Hace una semana aproximadamente, estaba tirado en el sillón  mirando televisión mientras ordeñaba a mi perra para abastecer mi casa de leche para los capuchinos religiosos de la mañana en mi familia.

Sintonicé el canal donde pasan las olimpiadas vi a estas alucinantes personitas amarillas y desconfiadas por naturaleza, saltando girando y salpicando alegría  hacia millones de televidentes.

-Que chinos hijos de puta- fue el primer pensamiento que me atravesó por la cabeza, luego me dedique a observarlos atentamente y sentir la conexión.

Sus movimientos de caderas, su sacudidas y sus aceitados cuerpos no fueron suficiente para darme cuenta de que mi novia había puesto bailando por un alimento no perecedero, el nuevo programa de Tinelli.

Después de tan profundo trance realizado por tantos láseres, glúteos y pezones marcados como dedales de la abuela decidí enfrentar tan trágico destino de clase social obrera argentina al que rotundamente me vi sometido en ese instante.

 Decidido a convertirme en un super chino, empaqué la campera, la changa que conseguía llevándole el carrito a las viejas en el super, los soquetes, la mantita para dormir la siesta, la netbook del gobierno para robar wi-fi, un poco de leche de mi perra (laika) y un balero. Les dije a mis viejos que me iba a dormir a lo de mi amigo el morcilla (por lo negro) y ellos no se preocuparon, menos después de ver todas las pelotudeces que había empacado, de las cuales me arrepentí al llegar.

El viaje del avión se me hizo corto, bueno de acá hasta Beijing jodiendo con el balero se me hizo corto, después hasta lo más profundo del tibet me cague de calor y no encontré wi fi por ningún lado, un garrón. Para distraerme intenté buscar el campamento tibetano pero no tuve éxito. El mapa  decía: 3 cuadras a la derecha después de la estatua de Mulán, donde topa. No lo encontré porque solo veía que terminaba la calle abruptamente, que chinos desorientados.

Chang Chotang era el nombre de mi mentor y en el entorno se respiraba su presencia. Definitivamente se había cagado mientras meditaba.

-Hay que limpiar los chakras- replicó mientras yo criticaba el penetrante olor que quemaba mis fosas nasales.

-Quiero ser un chino, o por lo menos saltar y girar como chino- reclamé al gran pontífice tibetano

El Viejo comenzó a darme respuestas para poder llegar a tener el gran desempeño de los chinos.

Según lo que dijo el traductor que pasaba por ahí y vio que el sumo sacerdote me hablaba y yo no entendía una bosta se acercó como para garpar unos mangos. Yo siempre tan atento al aprendizaje comencé a anotar.

“Primero tú tienes que pasar el Mario bros por completo, así podrás saltar como verdaderamente un chino lo hace”

“Quien es este hombre que repite todo lo que digo”

“Para poder llegar a tener la destreza de un chino, debes trabajar en una fábrica de ensamblaje con millones de hermanos más rápidos que tu”

“Para tener la fuerza de un oriental debes absorber todas las proteínas que trae la salsa de soja y sus derivados”

“Para tener una visión de nuestro mundo debes llegar al punto culminante del estornudo y aguantarlo, si llegas a vivir toda una vida con el estornudo a punto de escapar, serás recompensado con la visión de un chino”

Después de una semana poniendo en práctica mis aprendizajes para dominar las técnicas chinas, inmigración dio con mi paradero y me mandaron de nuevo a mi tierra natal del vino.

Hoy por hoy, estoy acá contándoles mis vivencias porque estoy aburrido y en cama, después de hacerme el vivo con mis habilidades chinas de visión panorámica y pifiarle a la acequia.

Fuente de la imagen:
mamapop.com 

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