Galamiel 09

—Pero… ¿entonces usted es Galamiel, el vidente más grande de la historia?
—Bueno, eso es una exageración de los libros. Yo solo tengo visiones.
—Pero jamás se equivocó…
—Digo lo que veo, y eso siempre se correspondió con los hechos, sí.
—¡No puedo creer que estemos atrapados en un ascensor con el mayor vidente del mundo!
—Lo bueno de eso es que les puedo decir que van a tardar un buen tiempo en sacarnos de acá.
—¿Le podemos hacer alguna pregunta, señor Galamiel? —preguntó Alejandro.
—Bueno, les adelanto que no voy a revelar ningún secreto de estado ni el futuro de presidentes o gobiernos que…
—No, no —continuó Alejandro—, es que estamos comenzando un emprendimiento…
—¿Ustedes dos?
—Sí —contestó Alejandro y me miró confundido—. ¿Acaso no puede ver eso?
—¿Qué cosa?
—Que estamos en un eprendimiento juntos.
—A ver… Ustedes haganme puntualmente la pregunta que quieran saber, y dejenme a mí las respuestas, ¿está bien?
—Sí, sí —respondí yo y le di dos palmadas a Alejandro para que siga.
—Bueno, estaos comenzando un emprendimiento para ayudar a…
—Ustedes están comenzando con la creación de una ONG, no un emprendimiento. Una ONG que se va a ocupar de una distribución alimentaria en las villas de emergencia para evitar el goteo de las donaciones a manos de los punteros políticos.
—¡Sí! —gritamos como chicos Alejandro y yo— ¡Qué bárbaro! Nunca había visto algo igual…
—¡Es que lo dijo exactamente como es, más claro que nosotros mismos!
—Bueno, y ¿cuál es su pregunta?
—Bien, queríamos saber si ibamos a poder lograr hacerla. Si ibamos a…
—Sí, en unos meses su ONG va a estar funcionando.

Con Alejandro nos miramos y a mi se me hizo un nudo en la garganta mientras que Ale me miraba con los ojos vidriosos, y nos dimos un abrazo fuerte. Galamiel era famoso en todo el mundo por sus predicciones, incluso sabíamos que estaba en ese momento trabajando para el gobierno de Francia para el desarrollo de una nueva fuente de energía, ¡y lo teníamos acá, en el ascensor, encerrado con nosotros!

—Gracias, señor Galamiel. Nos da mucha esperanza.
—No es nada, muchachos.
Nos quedamos un segundo en silencio pero yo no me aguanté más.
—¿Lo puedo molestar con otra pregunta?
—¿A ver?
—¿Nuestra ONG va a servir de algo? ¿Va a cambiar la realidad de las villas?
—En unos varios años, más de diez, no sé bien cuántos, el sistema va a modificar su sistema social general en relación a las villas y va a llamar al operativo con el nombre de su ONG, porque todo el mundo va a identificar esa tarea con el nombre de su ONG.
—¡Nooo! —gritó Alejandro mientras empezaba a llorar— ¡No puedo creer, es impresionante!
—¡Gracias, Galamiel! ¡Qué lindo esto, por favor!

Y nos abrazamos, y nos reímos, y lo intentábamos meter a Galamiel en nuestras conversaciones compulsivas sin conseguir nunca que abandonara su sonrisa estática y su actitud reservada.
—Puede estar orgulloso, señor Galamiel, de haber estado atrapado en el ascensor con las dos personas que revolucionaron el sistema social de las villas en la Argentina…
Y nos reíamos compulsivamente, y nos volvíamos a abrazar, y Galamiel continuaba estático, aún sabiendo que nos faltaban algunas horas para salir de ahí.

—Perdón, señor Galamiel, pero ¿puedo preguntar algo más? Algo más egoísta, sobre mí, bah…
—Preguntame.
—¿Qué voy a hacer yo cuando el gobierno implemente ese plan con el nombre de nuestra ONG? ¿Voy a trabajar en ese desarrollo o me voy a estar dedicando a otra cosa?
—Nada. Vas a estar muerto.

La cara de Alejandro palideció en un segundo. Lo más intenso de aquella respuesta no era tanto la muerte en sí, sino que comprendimos la actitud fría y distante de Galamiel mientras festejábamos. Comprendimos que aquella muerte era algo que no le permitía festejar. Quedó en el aire que aquella muerte podía encerrar algo más tétrico aún, en su mirada Galamiel acusaba que había más cosas que callaba, más cosas que lo mantenían tieso en un rincón con esa sonrisa fría.
—¿Voy a morir de alguna enfermedad en particular…, un accidente…? —esta vez Alejandro no pidió permiso para hacerle la pregunta.
—Te van a asesinar de una manera muy cruel.
—¿Me van a…? —Alejandro hizo un silencio— ¿Cómo me van a matar?
—Prefiero no decírtelo, creo que no te conviene saberlo, va a ser peor para vos. Pero si insistís te lo cuento.
“No, no…”, dijo Alejandro enseguida. El aire se puso espeso. Galamiel ya no sonreía pero aún se mantenía tenso en el rincón. Alejandro empezó a tener mucho miedo.
—Tal vez no sea buena idea esta de empezar la ONG…
—Alejandro… Mirá, no sé…
—¿Y si no participo en la ONG? —le preguntó a Galamiel.
—Vas a participar—respondió.
—Si voy a participar entonces no voy a tener miedo. Si ya sé el futuro…
—Si querés podés ayudar sin ser parte, Ale —le dije como buscando algo que afloje la tensión, pero Ale me miró raro.
—¿Y él? —preguntó— ¿Cómo va a estar dentro de diez, quince años cuando todo esto pase?
—¡Ey, no! Yo no quiero sab…
—En el momento en que el gobierno publique en el Boletín Oficial la creación del sistema de reparto y asistencia social, o sea dos días antes de que se haga público, él va a estar caminando por una playa en las Bahamas mirando el atardecer.
Alejandro me clavó la mirada con una mezcla de asombro y furia. No podía decir nada porque así era el futuro, pero él, como yo, sintió que había allí escondido una pequeña o enorme injusticia.

Sabiendo que iba a estar vivo ya no tuve tanto miedo de preguntar.

Galamiel 01—Galamiel, ¿yo voy a estar en las Bahamas por haber vendido la idea, o porque voy a ganar bien… o porque me voy a dedicar a otra cosa y ent…?
—Vos vas a estar prófugo en las Bahamas.
—¿Prófugo?
—Sí.
—Pe… ¿Prófgo?
—Sí, prófugo.
—¿Prófugo por qué?
—Porque te van a condenar por asesinato.
—¿Asesinato? ¿A mí?
—Sí.
—¿Lo van a acusar de mi asesinato?
—¿Pero cómo me van a ac…?
—Sí, lo van a acusar de tu asesinato.
Alejandro volvió a mirarme con los ojos abiertos.
—Pero ¿por qué mataría a Alejandro?
—Yo no dije que lo matarías, dije que ibas a estar acusado de asesinato y que ibas a estar prófugo en las Bahamas.
—Pero entonces, ¿quién me va a matar a mí?
—Una mujer.
—¿Una mujer mata a Alejandro?
—Sí, una mujer.
—Y, ¿quién es esa mujer que me mata, Galamiel?
—La amante de él que va a estar también en las Bahamas.
—¿Mi amante mata a Alejandro?
—Sí.
—Y ¿por qué voy a estar yo con ella entonces?
—Porque lo mató en venganza porque Alejandro te estafó.
—¿Me estafó?
—¿Lo estafé?
—Sí.
—¿Pero por qué me estafó? ¿Con qué cosa me estafó?
—¿La amante de él me va a matar de una manera muy cruel?
—Alejandro te estafa con la plata que fueron robando del Estado con la ONG, y sí, Roxana te mata de una manera muy cruel.
—¿Roxana se llama mi amante?
—Sí.
—¿Ya la conozco o la voy a conocer después?
—La vas a conocer en una semana.
—¿Le vamos a robar plata al Estado?
—Sí, Alejandro. Con la ONG van a hacer un negocio millonario, y con su ayuda van a firmar unas planillas afirmando que entregaron alimentos a unas poblaciones que jamás los recibirán.
—Y ¿qué hacemos con esa plata?
—Y ¿qué pasa con esas poblaciones?
—Las poblaciones mueren casi todas de hambre, y los sobrevivientes son fusilados por unos paramilitares en camionetas naranjas, y por eso los van a llamar Agentes Naranjas. Y con esa plata van a vivir muy bien muchos años.
—Y ¿por qué lo estafo a él si voy a vivir bien?
—Porque nada va a satisfacer tu ambición.
—Y ¿por qué van a llamar entonces al sistema social con el nombre de esa ONG si es tan oscura?
—Porque todo el mundo va a asociar el nombre con la ayuda social, entonces se va a bautizar así para que políticamente quede el registro del nombre como algo bueno y no como el mayor hecho de corrupción de todos los tiempos.
—¿De todos los tiempo?
—Hablamos de miles de millones de dólares.
—Pero, ¿y cómo vamos a empezar a meternos en un negocio tan oscuro?
—Bueno, como se meten todos. Con una oferta sin riesgos, sin mayores daños.
—Pero ¿y cómo será eso?
—Ahora cuando salgamos del ascensor ustedes se reunirán con unos tipos que les ofrecerán un negocio que ustedes les van a decir que sí.
—Perdón, pero no lo creo. Sabiendo lo que nos estás contando no vamos a matar a poblaciones inocentes…
—¡Ni tampoco yo quiero estar muerto!
—Yo no necesito miles de millones para vivir.
—¡Para nada, yo tampoco! ¡Ni sé cómo gastar eso en t…!

Y la puerta del ascensor se abrió, y dos bomberos nos tendían la mano para que subamos.

Caminamos hasta el restaurante donde dos personas de una secretaría del Estado nos estaban esperando para la creación de la ONG. Nos miramos con Alejandro. Ya sabíamos que no ibamos a hacer nada. Lo vi a Galamiel abrir lejano la puerta del restaurante del hotel, mirarnos con una sonrisa de cumplido e irse. Nos sentamos.

Después de una larga reunión con los dos hombres donde hablamos de la creación de la ONG y de la participación en las villas, uno de los hombres dijo que el único detalle era que debíamos agregar el diez por ciento en cada factura. Nos miramos con Alejandro un poco aliviados, un poco sonrientes, y dijimos que no, que gracias. Que entonces preferíamos no hacer la ONG. Cuando Alejandro se estaba levantando y yo dejaba la servilleta sobre la mesa el hombre nos dijo que entonces hagamos otra cosa, que hagamos una ONG que solo dure un año, que nosotros nos podíamos quedar con un millón de dólares cada uno, y cumplido el plazo se cerraba la ONG y listo.

Alejandro se quedó en esa rara postura de piernas semiflexionadas, la mano en el nudo de la corbata, la otra mano apoyada contra la mesa…
—¿Y listo? ¿Solo eso? Porque nosotros ya no queremos hacerla.
—Solo eso, sólo un año y después ustedes cierran la ONG y se quedan con un millón cada uno.
Yo sentí un sudor frío por la espalda. Alejandro me miró, no me dio tiempo a darle mi opinión con mi mirada, porque yo también dudé.
—Bueno, por un año.
—Alejandro…
—Solo un año. Con un millón de dólares nos podemos dedicar a otra cosa, no sé.
—Pará, no sé…
—Si no quieren no se preocupen, hay muchas personas interesadas en el proyecto.
—Sí —dijo Alejandro—, aceptamos. Por un año.
—Muy bien. ¡Buena decisión, señores!
Yo miré el mantel confundido. Aunque no dije nada yo también estaba aceptando el trato. Un millón de dólares era mucha plata, y la ONG que habíamos pensado antes de subirnos al ascensor ahora era lo último que quería hacer.
—Que no sea una ONG —pedí.
—No se preocupen, le vamos a poner un nombre elegante y lo demás no importa. Firmen estos papeles, por favor.
—¿Qué son?
—Son la creación de una fundación para…
—¡Es una ONG!
—No, es una fundación.
—Dale, firmá —me dijo Alejandro acercándome el papel.
“Listo”, dije después de firmarlo y me levanté enseguida. Instintivamente miré a las ventanas, a las mesas, como tratando de no mirar lo que acabábamos de hacer. Lo miré a Alejandro que lo mismo que yo relojeaba con la cabeza todo el lugar.
—Muy bien, señores. Nos vemos la semana que viene en la oficina. A las nueve de la mañana.
“Muy bien”, respondí al tiempo que Alejandro se iba dejando al hombre ahí, hablando solo. “Ahí estaremos”.
—Perfecto. Cualquier inconveniente les aviso. Ahora mismo llamo a mi secretaria para que organice todo.

Y nos fuimos. Lentamente y sin mirarnos caminamos paso a paso hasta acercarnos al pasillo para salir de aquel restaurante donde faltaba el aire y abundaba el calor y el olor a fritanga. Detrás se escuchaban algunas voces de los comensales, y volvimos a escuchar la voz del hombre con el que habíamos firmado el acuerdo, “¿Hola, Roxana…?”

Galamiel 08

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