La vi… iba sentada en la parte de atrás, parecía indiferente, absorta en sus propios  pensamientos. Me senté justo detrás de ella. No quería admitirlo, me invitó con su mirada y sentí que debía corresponderla.

En cuanto pagué el boleto y caminé por el pasillo me di cuenta que iba a ser distinto. Hubo un momentáneo cruce de miradas, sus ojos siempre fueron miel y nuestra distancia siempre tan grande. Decisiones que ambos tomamos desde chicos, desde un postrecito por la media tarde hasta la elección de una carrera universitaria, nos llevó a estar en ese momento tomándonos un colectivo, a esa hora, ese día. No creí que fuera destino, pero tampoco creo en Dios.

El sol a través del vidrio golpeaba su pelo color castaño con suaves movimientos. Un sol cálido, después tibio, después no tanto.

¿Había necesidad?

Tirar del gatillo y… PAF.

De todos modos en algún momento tenía que pasar, o no, tal vez, ojalá.

Una mirada fugitiva, sonreí, nunca pude ocultar mis sentimientos. Estaba feliz y al mismo tiempo un tanto angustiado. Se levantó de su asiento, busqué sus ojos pero no los encontré. Comenzó a bajar los escalones de la salida y con un pequeño salto aterrizó en la calle. El micro seguía detenido mientras ella avanzaba por la vereda. La miré, la observé, la sentí más cerca que antes.

Ya en movimiento busqué sus ojos nuevamente… la situación me superaba, mi respiración se hacía cada vez más intensa y en la última perspectiva posible, en el último ángulo de mirada… sentí esperanza que lamentablemente se desvaneció con un adiós a ciegas.

Compartí, no seas paco