En uno de mis viajes había conocido a una gringa despampanante, de esas minas que te dejan la mandíbula descolocada… Gomas recién hechas, coqueteaba con la mayoría de edad y portaba esmeraldas por ojos.

Tuvimos algún que otro roce y yo volví enganchado, ¡cómo si pudiera evitarlo! Hablábamos seguido por Skype y días antes de San Valentín me dice: “Conectate el 14 a la noche que tendré una sorpresa preparada para vos”. Los días previos me los pasé maquinando y cuando finalmente llegó la tarde (noche de allá) me acosté con la notebook a un lado y comenzamos con la videollamada. ¡Dios mío! Tenía puesto un conjuntito para el infarto… Corset, encaje, medias de red, portaligas… ¡No faltaba ningún detalle!

Me decía que los padres habían salido a cenar y que quería sorprenderme mostrándome lo que usaría la próxima vez que nos viéramos. ¿Por qué demonios estaba tan lejos? El ambiente mejoró aún más cuando puso música sexy y comenzó a bailar. Yo ya no daba más, cuando de repente, lo inesperado… Bah, no tan inesperado considerando el verano en Mendoza y los usuales “cortes de luz”. Me quedé a oscuras, sin batería en la notebook y con la cabeza por Neptuno.

A las dos horas más o menos volvió la corriente pero ella ya se había cambiado de atuendo porque los padres habían regresado de cenar… Por suerte, con el tiempo la vida me compensó y tuve la oportunidad de volver a verla. Y si, aún tenía guardado el conjuntito que me había “regalado” para San Valentín.


 

 

 

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