El rumor de que un hombre estaba siendo perseguido por “entes extraños” me llegó por un familiar sanrafaelino. Me comentaron parte de la historia de José Aguilera, oriundo de Maipú. Por suerte hacer contacto con él no fue muy difícil. Se vio absolutamente abierto a contar su experiencia, pues cree que fue y aún sigue siendo víctima de algo que es muy común en la región sanrafaelina. Esto fue lo que me contó:

Los hechos tienen lugar entre el 2005 y la actualidad.

José Aguilera, de 42 años se había divorciado a principios del 2005 después de un matrimonio lleno de peleas y problemas. En una búsqueda por liberarse completamente de su ex pareja se mudó a San Rafael, en la calle Laprida, cerca de la Iglesia; a una casa prefabricada, el alquiler era bastante accesible por lo que su hermano mayor le consiguió el contacto del dueño para efectuar el alquiler.

José es un tipo bastante curioso, es ingeniero y siempre está intentando saber más y más. En sus tiempos libres se dedica a investigar otros campos como la biología, matemática, astrología y otros ámbitos por los que siempre se sintió atraído.

Junto con su hermano, Hernán, tienen una pequeña empresa donde venden purificadores de agua. Por lo que los sábados en la tarde, después del trabajo, se dedican a recorrer casas ofreciendo el producto.

Una mañana de sábado los llamó una mujer diciendo que quería comprar un purificador, pero les pidió que sean puntuales al horario que ella les indicó, porque tenía un viaje planeado y no podía retrasarse. Así que esa misma tarde, José partió en la camioneta a casa de la mujer, la hora para llegar eran las 18hs. “Ni un minuto más, ni un minuto menos” como le había dicho la señora.

Al llegar al domicilio José notó algo extraño, pensó que la exigencia de horario obligaría a la mujer esperarlo en la puerta, al menos, pero no fue así. Las ventanas estaban cerradas y la casa parecía abandonada. Cuando José se acercó para golpear la puerta, ésta se abrió sola; quizás había sido el aire que la abrió. José esperó y al ver que nadie salía, decidió entrar a la casa. “Señora, soy el hombre de los purificadores…” gritó, pero nadie salió a recibirlo. De repente empezó a escuchar gritos que venían de la habitación; asustado, se acercó poco a poco al lugar donde percibía las voces; al llegar a la puerta de la habitación se quedó petrificado, lo primero que vio fue un grupo de unas seis personas arrodilladas formando un círculo, y una mujer que caminaba alrededor tocando sus cabezas. En el aire había tierra, como si una ráfaga de viento hubiese entrado. José permaneció en silencio, no sabía qué pensar, al parecer las personas no se habían dado cuenta que él estaba parado observándolos. De repente y sin previo aviso, la mujer que caminaba entre los demás levantó la vista mirando fijamente a José, todos los que estaban arrodillados también giraron sus cabezas automáticamente hacia José que respiraba agitado del miedo. La mujer lo señaló y gritó unas palabras en otro idioma. La puerta de la habitación se cerró, y José corrió lo más rápido que pudo hasta su camioneta. Partió a su casa, en el camino pensaba razonando, pero estaba tan asustado que no podía hacerlo con tranquilidad.

Llegó a su casa después de comprar algo para comer, se sentó algo aturdido, pero se dio cuenta que era mejor no pensar, si no le jugaría en contra, así que se fue a dormir, se sentía bastante cansado por el día de trabajo.

Se quedó dormido sin darse cuenta, el aire entraba por la ventana moviendo la cortina; de repente sintió que algo saltó sobre su cama, se levantó, y de reojo pudo ver una figura pequeña erguida, que saltó de nuevo hasta el placard. José intentaba despabilarse, prendió la luz y se dirigió al placard, no encontró nada. Pensó que estaba soñando, producto del cansancio, volvió a la cama y cayó en sueño otra vez.

 

A la mañana siguiente se levantó más cansado de lo habitual, por suerte era domingo, eso lo consoló un poco. Se levantó y fue a preparar el desayuno, cuando abrió el tarro de azúcar, vio que en la superficie había una especie de baba y unos pequeños huecos en el azúcar, le pareció extraño, la tiró y abrió otro paquete. Cuando fue a buscar los saquitos de café, todos, absolutamente todos los saquitos estaban rotos, parecían rasgados; la alacena era un desastre, al abrir todas las puertas vio que casi todos los paquetes estaban mordidos haciendo que todo se haya desparramado. José intentó calmarse, sabía que había dejado todo limpio, ¿cómo era posible? Lo primero que se le vino a la cabeza es que había ratas en la casa, por lo que puso algunas trampas que tenía archivadas en una caja. Las esparció por los lugares donde creía que los roedores pudieran estar.

Esa tarde decidió salir a dar una vuelta, el día estaba ideal para hacerlo por lo que pasó a buscar a su hermano y se fueron a Valle Grande. En el camino José le contó lo del azúcar y los saquitos a Hernán, quien le dijo que seguramente eran ratas u hormigas, es una casa prefabricada, es mucho más usual encontrar “compañía”. José no le dijo nada pero la intriga le comía la cabeza, habían cosas que no le cerraban del todo.

Llegaron al paredón de la represa y frenaron. José fue hasta el baúl del auto a sacar las cosas que llevaban y vio que todo estaba hecho un desastre. El azúcar y la yerba estaba esparcida por todo el auto; el forro de las banquetas estaban rasgados y los paquetes de galletas abiertos. José se quedó helado mirando todo, el hermano se acercó a ver y reaccionó de igual manera. No tenían respuesta para eso, ¿acaso habían ratas en el auto? “¡Ves! Es lo mismo que pasó en casa ¿Me vas a decir que son ratas?” le dijo José enojado, Hernán se había quedado sin palabras. Subieron al auto y volvieron a la casa asustados de que algo peor pase en su ausencia.

Llegaron a la casa y encontraron todo en orden, por suerte. José corrió a buscar las trampas que había dejado y las halló intactas, ninguna rata u otro animal había pasado por los lugares; esto le pareció extrañísimo, las dudas e incertidumbre era cada vez más grande.

Esa noche, como todos los domingos se juntaron con algunos amigos en la casa de José, de paso le hacían algo de compañía a José. Algunos de los grandes compañeros de la infancia se reunieron esa noche. Entre asado, cervezas y póker se hicieron la una de la mañana. Al saber que todo en la casa marchaba normal dejaron a José tranquilo. Se despidieron y cada uno volvió a su casa; en ese momento José sentía soledad de no poder contar con nadie, pues ya sospechaba que no estaba completamente solo en la casa.

Preparó sus herramientas para el día siguiente y se fue a la cama. A eso de las dos y media. Entre sueños notó que la cama empezaba a moverse sola, dormido creyó que era un temblor, pero al ver que la cama empezaba a rechinar con el movimiento se levantó, prendió la luz y era como si algo muy fuerte estuviese hamacando la cama desde abajo. El miedo le erizó la piel, pero había quedado paralizado mientras la cama se movía de arriba abajo, y hacia los costados; era una cama bastante pesada, no había forma de que se moviese sola de esa forma. El reloj marcó las cuatro en punto, en ese mismo instante la cama dejó de moverse. Asustado y agitado, José intentó razonar desde su propia lógica, por lo que prendió las luces, revisó la cama pero no encontró absolutamente nada.

Con todo el miedo a flor de piel y su curiosidad, José se dispuso a buscar información en internet, algo que le diese alguna explicación: desde movimientos sísmicos, ondas sonoras  hasta movimientos ocasionados por maquinaría pesada; le pareció algo lógico pues atrás de su casa estaban realizando la construcción de un galpón. Pero no justificaba el movimiento brusco de la cama.

Mientras navegaba por la web, de repente se quedó sin internet; algo muy extraño pues la empresa servidora era muy seria. Llamó al servicio, que atendía las 24 horas, y le comentó el problema. El operador le dijo que todas las terminales funcionaban correctamente, según le marcaba el sistema, pero José le insistía que se había quedado sin internet. En ese momento la llamada se cortó y empezó a escuchar una voz gruesa y rasposa en el parlante del teléfono, parecía la voz de un monstruo literalmente que hablaba en una lengua que no entendía, y de fondo escuchaba una especie de suspiro o susurro que se extendía y luego comenzaba de nuevo. “¡¡Hola. Hola!! ¿Me escucha?” le gritaba al operador creyendo que era él el que hacia los ruidos, pero no contestaba y la voz ronca seguía en el teléfono. Después de unos segundos la llamada se retomó automáticamente, José le preguntó al operador si había escuchado lo mismo y le dijo “Sí, lo escuche. Pensé que era mi teléfono” en ese momento José se convenció por completo de que lidiaba con algo mucho mayor en su casa, y se propuso a la mañana siguiente buscar más información y tratar de darle una respuesta a todo.

A la mañana siguiente José le contó a su hermano lo que vivió la noche anterior, Hernán algo escéptico, le decía que era producto de su cansancio y el estrés. Pero no fue hasta que José le enseñó la grabación de la llamada con el operador, pues el teléfono-contestador estaba programado para grabar todas las llamadas; parecía una voz de la época bíblica. En ese momento después de sumar los hechos con la llamada, Hernán, se dio cuenta de lo que su hermano hablaba. Se convenció de que lo que vivía con José en la casa, no era nada normal.

Nota: la voz de José no quedó registrada en la grabación, ni tampoco la del operador. Los momentos de silencio han sido omitidos.

Grabación

Continuará…

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