hojamaiten - copia

Primero es llanura, después empieza a ser un poco más. Ahí está esperando pacíficamente que algo suceda, a lo largo de los años, de los milenos de las miles de millones de vidas de distintos tipos de seres que habitan, habitaron o habitaran. Algo reposa suavemente en él, las condiciones se dan perfectamente, se cobija y recubre de sedimentos. Enterrado, latente, espera el momento oportuno para desvestirse.

Lo había planificado con anticipación, con demasiada determinación. Salió de su casa, caminó meditabundo mientras se dirigía a la parada del micro que todos los días tomaba religiosamente. Al subir vislumbro con su visión periférica que se encontraba ahí, donde él la esperaba siempre. Se sentó en la parte de adelante, le gustaba el morbo que le generaba la sensación de darse vuelta y toparse con esos ojos violetas y desviarlos justo a tiempo para parecer distraído. Él la conocía mucho más de lo que ella imaginaba, la observaba día a día, y había hecho esto durante años.

Poco a poco comienzan a salir los primeros brotes, anguilas se abren paso entremedio de la grava y de la tierra circundante como un rio de material viviente. Despojado ya de su envolvente se arraiga profundamente… para poder ascender primero hay que mantenerse firme y sostenerse de lo que poseemos, después, escalar, verde y vertical. Se asoman los primeros brotes, conocen el mundo y se regocijan bajo la luz de un sol antes desconocido.

Siempre dudó, ahora sabía que había llegado el momento, aún sin esperanzas comenzó a arreglar su camisa a cuadros, se arremangó, se ajustó el cuello y dejo el asiento vacío para que segundos después lo ocupara una señora que antes se había negado a aceptar el lugar que él le estaba cediendo. Una mirada fugitiva… no no no ¡se va a dar cuenta! Que nervios… No estaba acostumbrado a tratar con mujeres, claramente. El sol a través de la ventana reflejaba todo tipo de sombras que se mezclaban con los colores de los pasajeros y producían una luz intermitente que molestaba en los ojos. Avanzó. No se animaba a ubicarse cerca todavía, sabía que las cosas deben hacerse con decisión, no de a poquito.

Ahora el tallo está vigoroso y se eleva coronado por dos pedazos de materia orgánica verde o violácea que lo único que buscan es la luz. De día se bañan y se regocijan en la sustancia que Febo les provee. Ya superaron el mundo de las tinieblas y están listas para ser algo más que una semilla. Latente siempre latente y con una velocidad apenas perceptible para los seres humanos, crece… día y noche.

Giro lentamente sobre si, recogió un papelito del piso y la miro a los ojos. A medida que avanzaba veía su reflejo en ese océano violeta, nadaba. Dejo de lado los miedos, el sol ya no lo molestaba más, disfrutaba de su calor intermitente, una intermitencia al compás de sus latidos ¿Qué estaría pasando por la cabeza de ella? Observaba como las delicadas facciones se iban contrayendo para formar una mueca de sorpresa, desviaba su mirada. En menos de 2,57 segundos él estaba ahí, parado en donde siempre anhelo pero nunca imagino…

–          Hola, disculpa que te moleste, pero te veo siempre ahí sentada… hace tiempo que tengo ganas de hablarte, viste. Me tomo todos los días el colectivo con vos… ¿Cómo andas?

–          ¡Hola! Sí, es verdad, yo también te veo, te gusta sentarte adelante para cederle el lugar a las señoras mayores, es tierno.

–          Jaja, me gusta, es verdad…

Los brotes estaban a punto de estallar en una sinfonía de hojas, y luego las hojas estaban a punto de rebosarse y saltar, jugar con el viento, dejarse llevar. Los pimpollos luego eran flores de colores nuevos, violetas, rojos y blancos. Las estaciones pasaron y el árbol tomo cada vez una fuerza mayor. Ahora adulto guarda en sus marcas de crecimiento cada momento dulce, cada caricia, cada risa que alguna vez sonó en el patio de ellos, los desconocidos del colectivo que aprendieron a amar y crecer, dejaron caer las hojas de sus temores para brotar y disfrutar de ese sol constante, intermitente.

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