La casa de Martina era algo más que un simple apartamento céntrico. Con buena vista, con buena luz y seguramente con un buen alquiler también. Cercana a la calle Arístides – por no decir que quedaba a sólo tres cuadras -, el departamento se fijaba en el piso cuarto de un edificio joven.

-Estas en mi casa Tomás, no te exaltes. Quédate tranquilo.- dijo Martina.

-Martina… -La voz de Tomás se rompía de a poco, su cabeza no entendía nada aún. Para él, hacia sólo una fracción de segundos que estaba hablando con total seriedad con la fémina, y ahora se encontraba tirado en su cama, sin remera, con el jean desprendido y las sabanas tapando la mitad izquierda de su cuerpo derrumbado.

Intentó ponerse de pie, pero todo esfuerzo fue en vano; giró en la cama como un pez fuera del agua.

-No te muevas mucho, descansa. Descansa.- Martina había corrido a su socorro, y mientras que con una mano relajaba los nervios sobre la cabeza de Tomás, con la otra acomodaba las sabanas.

-Que mierda, Martina, parezco un nene. La vergüenza que tengo no te puedo explicar.- Tomás decía con esa vocecita que largan los enfermos al recién despertar.

La mujer no pudo evitar reír con sutileza: -Mira si serás boludo, Tomás. Acordate que antes que mujer, soy enfermera. Me dedico a cuidar personas. Ahora relájate y descansa.-

Con las fuerzas volviendo a sus entrañas, Tomás logró mantener una pequeña charla:

-Martina, ¿Y el Ruso? ¿Qué pasó?-

-El Ruso está en su casa, se quedó haciéndote guardia hasta hace una hora más o menos, y cuando se convenció de que yo no era una amenaza, se fue. Testarudo el muchacho, ¿no?- comentaba la mujer.

-No. Es un gran amigo. Me decís que se fue hace una hora ¿Qué hora es a todo esto?-

-Las cinco de la mañana más o menos. Estas en mi departamento por una cuestión geográfica nada más. Estamos cerca del bar donde compraste terreno.-

El hombre intentó reír, pero le dolía todo al hacerlo.

-Que bajón Martina. Esto es un bajón.- aclaró Tomás.

-Nada de quejas. Dormite. Hablamos en la mañana. Si me necesitas estoy tirada en el sillón acá en el living.-

Sin derecho a réplica, la fémina se perdió por la puerta de la habitación. Tomás aguardó silencio, un silencio incomodo y lleno de vergüenza. Un silencio que sumado a su malestar, terminó en un sueño profundo.

Clareaba con mucha fuerza cuando Tomás vio a Martina entre sus pestañas media cerradas. Esta le hablaba:

-Tomás…Tomás. Te sentís mejor. Son las dos de la tarde.-

El hombre se paró de un salto en la cama. Era evidente que todas sus fuerzas habían sido devueltas. Sus fuerzas, y su apetito. Ahora constaba con un apetito voraz.

-¡La puta madre! Perdón, ¡mil perdones! Estaba molido parece. Ahora te arreglo la cama.- y poniéndose de pie, intentó torpemente sacudir las sabanas hasta que la mujer lo interrumpió:

-¡Dejá! Más tarde lo arreglo yo. Vení. Vamos a comer algo.-

Los dos salieron por la puerta, pero Tomás se detuvo en seco y se tanteó los bolsillos.

-Está arriba de la mesa de luz.- dijo Martina.

El joven giró, y agarrando su celular, alcanzó a la mujer camino a la cocina.

El departamento de Martina era basto y extenso. Nada mal para una enfermera de sueldo medio. Todo bien definido y separado. La cocina aparte del comedor y aparte del living. Sin lugar a dudas, el lugar padecía un gran alquiler.

-Llamalo al Ruso, Tomás. Debe estar preocupado. Yo voy a buscar algo para comer.-

El joven permaneció de pie en el comedor, mirando como las curvas de Martina se meneaban hasta la cocina. Sin sacar los dedos de su teléfono, buscó a su amigo en la agenda y llamó. Después del segundo tono, la voz del gran hombre dijo presente:

-Débil de mierda, eso es lo que sos.-El Ruso estaba de buen humor.

-Rusito, que papelón hermano. Soy un papelón.-

-No pasa nada, pajero ¿Estas mejor?-

-Sí. Mucho mejor. Pero, hermano, me dejaste en la casa de esta mina sólo ¡Qué vergüenza!- cuchicheaba Tomás.

-Vergüenza de qué ¿Te pico el bichito de los putos ahora? No pasa nada boludo, yo estuve con vos un montón de tiempo, después me fui a mi casa. Esa Martina es buena mina, boludo. Me pareció inofensiva.- El Ruso ahora hablaba serio.

-Sí, porque a vos no te trataron como el orto y te dijeron que garchas como el culo.- El orgullo herido de un hombre; nada más jocoso y complicado a la vez.

El Ruso soltó una gran carcajada y agregó: -Bueno, escúchame: más allá de todo este embrollo del desmayo. Lo que pasó anoche es bien jodido. Tenemos que atar un par de cabos. Por las dudas, yo no le conté nada a la mina esta…Martina ¡Y mirá que insistió! Queda en vos ahora contarle o no. Ayer cuando te llevamos a la casa de ella, se puso a ver la foto y me dijo que conocía a la mina. Fijate qué onda, ella se quedó con la foto. Es más ¿Querés que vaya a buscarte?

Entonces el gran hombre agregó: -Bueno, Tomi. Quedamos así. No estamos viendo y me avisas cualquier cosa, ¿Dale?-

-Dale querido. Y, en serio, gracias por todo. Sos un crack Rusito. Te quiero, hermano.- se sinceró Tomás.

-Yo sabía que eras medio puto jajaja.- El Ruso seguía de buen humor -No pasa nada hermano. Nos estamos viendo.-

Y la llamada terminó.

Tomás se dejó caer en una cómoda silla que rodeaba la mesa del comedor y casi sin espera, Martina apareció con una bandeja repleta de cosas dulces.

-Servite, yo no voy a comer. Ya comí.- Le dijo la mujer, y agregó: -Lo que sí, me voy a prender un pucho ¿No te molesta que fume mientras comes, verdad?-

-Es tu casa.- contestó el joven –Sería el colmo que después de cómo te has portado, yo me ponga en rompe bolas o te de órdenes. Sos una genia Martina, mira todo lo que me has traído.-

Tomás empezó a comer como un condenado a la silla eléctrica. Martina se sentó frente a él. Mientras pitaba su cigarro, subió los pies descalzos a la silla y los agolpó contra sus glúteos, dejando que sus rodillas sirvieran de apoyabrazos. No hacia contacto visual con Tomás, solo estaba de acompañante en su almuerzo/media tarde.

-Martina.- dijo Tomás. La mujer giró la cabeza a la vez que largaba una bocanada de humo inclinando la boca con una sensualidad hollywoodense: -Tengo que contarte todo.-

La mujer bajó los pies de la silla y giró para mirar fijo a los ojos de su comunicador. Comunicador que ahora había alejado la bandeja con comida y sorbía un poco de agua.

-La cosa es así…-empezó Tomás.

Fue casi un discurso de media hora con movimientos de manos, miradas al suelo, caras de desesperación y exaltación en la voz del hombre. La mujer sólo escuchaba y con la colilla de un cigarrillo que se apagaba, encendía otro. La tensión de Tomás al contar la increíble historia, se había contagiado en cada fibra de Martina. Recién cuando Tomás pronunció la frase “y eso es todo hasta ahora”, la fémina habló:

-La puta madre Tomás. Es increíble, pero te creo. No debería creer… ¡¿Quién osaría creer!? Pero te creo.-

-Yo tampoco me creo cuando lo cuento, Martina…-

El silencio se apoderó de la habitación. Las miradas no se cruzaban porque ambos echaban un vistazo al suelo. Hasta que Martina se paró de la silla, caminó hasta un mueble, buscó algo y volvió a la silla. Con premura, bajó el objeto hasta la mesa, en el sector donde estaba Tomás. Era la fotografía, y su dedo índice señalaba con certeza a la mujer de la foto.

-Me dijo que era una amiga de la familia.- aclaró Martina.

Los ojos de Tomás se agrandaron.

-Yo no le creí. Me pareció muy extraño, la flaca era muy bonita y la mujer de Aníbal es extremadamente celosa. Me parecía que había gato encerrado. Además entró derecho; me saludó rápido y cuando preguntó por Aníbal, se ve que éste la escuchó en el consultorio, se asomó y la hizo entrar rápido. Ahí fue cuando me dijo que era una amiga.- Terminó de contar Martina.

-¡El hijo de puta de Aníbal la conoce! ¡Este hijo de puta está metido, no hay dudas!- alzaba la voz Tomás.

Martina clavó los ojos en la mirada firme de Tomás. Los dos se miraron fijo por unos instantes, hasta que la fémina habló:

-Perdón por decirte que garchas mal, Tomás.- Y dejó escapar una risa nerviosa. Obviamente su cuerpo liberaba tenciones. Y Tomás hacia girar la rueda de sus ratones. El hombre y su instinto animal de apareamiento. Estaba todo volviéndose una nebulosa de confusión. Otra vez se percibía en el aire esa tención sexual que podía arrancar en cualquier momento. Y Tomás es hombre, y un hombre con el orgullo lastimado, un hombre con ganas de revancha. Pero también era un hombre con deseos de esclarecimiento. Era un hombre de muchos dilemas. Putos dilemas.

La mujer mordió su labio inferior, agachó la vista un rato y con delicadeza de dama antigua, revisó que su cuerpo estuviera listo para la acción. Cualquier acción. Sin medias tintas, levantó la mirada –ahora más penetrante que nunca- y le largó la pelota al hombre que tenía enfrente:

-Y ahora… ¿Cómo sigue esto, Tomás?-

Continuará…

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