Hacía varios días que tenía una urticaria por todo el cuerpo. No sabía qué podía haberme hecho esa reacción alérgica. Harta de tomar loratadina, ibuprofenos y esas cosas, me hice un lugar y saqué turno con el dermatólogo. Jueves 15 de marzo, 18.30 horas. ¡Perfecto!

Como cada día en mi laburo, nunca salgo a horario, por lo que llegué un poco más tarde a la consulta, y, como era obvio, tenía que esperar a que terminaran de atender a todos los que habían respetado el horario de su turno, incluso a los que habían llegado al mío, así que me tocó ser la última paciente. Por suerte no hubo mucha demora, y a los 30 minutos me atendieron.

-¿Candela? Pasa que te va a atender el doctor – dijo la secretaria, guiándome al consultorio.

Apenas entro lo veo al doctor sentado, de espaldas a la puerta. Entro y cierro la puerta. Él se voltea, y con una sonrisa, me saluda:

– Hola… ¿Candela, no? – Y yo asiento devolviéndole la sonrisa. –Pasa, ponete cómoda.

Me siento sobre la camilla, como quien se sienta en su cama.

-Bueno contame…

-Me han salido unas urticarias raras en todo el cue… – le dije sin dejarlo terminar de hablar, a lo que él me interrumpe a mí.

-Jajaja pará pará… sólo sé que sos Candela, tengo que armarte la planilla primero, pero bueno, ya empezaste a contarme qué te pasaba, así que te dejo terminar.

-Perdón – respondí tímida – nada, es que me han salido unas urticarias raras en el cuerpo, y no sé a qué se debe. Estaba haciéndome un tratamiento facial, y noté que en el rostro se me empeoraba, y lo suspendí. No empeoró, pero tampoco se me ha mejorado.

-Bueno, te reviso y antes de que te vayas te relleno la ficha. Mostrame dónde tenés la alergia – y se levantó de la silla y se acercó a mí.

Le enseñé en la cara, los brazos, el pecho, y antes de seguir le dije: bueno, y un poco más por las piernas y por… “ahí”.

Soltó una media carcajada y agregó: ¿pero me lo podes mostrar?

-Sí… – y me bajé la babucha negra que llevaba, quedando sólo con la bombacha.

-Ajam… lo de las piernas está más marcado por lo que veo… ¿Me vas a mostrar más o debo adivinar cómo tenés “ahí” – dijo haciendo la seña de comillas con los dedos.

Me separé de la camilla y bajé mi bombacha, quedando sólo con la remera. Me recosté en la camilla, y separé mis muslos para que pudiera notar bien mi problema. Para ese entonces, y no sé si debido a los nervios o qué, mi entrepierna se había humedecido, por lo que tenía cierta vergüenza. Él, nuevamente, sonrió. Yo quería morirme, no sólo por la vergüenza, sino que, además, me estaba calentando más.

Se acercó para ver más de cerca y con ambas manos separó un poco más mis muslos. Tenía las manos muy suaves y muy calientes. No quería ni mirarlo.

-Bueno, veo que acá está un poco más enrojecido – y pasó uno de sus dedos por uno de mis labios.

-Sí, no me pica ni nada, pero me molesta tener esto.

Volvió  a mirarme, y su dedo rozó lo que ahora era ya una fuente, esparciéndolo apenas hacia abajo. Inevitablemente, no sólo mi entrepierna comenzó a lubricarse más, sino que me fue imposible soltar un leve (pero fuerte) respiro, acompañado de un minúsculo jadeo.

-¿Estás bien, Cande?

Se escucha por detrás de la puerta del consultorio a la secretaria avisando que se iba, y que se veían mañana.

-Dale Marti, cerrá con tu llave que yo tengo la mía acá – y volviendo la mirada hacia mí, agregó – nos dejaron solos – y volvió a apoyar su mano, ahora entera, sobre mí.

-“Jaja”, veo…

-Sabes que me preocupa un poco esta parte de acá que está más enrojecida que esta de acá – y sus dedos iban y venían a su antojo, y mi cara ya me delataba completamente.

En un momento, sus dedos ya no hacían caricias, sino que iban entrometiéndose de a uno en mi interior.

-¿Estás cómoda?

-Mhmm – asentí con la cabeza, dándole el ok para que siga, sin pensar, permaneciendo mis ojos cerrados, y mi cara girada hacia un costado.

Sus masajeos hacían que mi pelvis empezara a moverse, lentamente. Sin pasar más tiempo, sentí algo húmedo que se acoplaba a sus manos. Su lengua se había sumado al juego y estaba haciendo equipo con mi clítoris, que feliz estaba de recibirlo. Besaba los costados, por su interior y exterior, pudiendo a veces penetrarme con ella, y así acelerar mis movimientos.

La lengua juguetona, aburrida del mismo lugar, decidió conocerme un poco más allá, bajando lentamente por la línea que va al sur, separando con las manos ahora mis glúteos y empujando un poco mis piernas hacia mí, para tener más espacio.

Un dedo que antes me inspeccionó por dentro para robar ese lubricante natural, ahora estaba ingresándome por detrás, suavemente, mientras su lengua seguía colaborando, hasta dejarlo listo para que el dedo estuviera dentro totalmente, y luego subir y penetrarme con ella nuevamente por arriba, mientras con su otra mano masajeaba mi clítoris.

Extasiada al máximo, con los jadeos transformados en ya gemidos y aullidos de placer, me enderecé, sosteniéndome con mis codos sobre la camilla, me aproximé al borde y puse mis tobillos sobre sus hombros.

-Quiero que me cojas… ¡ya!

Y desprendió su pantalón, lo bajó hasta las rodillas y de un empujón se metió dentro. Los movimientos ya eran muy acelerados, los gemidos y sus jadeos ya eran la música del lugar, su dedo había vuelto a mi clítoris. No creo que hayan pasado más de dos minutos, que mis uñas se incrustaron en sus manos, y algunos gritos escaparon de mi garganta, acompañados de tiritones por todo el cuerpo,  dándole el paso a un orgasmo conjunto.

Relajé mis brazos y él se separó para vestirse.

Pensé que no iba a poder mirarlo, e incluso no sabía cómo iba a irme sin decir nada. Pero giré mi cara y volví a ver esa sonrisa, perfecta, que me relajó por completo.

-¿Querés pasar al baño y después vemos ese tema de la urticaria de la cara, brazos y piernas? Porque me te aviso que “ahí” no tenés nada… ¡tramposa!

Mi cara de sorpresa fue increíble. Realmente había tenido exemas allí también, pero nunca me imaginé que se había ido.

Pasé al baño, me higienicé un poco, me arreglé la ropa, me hice una cola en el pelo y volví al consultorio.

Después de pasarme recetas, llenarme la planilla y hacerme firmar unos papeles, agregó: ¿vas a hacer algo el sábado? Te invito a cenar -.

Mi sí no se hizo esperar. Ese sería sólo el principio de mis crónicas con el doctor.

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