Acá llegamos ¿desde dónde? No sé pero estamos acá y ese sentimiento se inunda de agua oceánica tan salada como el gusto de su piel después de hacer el amor. José, vos no sabes lo bien que la paso con ella, lo mucho que nos divertimos. El temor que tengo es que siempre esta distante y absorta en su propio mundo de viñetas y papelitos de colores, viste que es artista (o por lo menos dice serlo), creo que nunca voy a llegar a conocerla completamente.

Estaba sentado en el café de siempre con Franco, hablábamos del tema de los fondos buitre y la economía global y el nuevo orden mundial, reptilianos, etc. Cosas importantísimas de discutir, vos me entendés. Viste que cuando uno está involucrado con una mina no puede evitar dejar de hablar del tema y que los zapatos que tiene, que el perfume, que el culo, las tetas, el sexo, bla bla. Por eso te mande ese mensaje desesperado, vos me conoces y no haría semejante escandalo si no fuera importante.

Franco estaba emocionado escuchando mis descripciones de ella, en cierto momento noté algo distinto en su rostro, se sentía incómodo (a mi parecer). Me dijo que no me fuera a enojar ni a poner mal. Él conocía a María, había sido vecinos desde chicos, mejores amigos de la infancia que después uno pierde y olvida esa amistad inocente. Hacía un tiempo, un mes o dos, se habían encontrado caminando por Pedro Molina, tomaron un café y conversaron de como estaba ella, de cuanto hacia que no la veía, de que había sido de la vida del viejo barrio, los viejos del barrio, los borrachos de la plaza, etc. María entre muchas cosas le comentó que estaba saliendo con alguien, un tal Emilio, que estaba emocionada porque era un chico re bueno, re lindo, interesante, con los pies sobre la tierra y todo lo demás. Hasta ahí iba todo bien, hablaban de mi (o eso suponía), yo orgulloso, imagínate, pechito inflado, nariz parada y me dice:

–          Igual, Emi, le pregunté donde vivías y me dijo que no eras de acá, que vivías en San Luis y que cada tanto venías a visitarla, últimamente con más frecuencia. Que esta semana se iba para San Luis a acompañar a una amiga que estudia psicología, en una de esas se encontraban.

Bueno, tampoco era el fin del mundo, María estaba confundida. Yo nunca le había comentado donde vivía y no nos veíamos tan seguido. A veces puedo tener un acento raro, si, tal vez. A mí no me había dicho nada del viaje, raro, pero completamente posible, hacia una semana que no la veía y a ella siempre le gusto viajar. Franco no sabía nada de ella y tranquilamente podía estar mintiéndole u resumiéndole las cosas de forma tergiversada.

José, es difícil a veces. Aun sabiendo que está todo bien con una mujer, uno siempre siente esas inseguridades del orgullo masculino, esa necesidad de ser querido aunque sea por el perro. Esa idea invasiva no dejaba de pesarme. Cómo una idea se mete en la cabeza, se hace pesada, cae por gravedad propia y hay que reflotarla… que mejor manera de hacerlo que poniendo en práctica alguna estupidez improvisada. Preparé una mochila de mano, cargué nafta y partí para San Luis.

Tengo unos tíos que viven en capital, hablé con ellos, me dijeron que no tenían problema en alojarme. Llegué un martes por la mañana a la ciudad puntana. Sin referencias, sin saber que hacer, motivado solamente por los celos de un posible amante. Ya en lo de mis tios les pedí el celular para hacer una llamada a María, suponía que ahí estaba. La llamada duró poco y realmente no sabría decir, motivado por la duda, si es que ella estaba hablando conmigo o con “el otro”. Quedamos en encontrarnos en la peatonal Pringles (¿cómo yo había acordado?)

No te digo José, estaba como loco, ansioso, a la vez nervioso… me senté en el banco de una heladería a esperar, unos bancos a mi izquierda, de espalda, se sentó otro pibe, no lo veía bien. Parecía ansioso. Nuestros pies tapeaban el suelo al unísono y  ambos mirábamos el celular a cada rato. Ví que tenía un buzo muy parecido a uno que yo tengo, vi tenía un reloj muy parecido a uno que tengo yo.

Sonó su celular, lo vi entusiasmado, se paró y camino hasta la esquina próxima para alejarse de mi vista de la mano de María.

Compartí, no seas paco