Todos sabemos cómo son las cosas en realidad, pero jugamos a ser inocentes, inventamos una realidad ficticia para liberarnos de la vertiginosa verdad. Dicen que a veces la realidad supera a la ficción… me paso a mi ¿Por qué? No sé tal vez me la busqué, es lo más probable.

La luna rosada, enorme, a veces si, a veces no, el conducir cuidadosamente por el pavimento haciendo ruiditos cuando las ruedas de mi 147 pasaban por arriba de las juntas, ese era el contexto. En ocasiones peligrosamente me gusta ir absorto en mis pensamientos, como en piloto automático mirando y observando el transcurrir del paisaje urbano.

Volvía de la casa de mi novia, habíamos cumplido dos años juntos y me había regalado un peluche rojo. Lo veía sobre la luneta, inmóvil, cada vez que miraba por el vidrio retrovisor. De repente algo en mi vista perimetral capto mi atención… miré y vi un auto idéntico al mío, iba a unas dos cuadras de distancia, mismas calcomanías, mismo color blanco apagado, con una puerta abollada, en fin era aterradoramente igual. Avanzaba a unos prudentes 60 kilómetros por hora más o menos, transitábamos por el mismo lado, noctámbulos, en el carril sarmiento que a esas horas estaba desierto.

Uno pierde el respeto por las señales de tránsito pasadas las dos de la mañana, los semáforos en rojo nos saludaban inertes mientras nosotros jugábamos a la ruleta rusa en cada esquina.

Ultimo semáforo antes del acceso sur, el 147 titubeo próximo… la coalición era inevitable, una Ford F-100 despintada se dirigía en forma perpendicular al cruce. Yo miraba atónito y sin reacción una sucesión de acontecimientos veloces que no alcanzaba a comprender del todo. Titubee próximo al semáforo y justo antes del choque comprendí mi destino ineludible… vi al peluche rojo en la luneta del 147 que tenía en frente…

 

Compartí, no seas paco