Recuerdo bien que me encontraba sentado solo, esperando que la nada se acuerde de mí y pase a recogerme. Recuerdo bien como me sentía, porque pocas veces me sentí como aquella vez.

Es que hay veces que la mente se queda divagando en el limbo que crean el miedo y la seguridad. Son esas ciertas veces que la fe nos falla, y nos queda la pregunta del por qué a todo y a todos.

Todo ese día era gris y sin matices. Recuerdo desear con ansias que lo blanco me ilumine, o que lo negro me atrape, pero anhelaba con tantas fuerzas escapar de lo gris. Porque lo gris lastima y eso es irremediable.

Y de la nada apareció. Una figura que se escurrió de entre los rincones para quedar frente a mi cara. Pude leer sus ojos y entenderme, pude ver su rostro y encontrarme, pude tocar sus manos y ver mi pasado.

La figura delante de mí, era yo mismo.

Me asusté por unos instantes, pero rápidamente entendí que es imposible tener miedo de uno mismo. Uno se conoce de forma infinita y prácticamente mágica. Nadie puede temer de uno mismo y menos cuando la nada y la soledad, son los únicos testigos. Decidí, de una forma extraña, seguirme el juego.

Me paré delante de mí y sin titubear, me pregunté seguro por su aparición.

Ya nada volvió a ser lo mismo cuando se movieron los labios. Ya era hora. Había permanecido en silencio durante mucho tiempo y ahora su voz soltaba las verdades más crudas y a la vez más sencillas. Se notaba que hacía tiempo venia masticando su sinceridad y todo debía culminar hoy. No era algo tomado a la ligera. No. Hacía años que observaba cada uno de los gestos de las personas que lo rodearon siempre. Hacía décadas que estudiaba cada uno de esos gestos. Cada sílaba era examinada con total prolijidad antes de ser soltada. Todo era una perfección en su lírica. Todo era un estudio perfecto de lo que se debía decir.

No sé cuánto tiempo habló, sinceramente no llevé la cuenta de las palabras que el viento convirtió en promesas. Francamente no lo sé. Sólo puedo decirles con exactitud que todo lo que expresaba era para bien. Me di cuenta que la beneficencia de sus palabras eran producto de la experiencia.

Entonces desapareció, llevándose ese manto gris detrás de él. Volvió al rincón en donde apareció antes de hablar. Pero no pude verlo, pues un blanco día borraba cada uno de sus pasos. 

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