Hace tres días que no puedo dormir cuatro horas seguidas de un solo trecho. La siesta se ha convertido en un martirio. El calor abrazador de Mendoza no me permite pensar bien. Son las tres de la mañana y me despierto sobresaltado. Veo a mi mujer del otro lado de la cama, que duerme plácidamente… Envidio su estado de inconsciencia. Me levanto sin hacer ruido para no despertarla. Me lavo la cara, me tomo un vaso de jugo. Me siento en el futón y observo el cielo cerrado por la ventana. Que paz. Quisiera borrar todo de mi mente y poder volver a dormir en paz. Pero ya es tarde. Tarde para volver el tiempo atrás, tarde para volver a soñar. Tarde, como dice el infeliz de Arjona en el cual me estoy cagando en este maldito momento.

No puedo creer que a esta altura de mi vida, cuando ya creía tener todo resuelto y sólo me quedaban algunos cabos sueltos para estabilizarme me vine a encontrar con esa mina. Casi cinco años más grande que yo. Con esa chispa en la mirada que me vuelve loco. Se imaginaran que es una terrible yegua, con unas tetas para perderse y un culo duro y hermoso. Pues no. Es una simple mina. Común. Una flaca solitaria con un poder de atracción extremadamente peligroso. Me la encontré de casualidad en una curso de esos que no sabés de que mierda van a hablar, pero el tema te llama la atención. Y vas porque estás aburrido y con pocas ganas de quedarte en casa en el tiempo libre que te queda. Mi mujer no estaba interesada, pero tampoco puso resistencia para que fuera sólo.

Me inscribí. Fui. La pequeña sala del Bustelo estaba hasta el totó de gente. Parece que no va a estar tan malo, pensé. Me acomodé en un lugar que considero estratégico: como en el cine. Al medio. Comenzó la charla sobre el cambio climático con datos bastante interesantes. Parece que el expositor era un groso. Yo no tenía ni idea quién era, pero debo reconocer que el tipo era un excelente orador. De golpe, interrumpe su exposición a causa de una mina en la otra punta que levanta la mano y a la cual él le da la palabra.

En ese momento, todo se paralizó. Ya no se que más pasó. Cuál fue la pregunta. Qué le respondió. Era ella ese ser que me estaba hipnotizando desde el otro lado. Vestida normal. Peinada normal. Pero con algo que no se qué mierda era que me estaba fulminando desde lejos. Me di cuenta que no era yo solamente el que había sentido esa especie de corriente eléctrica. Todo el mundo escuchaba atento, o parecía hacerlo. Pero todos estaban callados. Todos miraban en su dirección. Y ella hablaba con esa soltura, esa simpatía, esa calidez en las palabras. Guau. Un ángel, pensé. Y eso que no soy muy católico.

Volví al depto un poco confundido. Pero no le di mayor importancia. Mi negra bella me había preparado unas milanesas que devoré ferozmente. No escatimé en contarle los detalles de la jornada. Y también le hablé de ella.

– ¿Viste gorda, esa gente que tiene ese poder de hablar, de moverse, de caminar y de hipnotizar a todos a su paso…? Bueno… Había una mina así.

– Sí… a veces nos encontramos con personas que poseen una cierta fuerza mental que generan una atracción natural. – Me responde la negra, haciendo alarde de sus conocimientos en psicología.

– Me creerías si te digo que NO es un minón onda Baywatch, ¡¿no?!

– ¡Claro! Supongo que si te hubiera calentado no habrías tenido los huevos para decírmelo, como hacen todos los hombres. – Cortita y al pie, la señora. Me encanta eso de mi mujer… poder hablar así, sinceramente.

Me contó un par de casos que estaba viendo en su laburo. Huevadas de piruchos, lo que le encanta a ella. Terminamos la noche bien; haciendo el amor en el futón mientras en la trasnoche de la radio pasaban un recital del nabo de Arjona. Nada que ver… Pero fue liberador. Era como que había algo que me estaba presionando y encontrarme en sus brazos y con su amor fue mi refugio.

Pasaron tres días. De nuevo la rutina. El laburo. El calor primaveral que se va volviendo insoportable de a poco. Y al final de la semana, el curso otra vez. Se me hizo un poco tarde. La gente se pone como loca cuando llega el viernes y necesita salir urgente, llegar urgente, pasar urgente. Siempre un caos la ciudad de Mendoza tanto en tránsito vehicular como peatonal. Y yo ese día tenía ganas de estirar las piernas. Mala decisión.

Ya estaba el nuevo expositor en la sala y todos prácticamente acomodados. Digo prácticamente porque había un gran grupo que todavía estaba en el medio, charlando, riendo. Reconocí a una antigua compañera de la escuela secundaria y la fui a saludar. Creo que la curiosidad por saber que pasaba era más fuerte que ir a saludar a la gorda esa insoportable que nunca me quiso prestar una tarea pero que estaba siempre pegada a cualquiera que le mostrara un poco de atención. Aunque sea por interés.

– ¡Hola Carla! ¿Te acordás de mí?

– Eh! Rodrigo… ¿Cómo estás?

– Bien… acá en ésta historia… como vos. – Dos frases y ya me había quedado sin charla. Mejor dicho, sin habla. El centro de la atención de todos era ella. Y yo estaba cayendo en la hipnosis de esa mirada.

– ¿La conocés? – me dice Carla, sacándome de mi nube de pedos.

– No, la verdad que no, pero… – Y de golpe ella me mira y me sonríe.

– ¡Hola! Soy Leticia ¿y tú? – me dice y se aproxima a darme un beso en la mejilla. Yo, tarado. Sin reacción. Inmerso en mis pensamientos: “¿Y tú?”… ¿qué clase de mendocina habla de tú? – pensé.

– Rodrigo. Mucho gusto. – le dije en forma autómata. Y el tarado volvió a quedarse mudo. En ese instante transcurrieron dos minutos interminables en los que sus pupilas se clavaron en las mías. Me sostuvo la mirada por esos dos minutos que parecieron horas eternas. Y de golpe, toda la gente empezó a tomar su lugar en la sala, al estridente chirrido del micrófono que se acopla con el parlante. Bajé los ojos. No pude mirarla más. Sentía una especie de presión en la cabeza, como si fuera a estallar en mil pedazos, como si esos ojos me hubieran clavado un puñal de fuego en el corazón. O una flecha envenenada en el alma.

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