Después del sexo se me secan los ojos. Un fenómeno que no puedo explicar. Aridez molesta que dura dos días, no más, no menos. Sin explicación, tal vez sea solo un recurso de los años sin amor y los consuelos en camas extrañas, noches de paso.

Cuando dialogamos recostados jugando con el humo, riendo sin compromiso, a veces nos surge una duda y rememoramos esos instantes de virginidad adolescente, en que vemos tan lejano el hecho de sentirnos cruzados con otro cuerpo. Llega el momento y pasa, una nueva sensación, una nueva práctica digna de un ser humano, solo eso.

Y solo eso, menospreciadas expresiones. Siento que en estos tiempos (tal vez sea mi tiempo el que pasó) el acto de encarnarse con otro ser es similar a prender un cigarrillo o limpiar la vereda con un balde de agua y una escoba mientras se saluda a la vecina de enfrente que hace lo mismo, con el desgano de la vida cotidiana.

Nos olvidamos de la comunión de dos cuerpos. Esencial. Va más allá de una pareja estable, de un concepto religioso y conservador, dejar de lado los prejuicios. Va más allá de toda promiscuidad, de cualquier novela de amor o de conceptos de idealismo alemán.

Me preocupa que las relaciones sexuales sean una mercancía social: uno debe contar sus heroicas eyaculaciones para ser respetado o discutido, criticado o amado, tan particular concepto de la sociedad posmoderna, que en teoría el culto al placer es lo más importante, y resulta, que en todos los estratos, lo que uno hace es lo que uno es. ¿Qué es el placer? ¿Contar que es una “puta” porque “garchamos”? ¿Una tarada por qué no quiso? Insisto en que es posible dejar las caretas de lado.

Espero no quebrar susceptibilidades, pero… ¿Si dejamos de aparentar comenzamos a vivir? Tal vez la vida sea solo un teatro de soledades compartidas.

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