Carmela agarró los huevos en sus manos y los golpeó contra el canto del bol de vidrio.

-Me da miedo, Marcos.

-Sí, lo entiendo.

Vertió las yemas de los huevos en el bol, separó las claras, juntó las cáscaras y las tiró en una bolsita que colgaba de un clavo al lado de las canillas de la pileta.

-No, no sé si entendés. Porque también quiero irme con vos.

-Es que no son dos cosas contradictorias, Carmela. Vos querés venirte pero te da miedo.

-Sí, pero es que no quiero ir porque me da miedo. Eso es lo contradictorio.

Vació la cuarta cucharada de azúcar en el bol y miró si la manteca ya estaba derretida en el fuego.

-Carmela, el miedo no significa no querer, sino no animarse.

-Pero yo no quiero animarme.

-Entonces no querés.

Cuando todo se llenó de aroma a manteca tibia, apagó la hornalla y la volcó en el bol. Le tiró la ralladura de limón. No pude dejar de mirar como dio dos golpecitos con su mano y cómo la subió para cortar la cantidad precisa, quebrando su muñeca en la altura, como si ese movimiento estuviese programado en sus genes el día que nació.

-Marcos, no es que no quiera, no puedo tomar esta decisión ahora, no me animo.

Bajé la mirada, era inútil insistir. Empecé a contar los cerámicos del piso. Había tres más oscuros entre todos los terracota que había. Los cerámicos ausentes habían sido reemplazados por cemento. Tenían un zócalo de cerámico partido, por lo que pensé que no los había puesto Gonzalo, sino que estarían de antes. Que así estab…

-¿En qué pensás?

-En nada.

-En algo estás pensando.

-No, en nada. Estaba contando los cerámicos del piso…

-¿No ves? Si no me decís lo que pensás, ¿cómo vamos a hacer para convivir, Marcos? Te callás todo, nunca…

-Pensaba en que me gustaría mucho que vengas –inventé insistiendo con mis reales intenciones-. Me encantaría empezar de nuevo con vos, Carmela.

Dejó de espolvorear la harina, y el colador se corrió del bol dejando una nevisca blanca sobre la mesada, y me miró. Yo volví a bajar la mirada. Qué fiaca, iban a volver los reproches quién sabe por qué motivo. Vi que en un rincón había otro cerámico terracota oscuro. Tal vez los cerámicos oscuros sí habían sido puestos por Gonzalo. O por Fanta, que parecía darse maña.

-¿En serio me decís?

La miré. No sé qué cosa había dicho diferente a antes. Mi mente empezó a revisar las palabras, los modos usados hasta el momento. No podía identificar qué cosa la había hecho tener esa actitud más interesada.

-Sí –y me callé cualquier otra aproximación a su pregunta.

-¿Querés empezar de nuevo conmigo?

¡Ahhh! Era esa frase. En un segundo pude razonar que ella necesitaba eso, sentirse parte, ser necesaria, ocupar un lugar. No importa si se lo dije de mil maneras diferentes, ella necesitaba esta forma, que era exactamente lo mismo, para mí, que el decirle que quería que se venga a vivir conmigo.

La miré. No hay lugar en ese cuerpo para tanta dulzura. No. Ella tiene que estar siendo alimentada por cargamentos de miel de una manera exógena. Algo nutre tanta cosa linda, sino en algún momento se gastarían sus gestos, se acabaría esa sonrisa pegajosa. Su mirada, sus ojos bien abiertos, la pastafrola ahora olvidada, su colador en la mano dejando nevado los cerámicos de terracota claros, sus jeans balncuzcos de harina, sus manitos, su… su incipiente sonrisa, que se agrandaba, que se estiraba más…

-Claro que quiero empezar de nuevo con vos. Te necesito conmigo, Carmela.

Largó el colador sobre la pileta y una nube blanca le dio el fondo para esa corrida de dos pasos y el salto con el que quedó colgada de mi cuello. Yo no podía emocionarme tanto. No había entendido bien qué es lo que había pasado ahí. No había dicho nada diferente, pero las palabras precisas lo cambiaron todo. Al rato de sentir sus besos en mi cuello me volví a emocionar, como me pasa siempre que la siento en mi cuerpo, y la abracé fuerte, y la imaginé conmigo, viviendo juntos cada uno de los años que debíamos reinventar. Había que reinventar todo de nuevo, hacer una vida entera…

-Tenemos que reinventar todo de nuevo, Carmela. Tenemos que hacer una vida nuestra.

Me soltó con una sonrisa enorme y sus ojos húmedos. El empalagoso aroma del dulce de membrillo se confundía con el olor seco de su pelo. Giró ligera, tomó en su camino un tenedor de la mesada y apagó el baño maría donde se ablandaba el membrillo, pisándolo y respirando mocos, limpiándose los ojos con la muñeca de su mano, y volvió al colador, y a la harina, y a la mezcla. No hablaba, y me empezó a inquietar. Tanta euforia para no decir ni sí, ni no, y volver a cocinar.

-¿Y? ¿Entonces venís, Carmela?

Mientras sacaba la masa del bol se reía. Callada, con sus ojos apretados, dividió en dos la masa y puso una parte en la tartera. Sopló una brisa y se llevó parte del postre aéreo, el que flotaba en la cocina, el que nos estaba acaramelando los pulmones. Me miró y el pelo todavía coqueteaba con la ráfaga fresca. Ese pelo colorado que me encantaba. Volvió su mirada a los bastoncitos que iba estirando con sus manos.

-¿No me vas a contestar nada?

Me volvió a mirar, y vertió el membrillo sobre la masa, puso los bastoncitos cruzados por arriba y metió el postre en el horno. Se incorporó y, girando, se puso de frente a mí. Me miraba con una sonrisa de las que quisiera que me entierren el día que me muera.

-¿Cómo podés ser tan tonto? ¿No te das cuenta de que es obvio que sí?

-¿Pero por qué no decís nada…?

-Porque me gusta ver que te interesa mi respuesta, que esperás una respuesta mía.

-Pero, ¿cómo no me va a interesar una respuesta tuya si te estoy pidiendo que te vengas a vivir conmigo?

– Bueno, es que soy así. Me gusta sentir que me necesitás, que te importo, me gusta verte esperándome… Me gusta, no sé.

Yo la miraba.

-Si voy a acompañarte en esta vida, quiero que entiendas esas cosas que me gustan –dijo poniendo las cosas sucias en la pileta-. Porque sé que no te las voy a pedir. Lamentablemente sé que no te las voy a pedir…

Y me volvió a mirar a los ojos. Yo no tenía anillos ni ella estaba de largo vestido blanco, ni había miles de personas sentadas en bancos, ni filmaciones, ni fotos, y sin embargo, nos estábamos casando, en esa cocina sofocante de membrillo y manteca, ella con sus jeans nevados de harina, sus pómulos blancuzcos, su pelo atado en una cola de fuego… nos estábamos casando, y los dos lo sentíamos así. Me acerqué con todos mis gestos subliminales para que hagamos el amor pero me atajó las manos en el aire, “esperá que en diez minutos está la pastafrola y preparamos el té”.

-¿El té?

-Sí, y creo que estuvimos mal en no haber invitado a Gonzalo y a Fanta a comer…

-Que vengan a la fiesta, después de la comida –le dije siguiéndole el juego.

-La fiesta… la fiesta es solo para nosotros dos –me dijo mientras me volvía a rodear el cuello con sus brazos-, y va a durar más que una noche, Marcos, va a durar… -y titubeó- mi vida entera.

-Y la mía tamb… –pero me puso la mano en la boca.

-Shhh… Por favor, no digas nada. Hacé, hacélo todo. Yo te acompaño, Marcos.

-Nos vamos a acompañar mutuamente –le dije, aunque un poco molesto por haberme tapado la boca antes.

Carmela sacó la pastafrola y la puso a ventilar en la ventana, al tiempo que empecé a preparar los cafés. Cuando se enfrió un poco la pastafrola, pusimos el mantel en una mesa que habría sido un anticuado soporte de alguna televisión vieja, platitos, servilletas, el postre, los cafés y nos sentamos.

-No tuvimos fiesta de casamiento, pero tenemos una pastafrola que está buena –dijo Carmela.

-Me sorprendiste, no sabía que la pastafrola era para nosotros. Creí que era para la noche, para todos.

-No, era para vos, Marcos. Te quise dar una sorpresa.

-Qué bueno, porque yo tengo otra sorpresa para vos.

-¿Una sorpresa?

-Una sorpresa que solo podía existir de haber un sí de tu parte.

-¿Un sí?

-Sí.

Carmela dejó el tenedor en el plato, me tomó la mano y mirándome con su sonrisa estirada y amplia susurró: “Sí. Quiero”. Ahí lo tenés. Quiero mi sorpresa, Marcos.

(Continuará…)

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