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La ansiedad los consumía, sabían que desde la última vez había pasado mucho tiempo y eso los excitaba aún más. Ella había vuelto de ese viaje sin fin y, si bien él había pernoctado en otros cuerpos, nada se podía comparar con su piel. La paso a buscar por la esquina acordada y se dirigieron al lugar acostumbrado. Charlaron durante ese largo viaje.  Ambos sabían a la perfección cuales eran los riesgos que corrían, pero sus pieles se deseaban.

Ya en el lugar, todo resulto diferente para ella. El tiempo había pasado y eso se notaba. Ya nada era igual. Se sentaron en el mismo sitio de siempre, él realizo su ritual habitual. Ella extrañaba esa desconexión que solo él podía generar en su piel, en su cuerpo, en su alma. Y se dejaron llevar. Sus senos parecían manantiales dispuestos a calmar la sed. Ella se entregó a sus caricias.

Mientras ella se deshacía en deseo, él desabrochaba su sostén. Y descendía lentamente por su espalda. Su jean le molestaba, pero no  quería ir directo al asunto, le fascinaba verla ceder ante la lujuria de sus caricias. Deslizo su dedo mayor por entre sus piernas, su clítoris ardía en humedad. Sin decírselo pero confesándolo en entre líneas le susurro cuanto la extrañaba. Y su dedo se movía en un constante vaivén dejándola a la deriva. Su mente se nublaba y su miembro crecía y se sentía duro sobre su cola. Él solo acariciaba su espalda mientras su mano hacia el resto. La pasión había encendido el fuego. Se confesaron mil cosas, no volvieron a prometerse nada, pero el egoísmo de los dos los hacia saber que buscaban ser únicos el uno para el otro.

En el momento en el que ambos se dejaban vencer por ese calor que los abrazaba y volvía a unir, sonó el teléfono. Su cenicienta debía marcharse, era él quien debía ceder hoy ante la tentación. Le reclamo lo sucedido. Ella sabía de los riesgos él no lo sospechaba. Se vistió. Volvió a recriminarle el dejarlo así. Ella lo tiro a la cama y sobre él jugo un rato más. Solo esa posición de dominación de ambos era lo que los volvía locos, pero esta vez él salía perdiendo. Ella lo miro pícaramente a los ojos y le pregunto “¿Quién domina más? ¿Aquel que finge o el que cree hacerlo?”. Allí supo que había caído en sus garras. Jamás se librarían el uno del otro, no lo deseaban.

Cuando la llevo de vuelta al lugar correcto, solo le dijo “escríbeme”…. Ella sabe que en su lenguaje (el de él) eso significa domíname. Y allí se quedó esperando este relato, buscando saber cuándo se volverán a  reunir.

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Escrito por Eva para la sección:

Compartí, no seas paco