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Cierta vez escuché una frase, envuelta en una media historia corta y sin fundamentos, la guardé en algún rincón de mi memoria y hoy en base a ella quiero darle, tal vez, la historia que esa frase se merece.

Hola, soy Juan, y esta es mi historia.

Llegado a la adolescencia comencé a formar en mi cabeza una maqueta de la mujer perfecta, el cuerpo de tal, la sonrisa de otra, los mejores ojos y la sonrisa más simpática. Con el tiempo fui conociendo mujeres que reunían todos o la mayoría de aquellos atributos, pero ninguna llegaba a hacer ese click en mi cabeza, mucha culpa de ello se la eché a mi edad y mis ganas de pasarla bien sin intenciones de nada serio.

El tiempo fue pasando, pisando los veinticinco seguía sin un amor fijo, pero ahora si mas empecinado en aquella mujer perfecta, la que en cualquier momento llegaría a mi vida, por lo pronto hasta que eso pasara me dedicaba a, como le decía en aquel entonces, romper corazones o jugar con sentimientos de mujeres que tal vez hasta me amaron, pero me alejaba sin sentir el mínimo interés por lo que sentían sus corazones. Al fin y al cabo, era mi vida y mi búsqueda.

Cuando quise acordar ya había pasado los treinta,  con un prontuario de muchas “novias”, lo pongo entre paréntesis porque creo que con la que más tiempo duré fue por un lapso de cinco meses o algo parecido, muchas novias y ningún amor.

Hacía dos semanas que había cumplido los treinta y seis, ya con una vida más tranquila, sin un amor, sin apuro, o tal vez solo en mi consciente, ya ni me acordaba que buscaba en esa mujer perfecta, pero si tenía muy claro que otra mujer normal no lograría quitarme el sueño.

Allí estaba ella, detrás de ese mostrador en el que casualmente entraba a comprar unos chicles de menta, que rara vez compraba, pero para el que cree en el destino puede que haya entrado por ello. Al principio no me percate de su presencia, solo pedí lo que quería y nada más, fue quizás la media hora que me pase buscando cambio en los mil recovecos de mi billetera y mi jeans lo que me hizo que entablara una mini charla.

-Justo a mi me pedís cambio…

-es que no tengo nada de cambio, y venir a comprar unos chicles con cincuenta pesos es como mucho, no?

Y me sonrió de una manera que quise quedarme toda esa mañana buscando monedas en mis bolsillos, fue allí donde vi sus ojos, no puedo describir su mirada pero para mí era perfecta, ese fondo, ese brillo, ese no se qué, que no sabes a que se debe…

Un par de palabras más hasta que me fui, paso una semana hasta que me animé a pasar de nuevo por aquel lugar, y para mi sorpresa se acordaba de mí. Fui muchos días más, siempre una pequeña charla, una sonrisa, una mirada y un corazón que se volvía loco.

Pasa que te tenés fe para ir al frente hasta con la actriz más linda de Hollywood, pero cuando te encontrás frente a la mujer que crees perfecta para vos el miedo te come, te hace chiquito, querés dejar todo como está antes de perderlo todo.

Un día entre charla y charla, y un bolsillo lleno de chicles que había comprado pero no me daba el tiempo de consumirlos, le dije:

–          Tu sonrisa es única, al igual que tu mirada…

 

Me sentí tan cursi al decirlo pero no me importaba, ella contesto con una sonrisa

 

–          ¿Siempre venís por acá?

En el manual del chamullo es algo prohibido lo que acababa de decir, pensaba dentro de mi.

–          ¿Que pretende Usted de mí, canalla?

Me dijo, con esa sonrisa que no me canso de describir. Luego de ello la invite a tomar algo, aunque sea una gaseosa del aquel almacén. Me dijo que si…

Qué lindo cuando vivís locamente, cuando encontrás en la otra persona todo lo que buscabas, eso que ni vos sabias que era. Tal vez para muchos no era la mejor, pero era la mujer perfecta para mí, para mi vida.

Qué locura buscar por años algo que llegó cuando tenía que llegar, cuando quizás ya había casi abandonado aquella búsqueda. Me abrazaba y era feliz, me besaba bajo la lluvia y era feliz, jugábamos y era feliz, me miraba y era feliz, ella respiraba y yo era feliz, pero quizás fue ese mi gran error, ser muy feliz, pero yo…

Luego de tres meses, doce días y siete horas, la despedida no fue despedida, fue un hasta luego, que luego lógicamente se convirtió en un adiós.

Es tan lógico e ilógico el amor, busqué, encontré, viví, fui feliz ¿Pero que me queda? ¿Vivir de un hermoso recuerdo? No lo sé, los recuerdos son hermosos, hasta que llega ese momento que te das cuenta que es solo un recuerdo, que lo tenés intacto en tu cabeza, pero mirás a tu lado y ella no está, un recuerdo que se convierte en dolor.

“Fue la mujer perfecta que siempre busqué, pero yo no era el hombre perfecto que ella buscaba”

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