Tu abuela subió al altillo y bajó con un baúl lleno de polvo y vejez. Dentro había cientos de recortes de diarios y cartas antiguas. Buscó entre todo ese crisol de hojas, de texturas, de colores, como conociendo el orden de cada uno de los recortes y escritos. Sacó algunos papeles mientras comenzaba a contarte la historia de Peñaloza. Cada parte iba acompañada de un recorte del diario, desde “sociales” hasta “policiales”.

Allá por el año 20 tu bisabuelo ya estaba muy bien económicamente. Había amasado una buena fortuna como agricultor y su carrera política crecía con éxito. Aporto fondos y mucha ayuda a principios de1900 aAntonio Tomba, cuando Godoy Cruz aún se llamaba Belgrano. La familia Tomba estaba bien asentada y le abrió muchas puertas a tu bisabuelo, incluso llego a ser intendente. El poder lo había enceguecido, era un ser vil y déspota, con el tiempo fue demostrando su verdadero carácter y perdiendo amigos, entre ellos, a la familia Tomba. Pero cuando Peñaloza llegó a la ciudad fue a Enzo a quien vinieron a pedir ayuda.

Peñaloza era un ser siniestro. Para nadie pasó desapercibida su llegada al pueblo. Debía tener cerca de cincuenta años, dueño de un porte sombrío y ojos profundos. No se le podía sostener la mirada. Hablaba poco, sus rasgos eran mortuorios, serios. Se instaló en la calle Anchorena y solía salir por las noches, jamás se lo vio de día. Éramos pocos y los rumores corrían rápido, a pocos meses de su llegada ya se le adjudicaban varios hechos macabros, como desaparición de animales y ruidos extraños por las mañanas. Las habladurías de pueblo son drásticas y corren a gran velocidad. No solamente por los cuervos que se posaban en la arboleda frente a su casa, sino por los gritos que esporádicamente se escuchaban desde la casa de Peñaloza, como lamentos y esos temblores que hacían vibrar puertas y ventanas.

Ruidos de motores y lamentos… justo lo que vos recordabas.

Salía de su casa de noche y volvía a altísimas horas de la madrugada, siempre con un algún animal callejero. Se decía que era médico o veterinario, pero los animales que entraban jamás salían de su casa. Al poco tiempo llegó Antonio, su hijo.

Con su arribo, a Peñaloza se lo vio cada vez menos, pero era Antonio el que ahora salía por las noches y llegaba con grandes bolsos a su casa. Antonio era joven, de aspecto sádico y decidido. Mucho más callado que el padre, pero de mirada más viva e inquisitiva. No tardó en que se le arrime uno de los muchachos de la zona. A esa edad las amistades surgen con más fluidez. Pero nunca entabló vínculos con nadie, nunca le abrió su intimidad a nadie, jamás fue a una reunión de amigos.

Una tarde noche Antonio salió como de costumbre. A pocas cuadras de su casa se le arrimó la madre de aquel muchacho con el que solía hablar. ¡Antonio, Antonio vení por favor! Miguel está mal, ha tenido fiebre toda la noche, vení por favor ayudame. Señora, yo no se que hacer, no se nada. Vení…. tu papá es médico, por favor ayudame o llevémoslo a tu casa, no tengo para llevarlo a un hospital. Antonio, haciendo uso de su carácter huraño, dio media vuelta y siguió su paso, con aquel bolso vacío. Antonio por favor, Miguel es tu amigo. Bruscamente dio media vuelta penetrando a la mujer con la mirada. ¡Yo no tengo amigos! Y siguió. Antonio… Antonio por favor, dijo la mujer entre lamentos. Antonio se agarró con el índice y el pulgar el tabique, haciendo presión y tratando de calmarse. ¿Dónde está Miguel?

Entraron a la casita vieja de la señora. Miguel estaba postrado en la cama, alucinaba y desvariaba. Se estremecía, gritaba, le daban tiritones. Apenas lo vio suspiró hondo. Es Beirebra. ¿Qué? Beirebra, el demonio indio. ¿Pero que estas diciendo Antonio? ¡Quiero que le des algún medicamento! ¡Tiene fiebre! No señora… está poseído por Beirebra, el diablo indio. Hay que exorcizarlo, nosotros no estamos de ese lado. Y así sin más se marcho.

Aquella mañana Miguel amaneció sin vida, se había ahogado con su propia lengua, al tiempo que había rasguñado toda su cara. Cientos de laceraciones tatuaban su piel. No tardó en correrse el rumor de la visita de Antonio y aquella nefasta frase “nosotros no estamos de ese lado”. La procesión al pasar por la puerta de los Peñaloza profesó injurias y maldiciones.

La gota que rebalsó el vaso fue cuando uno de los amigos de Miguel decidió seguir a Antonio en su viaje nocturno. Salió de su casa como a las doce de la noche y caminó sin ningún sentido aparente. El amigo de Miguel lo seguía en las sombras, invisible, lejano, escondido. Lo persiguió durante varios kilómetros, sin rumbo, sin meta. Luego de un par de horas apareció en el cementerio dela Capital. Antes, el cementerio tenía solo una tranquera y no el murallón de ahora. Franqueó la entrada e ingresó por la zona sur, la más antigua del cementerio. De entre unos arbustos sacó una pala. Caminó entre las tumbas diseminadas en el suelo hasta encontrar una con la lápida sucia y vieja, buscó la más abandonada de todas y comenzó a cavar. El amigo de Miguel observó horrorizado, al punto que trastabilló e hizo ruido a ramas. Antonio detuvo su macabro plan y miró alrededor. No vio a nadie y continuó. El amigo de Miguel ya estaba corriendo hacia su casa. Horas después, a la madrugada, vio como Antonio volvía con una bolsa a sus espaldas… una bolsa pesada.

El rumor se esparció por todo el pueblo y no tardó en llegar a tu bisabuelo Enzo. Esta situación había colmado su paciencia y era el único con el carácter y sobre todo el poder, para tomar cartas en el asunto y hacer algo. Las habladurías sobre Peñaloza lo tenían harto.

Buscó a tres matones de su séquito de obsecuentes y fue directo a lo de los Peñaloza. Al llegar tuvo la sensación de que ambos iban a escapar por detrás de la casa, por lo que él y uno de los hombres ingresaron por el patio y los otros dos se quedaron en el frente, donde ya se agolpaban los vecinos. Cuando Enzo se escabulló entre los arbustos que hacían de medianera tuvo una horrorosa sospecha. Toda la tierra del patio estaba recientemente removida, como ocultando bultos. Había un olor espantoso en la zona. Lentamente avanzó hacia la galería de la casa, al llegar a la puerta trasera titubeo y no se animó a entrar. El sonido de un motor se escuchaba desde adentro. Eso es el motor que escucho, pensaste… Golpeó la puerta trasera gritando a Peñaloza que salga. Parece que el ruido de ese motor no los dejaba escuchar. Enzo se fue por un costado de la casa hacia una ventana que daba al patio. Estaba cerrada pero alcanzó a ver por la cortina lo que pasaba dentro.

En ese cuarto veía a Peñaloza con una sierra encendida. Estaba descuartizando un cadáver, probablemente el que habían profanado la noche anterior. Antonio estaba como en trance, sentado junto a él. Sobre una mesada había varias cabezas, de humanos y de animales, con velas sobre ellas y con los cuencos vacíos. Sus bocas estaban abiertas y dentro tenían hojas negras que envolvían algo, las cabezas parecía que gritaban y sufrían. Era una imagen irreal, espantosa, confusa, tétrica. Enzo se inundó de miedo y furia. El grito de ¡entren entren! fue tan fuerte que hizo apagar la sierra a Peñaloza para ver que sucedía y llegó hasta el otro lado de la casa obligando a los hombres del frente a ingresar también. De pronto la habitación de Peñaloza estaba invadida por cuatro hombres decididos a acabar con él. Antonio aún seguía en trance, con los ojos blancos y como en estado de shok. El olor era insoportable, a carne podrida. Peñaloza estaba bañado en sangre, con su cara inmutable, su actitud desafiante. ¿Qué es esto Peñaloza? ¿Qué hacen acá? ¡Váyanse de mi casa! Los cuatro hombres no tardaron en arremeter contra él, Antonio permanecía en trance. Golpearon incansablemente a Peñaloza hasta dejarlo prácticamente a la miseria. En su defensa, logró encender la sierra y cortarle de cuajo una pierna a uno de sus atacantes. Tu bisabuelo, en un ataque de ira descomunal sacó a las patadas a ambos hombres de la casa, mientras uno de sus secuaces se quedaba atendiendo al herido.

La muchedumbre observaba confundida el espectáculo. Antonio estaba totalmente inconciente y Peñaloza molido a golpes, pero vivo y despierto. Enzo sacó una cuerda del carro que había dejado sobre la calle, con un cuchillo la cortó en dos, con uno de los tramos circundó el cuello de Antonio, arrojó la soga sobre el árbol de cuervos y pidió ayuda para tirar de ella y así dejar colgado al pobre médium. En ese instante despertó del trance, entre los gritos de la muchedumbre y Peñaloza que no podía hacer nada porque estaba acorralado por varios vecinos. Como tardaba en perecer, Enzo tiró de sus pies y luego de un espantoso crujido de huesos, Antonio dejó de sacudirse. Peñaloza gritaba desesperado, entra lágrimas y euforia. Ahora era su turno. Con el otro tramo de soga hizo lo mismo. Antes de que tiren de la soga para ahorcarlo, Peñaloza miró a Enzo y le habló. Vos no sabes lo que has hecho, esto no va a quedar así. No solamente vas a pagar las consecuencias, sino que tu hijo también las va a pagar. Has firmado la sentencia de muerte tuya y de tu legado. Y lo colgaron sin más titubeos. Peñaloza no gritó, solamente movió durante varios minutos sus pies. Enzo no tiró de él, sino que lo dejó agonizar, morir lentamente. Fueron minutos eternos. Entre los bruscos movimientos se le calló un pequeño reloj de arena del bolsillo, al romperse contra el suelo su contenido se esparció haciéndose humo y cubrió a Enzo, entrando por su boca y fosas nasales. Todos lo vieron. El reloj quedó hecho añicos, sin nada más que vidrio.

La tarde estaba llegando a su fin, una serie de bostezos te estaban atacando. Hacía casi dos días que no dormías, el miedo a caer en sueños y quedar indefenso te inundó. Te arrepentías de no haber ido al monasterio, por lo menos ahí ibas a estar seguro. Estabas tiritando de miedo. Igual, tu abuela aún no terminaba de contarte la historia, pero el terror era más fuerte… mucho más fuerte. Pensaste en buscar otro lugar sagrado, alguna iglesia. No estabas lejos de San Vicente Ferrer…

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