— Padre, la Norma quiere venir.
— Negro, decile que no. Solo vamos el gordo Sinetri, vos, yo, Curuchet y Fifilín. Nadie más.
El Negro no respondió y su mirada se desvió un poco de los ojos del cura, era evidente que estaba resolviendo un problema importante.
— ¿Qué pasa, Negro? —preguntó el padre.
— No, nada… Que la Norma quiere venir.
— Bueno, pero es que no hay lugar, Negro…
— Sí, pero eso no alcanza.
— ¿Cómo “no alcanza”?
— No, padre. La Norma cuando quiere algo ya es tarde. Ya lo quiso.
— No. ¡No…! ¡No, Negro! ¡No puede ser que la Norma no respete tus decisiones personales! Entiendo que en cosas de pareja se discute todo, pero esto es como un laburo, no puede imponerte que ella te acompañe al trabajo…
— Por eso perdí el trabajo de chofer de la línea 12, padre. No era tanto porque me acompañe, sino que el problema era cuando, con el andar constante y la vibración del motor gasolero…, tanto tiempo…, tantas horas…
— ¿Qué pasaba, Negro?
— Y… se ponía calentona. A mí me pica mucho la Norma, y a algunos les molestaba vernos coger. Más que nada por los chicos…
— ¡Pero…! Bueno, basta. No sé, Negro, pero decile que no.
El Negro se quedó de pie en el mismo lugar mirando una baldosa del atrio.
— ¡Negro, andá y decile que no!
— ¿Y si se lo dice usted, padre?
— Negro, ¡laputaqueteparió! ¡No podés ser tan cagón! ¡Es tu mina! Andá y decile que no.

Curuchet puso un dado de azúcar y revolvió el cortado. Entraba una blanquecina luz matinal por el ventanal. No eran las nueve todavía.
— Sí, entiendo, Negro. Es que el cura no conoce a la Norma.
— Sí, la ha visto un par de veces…
— Me refiero a que no sabe cómo es.
— Ah, claro. No.
— ¿Y te dijo así, te dijo que venía…?
— Sí, me dijo “Negrito, preparame un lugar porque yo voy con ustedes”.
— ¿Y vos que le dijiste?
— Y ¿qué le voy a decir? “Sí, Negra”.
— ¿Nada más?
— “Sí, Negra. Qué bueno que nos acompañás” —el Negro bajó la cabeza, solo a Curuchet era capaz de revelarle la humillante frase completa del diálogo.
— Claro… Entiendo.
Se hicieron las nueve y el sol ya pintaba distinto, más amarillo, menos pálido. Hablaron poco, comentaron algo de fútbol, un poco de un negocio, le dedicaron unas frases graciosas a los cuernos que la mujer del farmacéutico le pone a su marido a la vista de todos… Faltaban ocho minutos para las diez cuando Curuchet alzó sus cejas y lo miró al Negro.
— Che, ¿y si le pedimos a Fifilín que hable con la Norma? ¡Él va a poder!
— ¿Fifilín…?
— ¡Sí, Fifilín! ¡Seguro que algo se le ocurre! Tiene más recursos que nosotros, Negro…
— Sí… Además de ello depende cómo será su viaje con nosotros… ¡Qué buena idea, Curu!

Cuando Paloma los vio con seis Cocas de dos litros y medio los dejó pasar sorprendida.
— ¿Las manda el curita?
— No, Paloma. Venimos por un tema nuestro… Es algo personal.
— Pero el padrecito todavía no le dio permiso para que le demos Coca…
— ¿Trajeron Coca? —se oyó la voz de Fifilín gritar desde su cama.
— Paloma, no nos jodas. Esto es muy importante. Necesitamos la ayuda de Fifilín y la tuya.
— ¿La mía?
— Sí, para que no le cuentes nada al padre Gustavo. Es muy importante, Paloma.
— Ay, no sé…

Curuchet es un amigo. Es esa clase de tipo que cuando las cosas andan mal no piensa en él. En ningún momento del problema piensa en él. Es un amigo de fierro, como pocos. Y dio un paso adelante, y medio paso más. Se detuvo. A esa distancia ya se veían en la cara de Paloma grietas de un color difuso, como con verdín, las raíces de sus nervios sangre perforando el amarillo de sus bulbos oculares, los pelos duros y rectos saliendo desafiantes de sus fosas nasales, las rarezas de sus cejas, cosas de colores claros en la mata de su pelo oscuro… y dio medio paso más y quedó a tan solo treinta centímetros de Paloma que titubeo, dio medio paso hacia atrás y volvió rápidamente su paso hacia adelante. Su corazón latía y se escuchaba un poco más suave que el trote alborotado las ratas del techo. Sus pupilas iban de uno a otro ojo de Curuchet como buscando sorprenderlo en algo, como estudiando si en ellos se veía reflejada toda su necesidad de mujer, su deseo desaforado, su grito menstrual aniquilando todo lo audible en kilómetros a la redonda. Curuchet la miraba impávido. Si alguien pudiera confirmarlo, diría que tenía la cara de un hombre-bomba minutos antes de hacerse detonar. Segundos antes… Cuatro, tres, dos…
— Curuchet, ¿qué anda haciendo…?
Con la pregunta apareció un vaho rancio de leche cuajada y Curuchet tuvo que volver a concentrarse… dieciséis, quince, catorce… No podía descifrar a qué olía esa boca, qué habría comido… treinta y siete, treinta y séis… no, es ahora o nunca, y la tomó a Paloma por la espalda, la miró fijo a los ojos, aflojó sus labios, colocó una imagen de un gol de Scocco en su mente cuando otro vaho de tambo, de suero de queso ardió en el poco oxígeno que existía en el contorno de Paloma.
— Me tiene a los suspiros, Curuchet…
Claro, mientras más tardara más suspiros habría. El olor fétido quedó flotando impune al viento. Era imposible. Por un segundo sintió desvanecerse, un mareo extraño le hizo notar que él podía quedar fuera de juego. Giró la cabeza a la derecha, a la izquierda, agarró el kilo de carne que Paloma tenía sobre la mesada y salió corriendo.
— ¡Curuchet! ¡Venga pa’cá! ¡Curuchet! —y Paloma salió en un trote corto detrás de Curuchet y la carne.
El Negro levantó el pack de Cocas y se metió en el cuarto del Moneda. La penumbra solo permitía adivinar el cuerpo tendido en la cama por un haz luminoso que la pobre persiana dejaba filtrar.
— ¿Acaso alguien necesita un favor muy grande como para desafiar la voluntad del padrecito…?
— Oíme, Fifilín, necesito que me hagas un favor.
— Acaso es… ¿la Norma?
— ¿Cómo sabés?
— Muajajaja, para un demonio saber es muy fácil, Negro. Lo difícil es el hacer, la voluntad es lo complicado. Y ¿qué le pasa a la mujer de Curuchet?
— La Norma es mi mujer, Fifi.
— Ah, claro… ¡Ejum! Y ¿qué le pasa a la Norma, Negro?
— La Norma quiere venir con nosotros y cuando algo se le mete en la cabeza no hay forma de convencerla de lo contrario.
— Matala.
— Pero… ¡No seas pelotudo, Fifilín, que yo a la Norma la quiero!
— Entonces traela al viaje.
— El padre no quiere. Por eso quería saber si vos podías convencerla de que no venga.
— ¿Convencer a la Norma? ¿Yo???
— Sí, Fifi, vos.
— ¡Pero cómo podés confiar en mí si soy un demonio, la puta madre, Negro! ¡Ustedes están destruyendo mi autoestima! ¿No tenés miedo de que me la coja, que la lastime, que le enseñe cosas malas? ¡¡¡Soy un demonio, Negro!!!
— Y esperá a que la conozcas a la Normi…
— Bueno, si no te preocupa eso… ¿qué me das a cambio?
— Te iba a dar a elegir, ¿qué preferís: que te tratemos bien en el viaje o estas seis C…?
— ¡¡¡Seis Cocas de dos y medio!!! Trato hecho. Yo la voy a recontra convencer a la Norma de que no viaje, andá tranquilo, Negro.
— Tiene que ser hoy.
— Sí, hoy… hoy mismo. A la medianoche, Negro… 

 

(Continuará…)

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