Para mí la vida tendría que desarrollarse de esta manera: uno nace y es transportado de brazos en brazos por tías, abuelos y gente desconocida, luego comienza a gatear con lo que recorre los suelos de las casas y los lugares en los que se encuentra, descubriendo un mundo llano, mezquino, carente de altura. Más tarde llega el caminar y la visión ya es diferente, los trayectos son un poco más largos y los lugares a los que llega uno son cada vez más extraños y misteriosos, posterior e inmediatamente a esto, todos los padres tendrían que subir a su niño a una “Aurorita”, es lo que sigue, es la inmediatez absoluta, tu próximo medio de locomoción tiene irremediablemente que ser una bicicleta Aurorita, la mía lo fue y era verde, de las chiquitas.

Vivía donde lo hice toda la vida en el que tal vez es el mejor barrio del mundo, formado por 49 manzanas construidas con una rigurosa exactitud, sin diagonales o calles sin salida, como imaginaba que debería ser el mundo hasta que recibí mi bicicleta Aurorita.

Tiene que haber sido fin de año ya que era el único momento del anuario en el que yo podía recibir regalos de semejante magnitud, yo nací el 4 de enero por lo que mis padres con una ligereza mental absoluta, apenas entendí el dialecto humano me madrugaron con un “Este regalo va por Navidad, tu Cumpleaños y Reyes”, reagrupando estos  tres acontecimientos en uno solo.

Dormía aquel día memorable, pero un ruido extraño que se aproximaba por el pasillo de casa me despertó. El murmullo de mis padres tras la puerta de la habitación no daba a conocer el trasfondo de la situación.  Preparado para alguna sorpresa repentina me senté con velocidad  en la cama dejando caer al piso el acolchado de los muppets. La puerta se abrió de un sacudón, propiciando una ráfaga de viento que cerró con fuerza la ventana que daba al jardín. Ahí estaba, mi primer vehículo, inmaculada, verde platinado, no sé si existe ese color pero yo decía que era verde platinado, me gustaba como sonaba, le daba poder, importancia, autoridad. Los cromados de las ruedas y manubrio escupían destellos de luz al refractarse la misma.

Desperté de la perplejidad cuando mi madre hizo sonar la campanilla del manubrio que prontamente fue extirpada junto a los ojos de gato de las ruedas, aquellos adornos adosados por seguridad, no eran bien vistos entre mis amigos.

No hay nada más difícil que envolver para regalo una bicicleta, así que mi madre, que amaba aquellos papeles coloridos, le había colocado uno en el asiento, cuando fui a sacarlo con agresividad para montarla por primera vez llego la frase más traumática y desafortunada que se podía escuchar en ese momento, “despacio no rompas el papel de regalo”. Tengo 31 años y no sé dónde mi mama guardo todos los papeles de regalo que nos prohibió romper a mis hermanos y a mí. Ojala algún día entienda, que ese momento mágico en el que uno quiere descubrir, revelar, exhibir al mundo su nuevo presente, se transforma en nada tratando de despegar las cintas que lo amarraron. Prometo que a mis hijos los voy a obligar a romper los papeles de los regalos y después prenderlos fuego en la churrasquera del fondo.

Las primeras veces que salí con mi bici a la calle solo daba vueltas a la manzana por la vereda, recuerdo que en la puerta de la peluquería de Don Oliva que quedaba atrás de casa, en un intento de escapar de su prisión de cemento, las raíces de un carolino habían formado una rampa enorme que yo encaraba con furia luego de la curva del mercadito de Don Ramón.

Miraba las fronteras de mi barrio todos los días, estudiaba permanentemente la forma y el momento exacto para cruzarlas, sin ser descubierto por mis progenitores. Una tarde antes que oscureciera me adentre en la aventura de cruzar el zanjón prohibido y así traspasar los límites de mi distrito, para ingresar en tierras desconocidas.

Solo eran 100 metros desde casa, pero habría que sortear todo tipo de obstáculos, la calle más transitada, la subida del puente Paraná, inmensa de empinada, y lo peor y más difícil de todo, algo a lo que ningún niño de mi edad había podido escapar, los ojos fisgones de las vecinas del Barrio Bancario, expertas en el arte de camuflarse tras las cortinas, apostadas por horas en los bancos de su jardín externo,  sacando la mirada de la calle solo para agarrar la pava y servir ese quincuagésimo mate. Algunas formaban pequeñas tropas de dos o tres, hasta cuatro ancianas chismosas para cubrirse y no perder información alguna cuando la necesidad de evacuar en el baño o calentar el agua era inaplazable.

Toda la información recaudada por esta turba de correveidile, tenía su reunión semanal en la Peluquería Mariana, una especie de centro de recuperación de carcamales, donde la dueña, toda una adelantada en la época, había incorporado: masajes terapéuticos, manicura, maquillaje, y por si querías combinar alguno de los extraños peinados que realizaba también te alquilaba un disfraz.

Mi abuela, aunque en menor medida, era parte de esta camarilla, y que un niño de mi edad este fuera de los límites impuestos por sus padres, cruzando solo en bicicleta el confín de nuestro barrio, era una crónica jugosa para desembuchar en la reunión semanal, la que iba a llegar a oídos de mi Lela e irremediablemente a oídos del Cacho, mi padre, diestro al momento de patearte el culo.

Todo esto me atemorizaba, pero la curiosidad gano el pleito y emprendí viaje. A toda velocidad y con la cabeza gacha encaré para el paredón del zanjón Maure por el borde de la calle Ohiggins, para evitar así la mirada directa de las chismosas, que ya a esa hora algunas habían dejado sus puestos de vigilancia para profundizar en sus alcobas, y disfrutar del sueño que el Clonazepan les ofrecía, aquel sueño del que muchas no despertarían.

Una vez que llegué a aquel paredón de cemento podía optar por, rodearlo y subir por la calle empinada, transitada hasta su último rincón, o adentrarme en las oscuras escalinatas que linyeras usaban como morada. Decidí que la segunda opción sería más intrigante y Aurorita a cuestas comencé a subir por los oscuros escalones, el lugar despedía un olor a orina repelente y habían vestigios de que alguien hubiera estado festejando algún aniversario, cajas de vino, ropas viejas y sucias, y pequeños globos desinflados.

El volver a respirar, volver a ver la luz y asomar mi cabeza a un mundo nuevo, fue un ataque de sensaciones que aun hoy recuerdo con fuerza. La verdad es que el panorama era bastante sombrío, desolado, entristecido por casas agrietadas víctimas del terremoto del 85, un zanjón lleno de basura, que escapaba por lejos al caudal de agua transparente y torrentosa que suponía, desperdicios acumulados en los canastos herrumbrados, solo algunos desnutridos perros le daban vida a esa taciturna fotografía. Sin lugar a dudas no era el paraíso que imaginaba y decepcionado, entable la retirada.

El primer contacto con el mundo exterior no fue el esperado, pero la aventura estaba realizada, me sentía lleno de orgullo y animado para, próximamente, intentar cruzar el bosque encantado, adornado con las vías del tren que hacían de límite en la zona Este de mi barriada. Pero la patada en el culo de mi padre al enterarse, fue lo bastante demostrativa como para dejar aquellas peripecias un poco de lado, y seguir, por un tiempo, saltando la rampita de Don Oliva.

Escrito por El Monje para la sección:

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