De la ruta salía un camino de tierra, y doblé. El Renault 18 me hizo sentir la dura tosca por la que ahora viajábamos. Hacía un rato que el silencio gobernaba.

-Así que tu mecánico rechazó dos ofertas por el Renault…

La miré a Carmela y sonreí orgulloso.

-Vale más que el precio de un simple Renault viejo. Está muy bien el auto.

-Sí, se lo nota en la ruta. No sé con qué lo vamos a mantener.

Miré para adelante y sonreí. La entrada al pueblo era la típica. Una rotonda cubierta de pajonales altos, una calle de pavimento castigado que se disparaba hasta unos kilómetros donde florecía un semáforo, y después, casitas. Más al fondo se elevaba la torre con cruz de una iglesia. Hicimos el recorrido, cruzamos el semáforo, pasamos casas bajas, después aparecieron mejores construcciones, negocios, doblé en la tercer calle, hice dos cuadras, doblé, seguí hasta el boulevard, doblé…

-Me vas a dejar usar el auto, me imagino…

-¿Hablás de nuestro auto?

Y Carmela giró la cabeza hacia la ventana, pero se notaba que sonreía rabiosamente, como no puede evitar hacerlo cuando está contenta. Agarré la calle de los naranjos y doblé en la siguiente. Apagué el auto frente a una casa de frente blanco, con un pequeño patio delantero custodiado por un limonero. Dos árboles importantes daban buena sombra en la vereda. Carmela miró a los costados.

-¿Y ahora? ¿Por qué parás? ¿Te podés dejar de hacer el pelotudo y decirme cuál es la sorpresa?

-El Morsa, un amigo, labura en una empresa textil. Hablé con él antes de volver a buscarte, Carmela. La empresa está abriendo un punto de venta en este pueblo porque acá se instalaron tres industrias importantes hace poco y la ciudad va a crecer bastante en poco tiempo, y pueden aprovechar la caída en el costo del trasporte, la venta mayorista, en fin, muchas cosas, y necesitaban alguien para manejar y supervisar la zona…

-¿Y te eligieron a vos?

-No, al Morsa. Así que arreglamos para que yo supervise algunas cosas y le informe, y con eso él se evita venirse a vivir acá, que para él era lo peor. Y me ofreció la casa que le daba la empresa, y este laburo. Por eso no hizo falta vender el 18.

Hubo un silencio, una mirada vacía y brillosa de Carmela, apareció de pronto el olor a tierra del auto, el calor un tanto sofocante, unos gritos lejanos de chicos jugando, pisadas en la vereda de una señora que pasaba y pasaba lentamente al costado del auto… Abrí la ventana.

-Esa era la sorpresa, Carmela.

Me empecé a sentir mal. Me sentía muy poca cosa. Era evidente que la situación era mejor que la del galpón, pero ella se esperaría la construcción de la vida en las manos de un hombre. Imaginaría que lo hubiese resuelto todo, que ya podríamos tener chicos… No, sentí que todavía me faltaba para ser un hombre. No podía darle todo. El silencio continuaba y el aire me empezó a faltar. Moví la pierna y choqué la rodilla con el llavero del auto, y las llaves puestas sonaron como un llamador de ángeles, y el silencio continuaba, y se me hizo un nudo en la garganta, abrí la puerta del auto y salí, y el silencio continuaba… Al fin cerré la puerta que pareció resonar por todo el pueblo hueco de personas. 

Intenté volver a sentir la emoción de la oferta del Morsa, la plata, la casa, el tiempo libre, la vida con Carmela… y lo conseguí. A mí me gustaba la idea. Era la primera vez que sentía que no había entendido a Carmela. Habría jurado que estaría feliz, pero no, me equivoqué. El tiempo pasaba y Carmela seguía adentro del auto, sin hablar, sin salir, caminé unos pasos alejándome y viendo las casas vecinas. No quería mirar hacia atrás. No quería enfrentar que había dado un paso errado. No iba a volver al galpón compartiendo mis bolas con otra parejita de gitanos. Si no era esta alternativa, no veía otra solución que apartarme de Carmela. Y eso me desinflaba, me iba debilitando las piernas, los brazos. Otra vez supe cuánto la quería a la colorada. La colorada… nunca la había llamado así. Las piernas ahora me temblaban notablemente. No daba más. Volví al auto. 

Cuando me estaba sentando escuché el llanto. Se tapaba la cara con las manos, pero era un llanto copioso, líquido, imparable, lleno de gorgoritos y fuertes aspiraciones nasales. Aunque se notó mi llegada, no se movió. Seguía llorando. Busqué algo para decirle y calmarla, pero lo único que tenía para decirle era que esa era mi opción, la opción de empezar de cero, todo de nuevo, e ir buscando lentamente la superficie de las comodidades y los aparatitos electrónicos, de los géneros de colores elegidos, de los cubiertos homogéneos, de las vacaciones en el mar… Todo eso era el motivo de ese llanto, estiré mi brazo y se lo pasé por el cuello, trayéndola hacia mí. Ella se dejó caer, como un árbol seco, pero pasó de largo mi pecho y se derrumbó sobre mis muslos. El llorar se volvió gemidos más leves, y mientras le hacía rulitos con mis dedos en el pelo, clavé mis ojos en un eucaliptus lejano, y permití que el último vestigio de esperanza y alegría muriese. Al fin, en algún momento Carmela dejó de llorar y descansaba silenciosa, con una respiración apretada, sobre mi pantalón empapado. 

No sé cuánto tiempo pasó que se levantó. Su cara estaba desfigurada, su pelo pegado en algunas partes, parado en otras, sus ojos ensombrecidos e hinchados, se separó de mi con sus manos y se sentó en su lugar mirándome. “Perdoname”, susurró, y sus párpados pesaban como el sueño de una semana sin dormir.

-Perdoname vos, Carmela. Yo no… -pero no supe qué más decir. 

Volvió el silencio. Ella clavó su mirada en el parabrisas, en algún punto lejano e indiferente.

-¿Querés que volvamos, Carmela?

Y me miró. Casi con enojo, pero no era enojo. Era furia, o algo parecido. No, tampoco era furia…

-¿Qué querés de mí? ¿A qué jugás con todo esto? ¿A la familia feliz?

-¿Familia feliz? ¿De qué estás hablando?

-¿Qué querés con esto? ¿Demolerme? ¿Por qué? ¿Qué te hice?

Sus puños estaban cerrados.

-Carmela, ¿de qué estás hablando? Yo lo único que q…

Y lo entendí. Entendí todo. Fue como siempre, un fogonazo y estaba todo claro. Mi boca quedó abierta, muda, en la mitad de la oración, pero ella continuó, porque no era furia ni enojo.

-Pero, ¿vos te crees que soy tan pelotuda? ¿Qué me decís de una casa, de un laburo, y yo te creo todo y me vengo con vos? ¡Forro!

Ya no necesitaba discutir. Todas sus frases hablaban de lo mismo. Ni furia…

-Carmela…

ni enojo…

-¡Sos un hijo de puta…!

…era muchísimo …

-…calmate, mi amor…

…miedo. Terror. Y entre sus gritos la tomé con mis brazos y la abracé fuerte, soportando sus golpes en el pecho, sus gritos en mi cara, y se fue apagando, y dejó de resistirse, y entraron las primeras brisas disipando el calor húmedo de nuestras caras, y por fin dejó de estar tensa, y me abrazó.

-No me hagas esto, Marcos… -sollozaba con su voz opacada en mi pecho.

-Carmela, podemos. Podemos estar juntos en un lugar. Nada ni nadie nos tiene por qué separar, Carmela…

-Marcos, no quiero, volvamos…

-Creeme, Carmela…, vamos a estar juntos…

-No, algo va a pasar, algo va a pasar y te vas a ir, y me vas a dejar, y…

-Shhh, linda, relájate, nada va a pasar… 

Y la tarde pasó por varios colores hasta que el sol se empezó a acercar visiblemente en el horizonte. Sus rayos fucsias pintaron el techo y Carmela, sentada sobre el capot del auto, sonrió.

-Creo que prefiero la casa pintada de blanco, Marcos. No sé, la podés decorar con colores, pero no tenemos que pintar nada si nos aburrimos…

-Bueno, mañana lo definimos. Ahora vamos a tener que ir volviendo. No me gusta manejar de noche, Carmela.

-Volver… -dijo Carmela mirando el techo-. No puedo creer que vamos a tener nuestra propia casa. Marcos, no lo puedo creer…

-Dale, subí, Carmela. 

El Renault arrancó enseguida y suavemente el auto avanzó por los adoquines salpicados de la agónica luz de la tarde. Algunas fachadas ya no tenían brillo y se mostraban nocturnas y serenas. El boulevard encendió sus bochas de vidrio que se veían absurdas encendidas sin haberse muerto aún el día. Carmela sonreía. Sonreía y miraba hacia adelante.

-Mamá –dijo de pronto, hablándole al parabrisas, a lo alto de una nube-, perdoname. Tenías razón. Se puede ser feliz.

Y me miró con los ojos repletos de brillo, y volvió a mirar la muerte rabiosa del sol que se calcaba en sus pupilas. 

(Continuará…)

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