Si aún no han leído la primer parte acá se las dejo: Partuzas clande­­­­stinas I

Me sorprendió la decisión con la que el Pali me quería llevar a la pieza, siendo que el resto de la noche estuvo re tranquilo, pero recordé que Thor me dijo que habían estado tomando hacía 10 mil horas, y entendí que el alcohol (y los juegos previos) hablaban a través de él. ¿Para qué me iba a resistir? El chabón me encanta, estaba re caliente y también había tomado un montón. Mi sonrisa y levantarme de la silla fueron el sí esperado. La Negra y el Muñeco se encerraron en el baño. La Negra cantando “hoy es noche de seeeeexo, voy a devorarte la anaconda”, y boludeaba, y se metieron dos botellitas de champagne al baño. ¡Qué partucita les esperaba!

Nosotros nos metimos en la habitación. Cerramos la puerta y automáticamente nos fusionamos en un súper beso húmedo. Las respiraciones se agitaban. Se notaba de toque que era fuego puro, que íbamos a tener sexo y más sexo, y la parte tierna quedaría de la puerta para fuera (del departamento). Entre besos y lengüetazos, las manos del Pali descendían por mis caderas, siguiendo por la parte trasera de mis muslos. No entendí muy bien, pero rogaba que fuera lo que estaba pensando. De repente, sí. Sus dedos se incrustaron en mi piel y con un envión me levantó, poniéndome a la altura de su cintura, dejando las entrepiernas cara a cara, y sosteniéndome contra la puerta. Definitivamente tenía que tratarse de una calentura extrema: lejos de ser un fideo y el tipo me tenía a upa. ¡Al fin me iban a coger alzada!

Seguimos mezclando nuestras lenguas, mojándonos la cara, él salivando mi cuello, orejas, mi pecho. Me pedía que le pusiera las tetas en la boca. Dudaba de soltarme de su cuello porque, mal que mal, ayudaban a que no esté todo el peso sobre sus brazos, pero volví a recordar que estábamos al palo y que, cuando uno está caliente, saca fuerzas de donde no tiene y hace cosas que quizás ni pensaba en hacerlas. Me solté y le ofrecí en bandeja mis dos pechos para que los degustara, masticara, escupiera… ¡que hiciera lo que quisiera! Estaba ensañado con ambos. Me llegaba a doler la manera en que me mordía las glándulas sin piedad. Le hacía saber del dolor, pero más empeño le ponía. El dolor ya era placentero. Mi vagina no paraba de lubricar y le urgía ser penetrada.

-Listo, cogeme, pero cogeme ¡ya! – le impuse.

-No, pará un poco, dejame seguir jugando con tu…

-¡No, después seguís todo lo que quieras! Quiero que me cojas alzada… ¡Cogeme, Pali! – volví a imponerle, interrumpiéndolo.

Me bajé para poder sacarme la bombacha mientras él se desprendía el pantalón y sacaba su increíble mástil cubierto de tela, brillante por el fluído preseminal.

-¡No, mirá la pija que tenés! ¡Alzame, dale, dale! – le dije, mientras lo semi pajeaba.

Me subió la falda, me bajé los breteles de la remera para volver a tener las tetas libres y me volví a montar, más alto que su cintura para lograr que su miembro se centrara y poder sentarme en él. Cuando sentí la punta cerca, moví mis piernas y empezamos a coger.

-Pasame las tetas, ponémelas en la boca, dale – me pedía, mientras gruñía un poco – ¡qué buenas tetas tenés, pendeja! Quién iba a decir que íbamos a terminar cogiendo así vos y yo, con lo chiquita que eras…

Entendí que había algo de morbo en su cabeza, y me lo contagiaba. Quizás en su cabeza todavía seguía en él esa imagen de la pibita que estaba en la esquina de su casa cuando él pasaba con su amigo y le sonreía con cara de estúpida e inocente (que en ese momento era realmente).

Por supuesto que no es fácil coger con alguien arriba, moverte, y todo, por lo que casi que estábamos terminando ese episodio. Pero no. Era mi sueño coger así, no podía quedarme sin acabar.

Levantame del culo y meteme toda la pija hasta el fondo, dale que te quiero bañar ese pedazo de pija que tenés.

-¡No, no me digas así que te exploto todo ya mismo! – me responde.

-Hacé lo que quieras, pero no me dejes sin acabarte porque te mato.

Me agarra mejor de las piernas y me pone una mano cerca de la boca, se la salivo un poco y alcanza mi culo con la misma e introduce sólo un dedo en él y lo mueve dentro. Fue automático.

-Agarrame fuerte porque acabo – le dije, moviéndome desesperada, totalmente empapada de sudor y gimiendo como loba en celo.

Volví a apretarlo con mis piernas rodeando su cintura, mientras él soltaba gemidos gruesos, apretando sus manos en mi espalda.

Así, alzada, me llevó hasta la cama y me tiró sobre ella, quedándose él parado al lado.

-Limpiame, así podemos seguir más higiénicos – dijo entre sonrisas.

Me dispuse a relamer los restos de exceso de calentura que habían dejado pintado su miembro, ahora a medio parar, pero en descenso.

-¡Genial! – pensé – que crezca en mi boca.

Mientras mi lengua iba y venía por ese mástil encremado, siento la música que la suben al palo.

-Van a despertar a todos – le dije al Pali.

-No, no pasa nada. En uno de los departamentos hay un par de pendejos, que deben estar de joda, y en el otro se fueron la semana pasada de vacaciones. Además, no se escucha tan fuerte afuera como parece.

-Pero no me calienta tanto la gente, en realidad… ¡No me vas a poder escuchar gritar como loca!

-Ah, ¿querés que te coja de nuevo, putita? – dijo, mientras se abalanzaba sobre mí de nuevo.

-Sí, pero antes te quiero chupar bien la pija… – le respondo, mientras se la trato de alcanzar con una mano.

-Vení, golosa, ¡comeme toda la verga!

Y se apoyó sobre el respaldar, mientras yo gateaba hacia su pelvis y su falo ultra colorado.

-Pedime que te la chupe…

-Chupame la pija…

-¡Pedímelo bien!

-¡Chupame la pija, golosa, puta, dale, cometela toda! – y con su mano me llevó de un envión todo hasta el fondo de mi garganta.

Yo, por mi parte, me masturbaba con la mano que tenía libre y huntaba por los costados y parte de mis muslos con los restos de fluídos de ambos.

En un momento lo miro y sonreía bastante. Yo tenía mi culo hacia el norte y siento que algo se mueve atrás mío. Giro para ver qué era y, sin alcanzar a terminar de voltear, siento una penetrada fuerte por delante. Estruje el miembro del Pali, mientras fruncía los ojos y daba un gemido fuerte.

-Betty, vinimos a coger con ustedes, porque te estamos escuchando gemir y nos re calentás, boluda – escucho a la Negra, que ya estaba al lado mío – ¡No! Si así chupás la pija, ¡chupame la concha a mí!.

La Negra y el Muñeco se habían unido a la partuza sin pedir permiso y habían puesto la música para que no los escuchemos entrar. La risa del Pali… lo vio al Muñeco a punto de ensartarme y,  le debe haber parecido buena idea. En lo que a mí compete… ¡qué groso cogerme a estos dos!

Y, como dice el dicho: ya estamos en el baile, bailemos.

-Obvio, Negra, que te chupo hasta las uñas del pie.

-Uh, boluda, ¡qué copado! Nunca una mina me chupó la concha…

La Negra puede parecer boluda o colgada, pero no tiene de tonta un pelo. Cruzó las piernas por encima del Pali, quedando de espaldas a él y le llevó la verga directo hacia ella, metíendola  de un saque.

-Ah, no, ¡qué buen pedazo que tiene este niño! – decía mientras se arqueaba para atrás – y vos, Betty, mientras me chupás la concha, se la chupas a él como si fuese un pico dulce, pero es un pito dulce, porque es una pija, ¿entendés?

Definitivamente estaba ebria la hija de puta, pero dejó de hablar y reemplazó las palabras con pequeños quejidos cuando el Pali empezó a bombear en serio.

Por atrás, el Muñeco estaba cual conejo, pero con una bestialidad increíble, como forzándome a coger. Me nalgueaba, me decía cosas sucias… bah, a las dos.

Nuevamente sin pedir permiso, el Muñeco saca su miembro de mis entrañas y, sin pausa y con prisa, me rellenó el culo. Sentía un calambre, una puntada, mezclada con dolor recorrerme entera. Tuve que parar las lamidas para gritar demasiado fuerte.

-¡Estás loco, boludo… sacámela! – le imploraba, pero él no hacía caso.

-Un segundo, nomás, si es hasta que se te acostumbre – me decía, mientras me sujetaba de la cadera con él adentro.

-¡En serio te digo, me duele!

Y comenzó a moverse apenas unos centímetros hacia adelante y hacia atrás. Sentía cómo mi culo se iba dilatando de a poco, y las puntadas ya no eran tan fuertes, y la saliva que él tiraba desde arriba ayudaba a que, lentamente, los dolores se transformaran en expresiones como: “ay, sí… mmm, ouuuh, ayy, ahí, sí, dale, más, más, cogeme toda, dale, dale, cogeme el culo, pelotudo, dale”, mientras volvía a mis labores de lamedora.

Me acomodé de manera de quedar separadas mis piernas por una de las piernas del Pali, y comencé a frotarme contra una de ellas. Mi siguiente orgasmo estaba llegando. Lo calmé un poco, aparté al Muñeco de atrás mío y advertí que estaba por acabar.

-Vení, Negra…

-¡Pará, boluda! ¿No ves que estoy cogiendo?

-Pero vení, ¡que no puedo más! – le dije, casi sacándola del brazo de arriba del Pali, que ya lo estaba montando de frente.

-Yo también ya estoy, ¡dejame que le empape la garcha al flaco este! – me gritaba, como loca.

Terminé sacándola de prepo de su cabalgata, y la invité a ponernos las dos sentadas ahora sobre el respaldar de la cama. Los chicos nos miraban, como sin entender, y la Negra menos… estaba en su mambo, como siempre.

-Tocame, Negra… quiero terminar con tus dedos y yo te hago acabar con los míos.

Los chicos seguían mirando, entendiendo cada vez menos.

-¿Y nosotros… nos pajeamos entre nosotros? ¡No sean boludas, cojamos! – nos decían.

-Ustedes pajéense como se les cante, pero báñennos de leche… por todo el cuerpo, la boca, las tetas, el pelo… donde quieran… ¡pero tírennos todo ya!

Ambas estábamos frenéticas, hurgando nuestros sexos, mientras ellos nos empapaban con su néctar suave y tibio.

Terminado el tema, el sol cada vez estaba más brillante. Nos acomodamos como para ir a higienizarnos y continuar todo, ahora en el baño, donde nos esperaban las botellas que la Negra y el Muñeco habían llevado. Cuando salimos de la habitación, todos en pelotas y nosotras enchastradas, vemos a mi amiga Dana y Thor tirados en el sillón, fumando, despeinados y con los ojos semi abiertos.

-¿Dónde estaban ustedes? – les preguntamos.

-No les importa, sólo les decimos que esperamos que no tengan ganas de cocinar nada – responde Thor. 

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