– ¡El que sigue! –

No fue hasta que Tomás escucho esa voz, que dejó de mirar el piso y se levantó apurado. Él era “el que sigue”. Hacía más de cuarenta minutos que esperaba en la sala de estar del dentista por su turno. Una urgencia entrada a último momento, había hecho retrasar el pasaje de pacientes.

-Buenos días-

-Buen día- respondió aburrido, Tomás.

-Pasa por acá.-

La enfermera de la cola parada, aquella que siempre le había despertado idilios a Tomás, le indicaba con la mano, el mismo camino que él ya conocía hasta el consultorio. Pero no iba a dejar pasar la oportunidad de caminar detrás de aquella ayudante. Para nada, tal vez mirarle el culo a aquella enfermera, podría llegar a ser lo más excitante que iba a vivir aquel lunes de febrero.

No todo había salido bien para Tomás en el último tiempo. Después de todo, perder dos trabajos en menos de un año, no es para nadie esperanzador. Estaba viviendo sólo hacia ya bastante; y las cosas se le estaban complicando tanto, que hasta veía como opción el volver a casa de su madre. Más que como opción, como derrota. Sabía lo que le esperaba si volvía al seno materno, y no era nada lindo.

Había estado escuchando las opiniones de sus conocidos y amigos respecto a este tema, pero no lograba decidirse del todo.

-Ah, decisiones. Siempre son decisiones-

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-Disculpame, ¿Dijiste algo?- interrumpió la caminata la enfermera, cortando el pensamiento en voz alta de Tomás.

-No, no. Estaba pensando no más-

-Bueno, toma asiento. El doctor ya viene- Le indicó al enfermera haciendo un ademán. Acto seguido dio media vuelta meneando el culo a sabiendas de que Tomás, iba a clavarle la mirada.

Se sentó en el sillón y se relajó.

-Esto es más cómodo que mi cama- pensó al reclinar su cabeza contra la almohadilla.

Sin saber cómo ni cuándo, Tomás cayó en un sueño profundo. Quizás, la demora del Doctor había sido verdaderamente eterna o podía tratarse, tal vez, de que era cierto lo del sillón. Era más cómodo que su propia cama. Lo cierto era que dormía. Y soñaba, como hacía mucho que no lo hacía.

Se soñó caminando por una calle; de esas que crean los sueños con pedazos de diferentes lugares a los que hemos ido, y otros pedazos que no tenemos idea de donde salieron. Se soñó ligero y rápido, atravesando personas en plan fantasma. Se soñó libre y sin preocupaciones. Pero sabía que sólo se soñaba.

-Es tan feo estar consciente de que es un sueño cuando estas soñando. No tiene gracia- le decía una mujer parada en el medio de la calle.

Tomás tenía la impresión de que conocía a esa mujer. Sabía que la había visto en algún lado. Que su rostro le era familiar, incluso hasta su voz. Pero no podía desenmarañar de dónde, ni siquiera cuándo. Solo se atrevió a mirarla condescendiente, y con una sonrisa contestarle que sí. Y así, sin emitir sonido alguno, la mujer desapareció.

La calle cambio, como cambian las cosas en los sueños. En un momento estas caminando por las calles de París, y al pestañear, estas nadando en bolas en el medio de Alaska. Y así fue como cambió el sueño de Tomás. Ahora no habían mas calles armadas con fragmentos de lugares. Ahora estaba parado, descalzo, frente una puerta enorme. De esas de la Mendoza de principio de siglo. Con leones labrados en el dintel y todo.

Viéndose en primera persona, se sintió estirar la mano y agarrar el picaporte…

-¡Tomás, Tomás!-

Era el dentista que lo despertaba entonces.

-Perdón por hacerte esperar. Estoy tapado de laburo. Igual veo que aprovechaste para una siesta, jaja- dijo el dentista.

-Si, disculpa Aníbal. Estoy muerto últimamente y este sillón…ando con ganas de llevármelo a mi casa.-

-Jajaja, ¿Viste lo que es? Es importado. Lo hice traer de Alemania…-

El dentista se explayaba con esa facilidad que tienen los personas de contarnos cosas que no le importan a nadie. Tomás hizo caso omiso de las características de la ingeniera dental alemana, y se acomodó para abrir a la boca y así terminar con el suplicio.

-Bueno, empecemos- dijo el dentista.

Mientras un metal curioso le esculcaba los dientes, Tomás empezó a distraerse con las cosas del lugar: Un cuadro abstracto realmente muy bueno para el consultorio de un dentista; una planta que pedía agua a gritos; el escritorio acomodado perfectamente con sus lapicero, agenda y las fotos familiares. Esas fotos donde se lo veía a Aníbal abrazando a los que parecían ser sus hijos, y esa otra foto donde se lo veía a Aníbal abrazando a…

-¡Para, no cierres la boca loco! ¡Te vas a moler los dientes!-

Tomás había cerrado la boca por estar estupefacto. Pegada a la foto de Aníbal junto a dos chicos,  había una foto del dentista abrazando a la mujer que se le había aparecido en el sueño.

-Perdón Aníbal, me distraje.- e inmediatamente abrió la boca de nuevo.

-Puede ser que de ahí saqué la imagen de esta mina en el sueño- pensó Tomás, y se agregó para él mismo –No, pero a esta mina la conozco de algún lado. Aparte tiene mi edad, no creo que sea la mujer de Aníbal. Aunque este viejo gatero es capaz, mira. ¿Será una hija? Qué yo me acuerde no tiene hijas tan grandes. ¿Quién carajo es esta mina, y por qué me suena tanto?-

La intriga había empezado a picarle a un Tomás que no terminaba de cerrar conclusiones.

-¿Le pregunto a Aníbal por esta mina?- Se dijo para adentro –Capaz que lo toma para mal. Tampoco lo conozco tanto y no da ir indagando de la vida de las personas.

-Bueno Tomás, terminamos. Me venís a ver el mes que viene, ¿sabes?-

-Dale Aníbal- dijo y se puso de pie para marcharse. Pero antes, se complicó diciendo -Che Aníbal, te tengo que hacer una pregunta-

-Si decime-

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-No deja, es una boludes, te llamo cualquier cosa y te lo pregunto después. Nos vemos-

Después de casi una hora y media, Tomás se encontraba afuera del consultorio. Había perdido media mañana en el dentista. No era como que le importara perder esa mitad, sino que siempre había algo que hacer. Aunque ese algo sea sentarse en una plaza a mirar el tiempo pasar.

Fue hasta la parada del colectivo y mientras aguardaba, se puso a pensar en aquella chica. Tenía algo que la hacía especial, aunque Tomás no sabía decir que era. Pero algo curioso pasaba con la muchacha del sueño.

El colectivo freno apurado, y si Tomás no se espabila justo a tiempo, lo hubiese perdido. Se subió marcó un boleto, y se sentó al final.

Después de andar un buen tramo, Tomás notó que algo no estaba bien. No era la ruta que siempre transitaba. Se había subido a otra línea.

-La concha de mi vieja- dijo Tomás, parándose en el aire y caminando rápido hasta el chofer. –Disculpame hermano, ¿Este es el 10 verdad?-

-No amigo, te subiste a un 3. Voy hasta Las Heras-le dijo el chofer mirándolo por el espejo retrovisor, medio riéndose, medio forreándose.

-La puta madre, me bajo acá entonces-

-Como quieras- le dijo el chofer abriéndole la puerta.

Tomás se bajo del micro en algún lugar extraño de la ciudad y caminó buscando una calle conocida para poder reponer su camino. No era la primera vez que le pasaba. Se acordó cuando salía de su casa dormido hacia la facultad, y se tomaba cualquier colectivo. Era “algo genético”, lo gozaba alguien alguna vez.

Caminando con la brújula rota, Tomás topó en el final de una calle. A la orilla derecha se abría una vereda entre yuyos, y a la izquierda…

A la izquierda relucía aquella puerta de su sueño. La puerta de la Mendoza de principios de siglo, con los leones en el dintel. Era la misma, la que él había visto. No había duda alguna.

Lo primero que sintió fue miedo. No podía estar pasando eso. -Esas boludeces nada mas pasan en las películas- se dijo para él. – No hay forma. Yo ya tengo que haber estado por acá, y seguro que lo metí todo adentro del sueño, como con la mina del cuadro. Pero mira que es una casualidad rara…-

La casa lucía abandonada, pero esto no evito que Tomás se acercara. Primero miró por una ventana rota. Adentro, sólo oscuridad. Después se asomos por el ojo de la cerradura: tampoco pudo divisar nada.

 Mirando para todos lados, como un cruel ladrón, se dispuso a entrar. Y cuando Tomás Mendoza abrió la puerta de aquella casa, jamás pensó qué su vida cambiaría para siempre. Inclusive Tomás nunca pensó, solo actuó como impulsado por las palabras que alguien le habían dicho, y que él había elegido creer.

 Continuará…

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