Es sábado a la mañana, es la clase de días donde el sol es una invención hippie. Es ese sol imperial, que tiene más escalafón que cualquier divinidad canónica. El sol de “qué lindo sol hace”, el sol que es una sorpresa prevenida, un puto pleonasmo, que aparece como cada sábado pero hoy es distinto, se mira y se dice lo obvio: “mirá qué sol”. Es sábado y hay sol y hay una necesidad impostergable de tomar mate. Lanza-Volpe calienta agua, y mira la ventana apoyado en la pared de la cocina, afuera la calle, el barrio, las castañuelas de los perros en la vereda. Su novia sigue en la cama, después de un año de vivir juntos esto no pasma a nadie. Ella en la cama, él con el mate al lado, ella no dice palabra, él buen día, ella se enrolla, él pregunta, ella hace un ruido que aprueba, él espera, ella la mano, él la contesta, ella se sienta, él la vigila, ella lo abraza, él besa el cuello, ella mira con sueño, él se ríe del gesto, ella larga un montón de emes mientras toma el mate. Lanza-Volpe se olvida que hace unas horas decía, en ese mismo lugar, lo que sabe que decía.

–          ¿Hoy comemos en lo de tus viejos?

–          Creo que sí, ahora en un rato llamo – dice ella  – ¿cómo te fue anoche?

–          Bien.

–          ¿A dónde fueron?

–          Absurdidístides

–          Uf

Hoy se come en lo de los padres de la nena. Así le gusta decir a Lanza-Volpe “los padres de la nena”, le suena gracioso, erótico. Ahí se ríe. Desde hace un tiempo que ir a comer los sábados es una herida sangrante. Ella dice que él está cambiado, que no es como antes. Se sienta y come en silencio con cara de ovejero con las cachas caídas. Cuando en la mesa le preguntan por el gesto, él se desentiende, les dice que durmió poco, que anoche cerveza con los amigos, que está estudiando mucho. Lanza-Volpe no puede explicar bien qué tienen esos almuerzos pero cree que después de 6 años de la misma Scalextric hay algo que obviamente se lava y se vuelve una ciencia aburrida. Hola Ricardito, beso y palmada, limpiarse al entrar, poner la mesa como escenario de las fijaciones del padre: servilletas de tela, los vasos de la misma clase, el pan en rodajas salomónicas, una vuelta, dos vueltas, 6 años. Pit stop: el color de pelo de la madre, siempre indecidible, el misterio de los tiempos.

–          ¿Así que estudiando mucho, Ricardito?

–          Así parece – mistifica Lanza-Volpe.

–          Disculpá que te pregunte de nuevo, Ricardito, pero ¿cuántas materias te quedan?

Ella contesta por él. Es su abogado ante la familia. La nena es abogada, de hecho, titulada. Como papá. Papá tiene un estudio, ella trabaja desde hace 2 años con papá, desde que se recibió y tres compañeras vírgenes le tiraron harina. Lanza-Volpe cree que ella se exige mucho. Es un lápiz con la punta muy fina. Hace tiempo la agarraba de los hombros y la sacudía, la despeinaba como si le diera corriente. Esto los hacía reír, la última vez discutieron porque a ella la maniobra le pareció, cito: “violenta”. El enojo se lavó pero desde entonces él no volvió a zamarrearla. No faltaría oportunidad. A todo esto, ella contesta.

– Dos, dos materias.

Después del café, Lanza Volpe quiere volver a su casa, ella quiere quedarse. Cruzan caras con cejas, él se despide con culpa y le pregunta cuando quiere que la busque – te llamo – lapida ella. El beso es en la boca pero tiene la asepsia de un dentista. Los dos tragan pasta de dientes.

En el viaje de vuelta ve dos perros atropellados al costado de la ruta. El primero tiene la rigidez de la muerte fresca, las patas al cielo, el pecho inflado. El segundo no se reconoce, no hay momia posible, el pelo es una alfombra sobre el pavimento. Lanza Volpe dice en voz baja – Kalpakian – pero la ironía no tiene pista y se rompe enseguida. El dolor es tan puro que en el semáforo abre la puerta y vomita el café, la salsa rosa y el mate, todo junto. Un hilo de agua le cae de la nariz y no se sabe si eso es un llanto de incógnito.

El departamento está solo. Los padres de Lanza Volpe opinan que en la provincia está lleno de pajareras que salen fortunas. El departamento no es distinto a eso: es una pajarera. Ni Lanza Volpe ni ella pueden entender de qué se trataría algo distinto. Cuando se mudaron hace un año les pareció inmejorable, les gustó que tuviera una ventana mirando las montañas y muchas plantas. Un optimismo imparable los llevó a comparar el complejo con la vecindad del Chavo.

Lanza Volpe se lava la cara y se sienta en el sillón, mira la pila de libros muertos y el estómago se pone en guardia. Suena el teléfono. Es Fassioli.

–          Venite puto, estaba por ponerme a estudiar pero nos tomamos una coca.

Fassioli jugó al tenis de chico. Fue un tiempo importante. Después dejó, lentamente, como se dejan las cosas que necesitan volverse anónimas. Fassioli jugó al tenis pero nunca fue él el que ahí jugaba. Era otro. Era un adolescente papelito que empezó a cambiar su juego sesudo por las gracias de las chicas que desde entonces empezó a enamorar. Noviecitas celestes de los 18. Ahora toca el timbre del departamento de Lanza Volpe. Es alto, armónico en cada ápice y satisfecho como un busto griego.

–          Recién vomité – dice Lanza Volpe después de servirle un vaso.

–          ¿Qué comiste?

–          Vi  dos perros muertos y tuve que frenar el auto.

Alrededor de las ocho de la noche ella lo llama. Lanza Volpe dice que en 10 minutos está, la invita a ver una película y toda la tensión mortuaria se esfuma. Primero es la idea arrebatada del cine, después piensan que mejor ahorrarse la entrada. Las pantuflas les necrosan los pies. Comen la tarta del viernes, en la cama mirando “Magnolia”. Llueven un montón de sapos. A ninguno le cierra el final.

–          El lunes arranco terapia – dice Lanza Volpe antes de dormirse. Las dos materias llevan dos años criando hongos.

Fassioli está en el boliche. A diferencia de Oberdan Sallustro, él no escucha qué canción suena. No comenta la música: la elimina. Camina en diagonal y se encuentra con ella, la toma de la cintura y le dice al oído: “¿nos vamos?”

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