mi voto. Sino, me hare presente también para decir cuánto quiero que las cosas cambien; pero de esta manera… votando. Para que tal vez el grupo de los San Martin, los Belgrano, los Sarmiento, los Yrigones… y tantos otros, se duerman al menos una pequeña siesta en sus aposentos. Pero eso si… deberemos aceptar como sociedad, si queremos crecer, que la manera de esquivar posibles “infamias” en las décadas venideras será desarrollando nuestros deberes cívicos antes, durante y después de los mismos. En familia, con amigos, en la calle, en el colectivo, en todos los lugares posibles para saber de dónde venimos y hacia dónde vamos.

Tanto nos costó recuperar la voz después de diafonías manipuladas, después de mudismos dirigidos…

Tanto nos costó reconocer los barrios donde vivíamos, después de exilios a furtivos paisajes…

Tanto nos costó recordar la melodía de canciones olvidadas, después del borrado de sus letras…

Tanto nos costo, tanto, tanto, que al menos tengamos un “cacho de vergüenza” como decía mi abuela, y dejémonos sentir sangre en las venas cuando elijamos.

No siempre fue así…

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