“Tempus fugit, sicut nubes, quasi naves, velut umbra”

El tiempo vuela, como las nubes, como las naves, como las sombras.

Me pesan en los ojos los relojes. Corren por mis venas sus manos, como negras agujas infectadas que buscasen herir definitivamente mi corazón. Tropiezo una y otra vez con sus pervertidas marcas en relieve. La siniestra maquinaria del tiempo latiendo ¡tictactictactictactictac!, recordando nuestra condición de nada, la escasa vida, la cuenta atrás. El tiempo celebra en sus reuniones los fragmentos, lo que quedó, lo que lleva pasado, todo lo que pesa en las ojeras y en los ojos, en olas de segundos, en las escasas mareas de los minutos de amor.

Estoy cansada, como agotada de acariciar el tiempo mientras pasa sin borrar nada. Simplemente desfila ante mí, indiferentes los dos… como un monstruo insaciable, pasa devorando sueños y corazones, días de ayer y de mañana, días rotos o intactos, dulces o amargos, con todas sus noches. Pasa girando en su siempre cansada y espaciada coreografía circular… pasa baboso y veloz, como un caracol gigantesco. Pasa desconociéndonos, librándose de nosotros, apartándonos, llevándose la vida y con ella todas las falsas esperanzas que albergamos creyendo verdaderas, también todas nuestras frustraciones. Se aleja dejándonos el terrible peso de haberlas alentado y padecido, de estar obligados a alentarlas y padecerlas hasta fallecer, hasta la inalcanzable cita con su aliada muerte… el tiempo se contrae, se diluye, en imágenes borrosas o inventadas, se apaga en nuestra pobre, ineficaz y estúpida memoria…

Vuela con él lo poco que nos dejó. Todo lo que no nos arrancó o no nos impidió, día tras día; todo lo que quisimos y no pudimos tener.

¡Maldito ladrón muerto de hambre!

Todos los años, como auténticos cabos semi atados, como palenque improvisado, celebramos el infortunio de agotar la vida, de que el tiempo nos saquee impunemente, que saboree lánguidamente nuestro sudor y nueva sangre, que se ría de todos nuestros esfuerzos por evitarlo, que nos empuje al abismo. Un pasito más, ¡feliz dia de tu santo!, otro más, ¡feliz cumpleaños! Y así uno y otro y otro, hasta la decrepitud y el absoluto descrédito, hasta la intolerable sequedad emocional.

Me abandona la vida lentamente, ¿o acaso soy yo la que me alejo de ella?

Hablame antes de que suceda, hablame hoy que estoy serena. Que este viento tu voz traerá, suave, dulce y tierna.

Decime que un día estaremos, sentiremos, sin límites, sin medida. Aunque no sea cierto, decímelo. Decime que la vida entonces será larga y la tristeza breve. Mentime. Contame medias verdades partidas en dos, fragmentos de pensares que hablen de encuentro. Alivia con tu voz la carga de conocer todas las formas del verbo adiós. Desde todos los puntos cardinales me llega tu presencia, tu existencia, destrozando todas las palabras que pensé, todos los propósitos que planeé para olvidarte, para salvarme. ¿Sabes?, no se puede medir esta oscuridad de no tenerte yo. Tendré que dejar de preguntar, pues sólo una silenciosa brisa llega por respuesta. Tendré que dejarte, te dejaré definitivamente en el olvido.  Seguiré pensando en otras cosas para no caer en el dolor (o en el gozo) de pensarte.

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