Aquella noche estaba todo más que bien. Día primaveral que te regala frescor permisible de camisa manga corta, falditas y apetecible a baile y patio de boliche. Todo venía de lujo, más cuando mi amigo Fabián me hizo entrar gratis al boliche haciéndome pasar entre un tumulto de gente impaciente y desesperada por entrar. No se si lo hizo por mi o porque me vio ir por primera vez con una mina, la cuestión que me hizo entrar. Si supieran la cara que tiene el Fabián de malísimo, agradecerían toda la vida tenerlo de amigo. Encima es “jefe” en el boliche, así que yo estaba como “pancho por su casa”.

Debo reconocer que lo linda que se me había venido vestida la nena me hacían sentir el enano más ganador de todo el recinto. Quizás por eso el Fabi me dejo entrar también… “una que se le dio al pobre demonio este” debe haber pensado.

Baile va, baile viene, trago va, trago viene, estaba feliz, parecía Adrián Suar… chocho con el HD. En eso me dan ganas de mear y le digo a mi novia que me banque un toque que ya volvía. Esta anécdota no incluye cagarse así que sigan leyendo tranquilos.

Hago mis quehaceres y cuando vuelvo veo revuelo. No había ningún piola chamuyándose a mi novia, no había ningún desubicado tocándole el orto, no estaba hablando con ningún flaco, no había nada de lo usual, de lo que se puede esperar, sino que la pobrecita estaba siendo atacada por una muchachota un tanto más grande (y entrada en kilos sobre todo) que ella. Que “¡que miras a mi novio!” que “¡sos un gato!” que bla bla… conozco a mi novia y no es que no haya podido mirar, sino que su cara de susto ante la gorda giganta me daban indicios de que desconocía la situación por completo y de que tenía más miedo que la primera vez que tus papás te llevaron al jardín.

El tema es que caigo, observo la situación e intento poner paños fríos al asunto. ¡Epa! ¿Que pasó acá? ¿Me voy un instante y esto se transforma en una lucha en el barro?, digo intentándome hacer el gracioso. No flaco, tu novia es una desubicada, no para de mirar a mi novio. ¿Qué decís flaca? ¿Estas loca? No se ni quien es tu novio, estas sola acá insultándome hace dos horas, ¡estas loca vos! La gorda por poco implosiona. ¡Bueno ya está! digo, pretendiendo finiquitar el asunto. Sos un gato, sos una puta, dijo la grandota y ahí me dio un poco de cosita. Loca permitido… puta no. Se me puso la cara de diablo, la miré y le dije que basta, que se fuera… y en eso apareció el novio. Suerte de titán de antaño venido a menos, entrado en asados, lomos, cerveza y muchísimas grasas trans, pero con un porte juvenil y poderoso que lo hacían temerario. Rapado, cara de malo, casi sin cejas, con esos antebrazos gordos de tanto usar herramientas pesadas. Camisa desprendida hasta casi el pecho, chivita y cara de malo malo, pero de malo de película tana, de malo malísimo, malo del que es el que le hace los mandados al jefe malo.

¿Qué pasa che? Dijo el mastodonte infernal. Este flaco me esta molestando amor. ¡Aja! ¡Gordita tramposona! Pensé para mis adentros. ¡Yo no te estoy molestando!, solo que vos… Y no terminé de decir nada que la locomotora de músculos y grasa me metió un emujón dejándome tambaleando a unos cuatro metros… y se me vino.

En ese momento me pongo de pié, miro desesperadamente a mis alrededores y no lo veo al Fabi… cagamos, ¡bang bang estoy liquidado! La locomotora se me venía imparable, escuchaba los gritos de mi novia que se parecían a un “ayúdenle a la miseria de mi novio que me lo matan” y los gritos de la gorda mal parida que se parecían a un “matalo caníbal del Dante que es papita pa’l loro”

El mastodonte vino y me asentó una especie de cachetón entre el cuello y la mandíbula, gracias a Dios no fue con el puño cerrado, pero sonó humillantemente fuerte, chistosísimo para el espectador y dolorosísimo para mí y mi honor. No me lo esperaba, ya no había vuelta atrás, ya no había un “¡para flaco calmate!”, ya no había un “¿charlemos?”, ya no había ningún Fabián… ¿Dónde están los patovicas en estos casos? O mejor dicho… ¿Dónde esta la guardia militar en este caso para parar a este tanque Alemán?

No me quedó otra que ponerme en guardia, jamás en mi re puta vida me agarré a piñas, pero años de boxeo y karate me daban el mínimo conocimiento sobre como pararme. Y ahí estaba con mis escasos metro setenta y dos, mi peso triste y poco útil, mi cogote y cachete colorado y caliente por el manotazo, mis ojitos brillantes suplicando por estar con mi mamá armando el rompecabezas de las Maldivas de tres mil piezas o con mi papá trotando en el Cerro dela Gloria.Parecíacomo un muñequito de guerra mal hecho, como la copia barata de un Dragon Ball. Estaba tan bien parado, pero tan asustado que hasta al mastodonte se le dibujó una sonrisa de coté. A este me lo como vivo debe haber pensado. Y se vino nomás. Para colmo de males el miedo, mezclado a los nervios, mezclado con las ganas de llorar por la vergüenza y en fin… el terror espantoso que sentía en mis venas y que me hacían temblar por completo, habían hecho que mis ojos como que se irritaran y se me habían movido los putos lentes de contacto, así que encima no veía bien. El rugbyer de Belcebú tiró un gancho violentísimo. No se si fue porque era lento o porque lo quiso sacar de atrás de la nuca que se lo vi venir y en un halo de lucidez, porque carezco de reflejos dignos, me agaché, paso derecho y le tosté un derechazo en el medio de la jeta. Se sintió como cuando mi vieja le pega con un martillito pinchudo a la carne para que los bifes salgan más tiernos. Y más que orgullo me dio terror aquella piña. El golpe lo había cebado al gordo. Se tocó la cara y se rió… generándome un terror nivel Dios. Se me vino de vuelta y me encajó un sopapo con toda la leche, por suerte puse las manos y me reventó los antebrazos pero no la cara, aderezó el sopapo con un empujoncito y un piñón en la panza que me entró de lleno, dejándome sin aire, con dolor y un futuro machucón que iba a durar una semana completita, recordando la mamá del gordo cada vez que iba de cuerpo por siete días. En mi estupor me agarró de la camisa y me tiró hacia un costado, pretendiendo seguir con su escándalo de golpes. Me volví a parar y antes de que me alcanzaran sus brazos de Suarseneger le puse una patada inesperada para él en el muslo (low kick para los entendidos) y lo continué rápidamente con dos cortitos a la cara y otra patada abajo que pretendía impactar sobre su abductor (suki suki low kick para los entendidos) con tanta suerte que se la puse en las bolas. A menos que seas un eunuco las patadas en las bolas duelen muchísimo y esta no fue la excepción. Mezcla de sufrimiento y sorpresa le había dado al Goliat que David le haya dado una tunda, así que ahí estaba medio agachado de dolor y no desaproveché la oportunidad… le clavé un gancho a la mandíbula (upper para los entendidos) que me hizo sentir como el más Rocky del mundo. Yo creía que esa era la estocada final me sentía un titán… pero no. El golpe ni le movió la carretilla al Demoledor, sino que lo hizo volver loco de furia. Se olvidó de la caricia en las bolas que le hice y se me vino decidido a matarme. Yo, que ya me creía ganador, no supe que hacer y me embistió con todo. Me puso una piña en el medio de la frente y debo haber volado unos dos metros hasta chocarme contra la pared. Vi blanco y estrellitas, ya estaba en el Zamba Rock. Se me acercó en menos de un segundo, como dando zancos el bestia y me asentó tres sopapos que ya ni me acuerdo donde me los dio. A todo esto de los patovicas ni noticias ¿Dónde estabas Fabi y la reputa que lo parió? Igual esto pasó en instantes nomás, instantes que a mi me parecieron horas, días, años, siglos.

Estaba mareado como borracho precoz y con sangre en la nariz. Aún así me puse de pié y el gigantón volvió como para hacerme la fataliti. Otra vez los reflejos milagrosos bañaron mi cuerpecito y logré esquivar el manotón del minotauro y lo tenía tan cerca que lo medí con un zurdazo (yap de izquierda para los entendidos) y le asenté un codazo en el medio de la cara con la derecha… y mamita que le dolió porque me dolió hasta a mi (y eso que esa zona es indolora, puro hueso). El leviatán quedo atontado y trastabilló y en eso estiró la mano y agarró una botella vacía de vino que había en el piso, al lado de donde estaba, se paró con el cachete cortado mal, ensangrentado como yo, con la botella en la mano como el mazo de un cavernícola, totalmente decidido a operarme ahí mismo y vaciarme las tripas. Lo miré asustadísimo, pero decidido, después de ese codazo le había perdido algo de respeto al animal, y le dije una frase hermosa, que jamás me la voy a olvidar: “euuuu, así no se vale”. El gigante me miró desconcertado… ¿como podía ser esto un juego para alguien tan chiquito? Tiró la botella al piso y los dos nos miramos fijo. Fue un milisegundo que duró una eternidad, éramos como dos enemigos legendarios, como dos leyendas del rock enfrentadas, como dos dioses de la mitología griega peleando en los cielos, era una pelea de machos, por hembras, de hombres, de guapos, era una pelea como las de antes, como la que le gustan a los viejos, como las lindas de ver y de contar. Ambos sonreímos para nuestros adentros, esto era un pacto… un pacto entre caballeros.

Los dos nos abalanzamos casi corriendo de la emoción y comenzó una trifulca desordenada, sin mordidas ni chiquilinadas, pero atestada de piñones y patadas, hasta un cabezazo que me hizo estallar la ceja me dio el mortal compadre. Yo combinaba mágicamente golpes a los riñones y a la cara, dignos de un artista marcial, pero que parecían caricias para el bebe demoníaco aquel. Él era lento y brutal, pero sus piñas y patadas impactaban siempre contra mí y me hacían doler antes de entrar, siendo siempre seguidas por un “uuuuuuuuuuuuu” o un “ooooooooooo” de los que ya nos estaban viendo y por un “aaaaaaaaaaauuuucchhhhhh” mío.

De pronto me le desprendo y sin quitarle la vista de sus ojos lo veo que dirige la mirada hacia otro lado. No alcanzó a percibir que era lo que miraba cuando lo veo encajarle una tremenda piña a un patovica que me venía a agarrar por un costado. Lo miro extrañado, mi enemigo me acababa de salvar de un asesino. Esta pelea es mía me dijo… increíble. En eso se le fue el patovica golpeado y le salté de atrás como una garrapata, pretendiendo devolverle el favor de haberme salvado. El monstruoso hombre de un solo sacudón me tiró y ahí se vinieron como tres patovas más a ayudarlo. Este sí que era nuestro fin. Estábamos los dos paraditos, casi espalda contra espalda, frente a tres tipos a los que les pagan por mantener “la ley y el orden” y eliminar lacras barderas como nosotros de los boliches.

Y de pronto, como cuando luego de ser presentado a los gritos por un locutor, llenado de galardones, loas, frenesí y aplausos aparece detrás del humo el luchador favorito de la noche… apareció el Fabi, suerte de asesino serial salvador, máquina de matar malos, fusión entre los buenos del Mortal Kombat con los malos del Street Figther, se vino como un camión del Dakar contra una motito de un motorratón del parque y como en un takle nos agarró a los dos del cuello, uno con cada brazo, con ese antebrazo que parece una Anaconda estrangulando a un venado (claro que el venado era yo, porque el otro gordo era un toro, pero igual el Fabi lo estrangulaba). Bomur pelotudo ¿Qué estas haciendo la concha de tu hermana? ¿queres que te maten? ¿Cómo le vas a pegar a un patovica? Me decía mi salvador mientras nos llevaba afuera. Yo no me podía poner a explicarle lo que había pasado porque me dolían hasta los pelos y porque su brazo mutante me estaba triturando. El patovica golpeado venía atrás del Fabi como viento, bufando y pensando “el Fabi me los saca afuera del boliche y esta noche como costillar a la llama por dos”. El Fabi, bicho, se dio cuenta de esta situación. Bomur, te tengo que sacar choto de mierda y calmar al flaco que le pegaron porque sino esta noche mismo morís vos y este pelotudo. Después me contas que pasó.

Si me quedaba adentro, le complicaba la vida al Fabi que me iba a tener que defender de su compañero de laburo, si me quedaba afuera me las tenía que ver con el gigante nuevamente que ya no sabía que era, si mi amigo o ni enemigo. Me soltó el cuello en la puerta del boliche y al gigante lo tiró al medio de la calle como si fuera un bebote con los que jugaban mis hermanas de chicas.

Nos miramos otra vez. Teníamos una deuda pendiente, pero yo ya no quería más. Él también estaba exhausto. Se me vino caminando, me agarro de la manga de la camisa, me empujo y lo alcancé a enganchar mientras me caía. Me paré antes que él y le puse una patada en las costillas ¡mamadera! Tosió y se paró, así sin más, le tiré una mano que quedó en la nada… no podía respirar de la agitación. Estábamos nuevamente parados frente a frente, dale veni, le dije. Y vino nomás… antes de llegar le puse una mano riquísima en el ojo, lo que lo hizo retroceder, pero avanzar como esos muñecos de goma que le pegabas y volvían. Me puso un zurdazo en el medio de la pera y cuando iba cayendo hacia atrás me remató con un derechazo mundial Korea-Japón que me hizo ver fuegos artificiales como un 31 en Reñaca. Paro mi caída un auto que estaba estacionado y ahí quede, sentado contra la puerta, con la cara bañada de sangre, una zapatilla menos, la camisa toda desprendida, agitado y cagado a palos. El gordo no estaba mejor, con un pómulo tajeado, un ojo en compota, la camisa también hecha jirones y todo sucio por los revolcones y la tierra. Cuando vino a seguir pegándome le tire un par de pataditas y me resigné a que me mande al hospital. El gordo no podía ni quería más. Se dejo caer y se sentó al lado mío, usando también la puerta del auto como respaldar y el piso como asiento. El sol del amanecer nos quemaba la cara y nos dejaba como dos guerreros vencidos, culminada la gran batalla. Nos miramos un par de veces. La tercera el gordo escupió algo así como una flema con sangre y los dos nos empezamos a reír. De la risa cómplice pasó a una risa fuerte y de la fuerte a una risa grotesca. Para mi era lo mejor que me había pasado en años, para el gordo había sido un rival digno. Che… llamemos a las chicas, le dije al tiempo que me palpaba los bolsillos y me daba cuenta de que no tenía el celular. El gordo me dijo dale, al tiempo que se daba cuenta de lo mismo. Vamos hasta mi auto, me dijo, ahí esta el celu de mi novia, debo tener algún amigo dentro al que llamar para que las haga venir. Además creo que tengo un culito de fernet. ¿Gasas y alcohol no? Y el gordo estalló nuevamente en risas.

 

El gordo no se sabía ningún teléfono, pero yo le llamé al Fabi para que las busque y les diga que salgan, que estábamos afuera (haberlo jodido tantas veces con que me deje entrar gratis me había dado el nostálgico poder de memorizar un celular). Nos tomamos el culito de fernet y nos quedamos hablando de fútbol, minas, autos y piñaderas hasta que llegaron las chicas, ambas puteándose y puteándonos, ambas diciéndose mil guarangadas, ambas re calientes con nosotros (la mía no me habló por dos días, el gordo le cortó a la de él).

Y así terminó aquella fantástica noche de primavera, donde firmamos un pacto entre caballeros y donde me hice amigo del gordo más genial, peleador y cómico que conocí en mi vida.

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