Hoy me siento muy linda, muy segura. Hoy es un día ideal para ir a comprar ropa, accesorios, zapatos. No falta mucho para la tan ansiada cena. “Ponete más linda para el sábado Flor, que te voy a preparar una cena para chuparse los dedos” – escribió en un mensaje esa mañana de miércoles Guille. ¡Qué emocionada que estaba! Era la primera vez que un hombre me hacía sentir tan especial, tan única, tan hermosa… ¡tan mujer! Esperaba el sábado más ansiosa que un niño esperando la llegada de Papá Noel la noche de navidad.

“Voy a comprarme muchas cositas atrevidas, pero muy femeninas” – pensé cuando me detuve en una vidriera de calle España.

-Hola, estaba buscando algún vestidito, rojo si es posible, o quizás combinado con algo negro, escotado… bastante atrevido – le indiqué a la vendedora, entre risas pícaras.

-Bien, veamos que tenemos por acá – y entre miradas al perchero, y corriendo prendas, sacó un vestido rojo, largo hasta la rodilla, con un tajo bastante pronunciado del lado izquierdo, un escote que iba a dejar a la vista mis bellos pechos recientemente armados, y el lunar que tengo entre ellos; era un rojo brillante, muy de noche, como para esas noches especiales, de gala, pero esa noche iba a ser así.

Lo miré maravillada, se lo arrebaté de las manos a la vendedora, y corrí al probador. Me quedaba pintado. “¡Me lo llevo!” – dije emocionada mientras le acercaba mi tarjeta de crédito a la tan amable señorita.

-Esto tengo que combinarlo con unos zapatos negros, de esos con suela roja… ¿o deberá ser al revés? – comentaba con mi ansiedad, mientras seguíamos viaje. Mil casas de accesorios me regalaron otro manojo de histeria, al no poder decidirme qué comprar para estar realmente divina (– más divina, Flor – la voz de mi conciencia) ese sábado para Guille.

Uno aro colgante de pluma negro, con manchas bordó para una oreja, y los pequeños de estrases, para contornearme la otra; una cartera pequeña, algunos anillos, perfumes, cremas con glitters, esmaltes, unas uñas portizas con el french listo que estaban divinas (y las necesitaba realmente, pues las mías no estaban muy bellas que digamos) y seguí camino, esperando encontrar “esos zapatos”.

Se comenta de la ley de atracción, que cuando uno está positivo, todo sale positivo. Y comprobado: a pocos metros del kiosco en el que paré para comprar un agua mineral, la vidriera me sorprende con un destello que venía de unos perfectos zapatos rojos, con un taco aguja soñado, de puntas. Fue amor a primera vista. “Estos son los perfectos”, y entré corriendo a la zapatería, como si fuesen los últimos y alguien más estuviese preguntando por ellos.

Para que describir la sensación que tuve cuando me los probé. La gente me miraba raro, pero a mí no me importaba nada. Bailaba sobre ellos, jugaba, les hablaba.

-He aquí mi tarjeta, lindo – y se la pase casi como las damas de novelas, que tiran sus pañuelos para que su príncipe los levante, sin mirarlo a la cara.

Volvía a casa feliz. Qué estado tan óptimo había conseguido. Todo era demasiado perfecto.

Apenas puso un pie en mi casa, tomé una ducha, me depilé, me puse la crema que había comprado, peiné mi cabello largo hasta la cola con pequeños bucles en las puntas, arme el flequillo que cubriría enteramente mi frente, tomé el estuche del maquillaje, llené de sombra oscura mis párpados, delineé mis ojos por encima, me puse unas pestañas postizas sutiles que tenía guardadas, y que serían las encargadas (junto con el delineador) de terminar de enmarcar  mis ojos color verde, y – por último – el toque más seductor: mi boca remarcada y rellenada con un rojo vino intenso. Unas medias finas en red hasta la mitad del muslo, unos portaligas sujetados a mi colaless negra, y, ¡al fin!, el vestido con los soñados zapatos. ¡Qué perfecta estaba! Guille moriría cuando me viera. Llamé a un remis y partí rumbo a la cena.

La cara que puso ese hombre cuando me vio fue increíble.

-Pero ¡qué linda estás mujer. Sos un infierno! – y tomándome por detrás de la cintura, me llevó hacia él, dándome la bienvenida a su cuerpo, pasando su tibia y humedecida lengua por dentro de mi boca.

Ingresamos a la casa. -¿Querés una copa de vino, mientras esperamos la comida? Aún le quedan unos 30 minutos – dijo mientras me miraba la espalda, apoyado sobre la mesada.

Sonaba un jazz de fondo, el aroma era exquisito, él estaba hermoso, y tenía un perfume muy irresistible. Mientras miraba algunas fotografías que había en su repisa, lo sentí llegar al ponerse cerca mío (apretándome nuevamente contra él, y permitiéndome sospechar cómo venía la noche), pasando la copa de vino por delante mío.

-¡Qué increíble que estás! La verdad… pensé que podía esperar hasta después de la cena – dijo mientras contorneaba mis muslos con sus manos, y los apretaba –, pero te miro y no sé si quiera esperar.

Me volteé para mirarlo, me puse tan cerca que nuestras narices y labios rozaron apenas, y me dirigí a su oído, y le susurré: “esperaba que dijeras eso”, y lentamente mis manos se adhirieron a la cintura de su pantalón, a los botones que, uno a uno fueron despegándose, al cierre que marcaba la dirección que debía seguir mi cuerpo, y segundos después me encontraba de rodillas frente a él. Saqué su miembro ya demasiado humedecido, que me hizo dar cuenta que eso hacía rato que me estaba aclamando. Me tomó del mentón con una mano, y con la otra se lo sostuvo para dirigírmelo a los labios, y apoyándolo sobre ellos, me dijo: “no te das una idea cuánto ansiaba esto… y me encanta que seas vos quién me lo haga por primera vez”, y sacando mi lengua, simulando alfombra roja, le permití el paso a mi boca, para poder limpiar lo que había.

Pase mi lengua despacio por todos lados, como quién come un helado con pudor, y con ambas manos lo masajeaba desde la raíz hasta la punta, en un ida y vuelta sin cesar. Él me tomó con ambas manos de cada lado de mi rostro, y me indicaba los movimientos a su antojo.

-¡Qué rico se siente cogerte por la boca… Qué increíble esto!

Yo estaba muy excitada, por lo que descoloqué una de mis manos, para llevármela hacia mí y poder tocarme mientras lo seguía lamiendo.

-Ay, sí, tocate, tocate…

Saber que lo calentaba que me tocara mientras lo degustaba, me ponía cada vez más loca.

En un momento, me toma del pelo suave, pero a la vez fuerte, e inclina mi cabeza para que lo vea.

-Date vuelta… ¡No doy más! – y con una sonrisa, giro y me vuelco sobre un sofá que había detrás mío, me arrodillo sobre él, quedando a su entera disposición. Levanta mi vestido suavemente, corre mi colaless, y saca de su bolsillo un sobre con lubricante, y me lo esparce todo por atrás, metiendo de a poco sus dedos: primero uno, luego dos, luego… ya estoy lista.

La posiciona en la entrada, y comienza a meterse dentro mío despacio, sin dar marcha atrás, sin idas y vueltas, simplemente entraba, suave, hasta quedar entero dentro mío. Permaneció allí unos momentos, y luego se retiro un poco, para volver a entrar, y comenzar a jugar con ese vaivén con el fuego que llevaba dentro.

El nivel de excitación de ambos era extremo. Me enderecé un poco para que tuviese más alcance a mis tetas y puedo jugar con ellas también, mientras yo por mi parte jugaba conmigo.

Entre gemidos y jadeos, entre sudor y lágrimas, entre pedidos y palabrotas, sentí cómo su sustancia me recorría por dentro, haciéndome explotar a mí también.

Quedamos unos minutos inmóviles, hasta que se retiró de mí. Yo me acomodé la ropa y me encaminé hacia el baño. Apenas doy un paso, Guille me agarra de un brazo, como deteniendo mi paso. Giro para ver qué necesitaba, y suelta un “la verdad que esto es nuevo para mí… Nunca imaginé, en mis 36 años, que iba a llegar a esto… pero, sinceramente, me encantó. No te demores que la cena ya está lista”, y, regalándole una sonrisa, seguí mi camino. 

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