Salgo de tu casa, el portazo final con gusto a metal, del adiós cuando es definitivo. Nos dijimos lo que no queríamos saber y sabíamos lo que no nos queríamos. Muchas gracias y hasta luego. De lo que teníamos te dejo todo, solo me quiero llevar al Aaron, nuestro pichicho Street terrier, que recogí de la ruta el día que nos fuimos a vivir juntos. Unas gotas que rodaban por tu mejilla me hicieron amagar a quedarme, pero los dientes apretados y el fuego interno que no cesaba me decían que esto era el fin.

Long as I see the lights de Creedence sonaba en el auto, y mi mente puesta en la carretera que iba a ser mi ulterior verdugo. Ella ya no está, y el sonido del motor a máximas revoluciones, era lo único que al parecer calmaba mis nervios y mi angustia. Media botella de ginebra barata y unos pocos cigarros maltrechos en un viejo atado serían mis compañeros en aquella cruzada hasta el infinito y para olvidar.

La resolana del alba disparaba sus primeros rayos amenazando un día pesado en el desierto. Relojeo un par de veces el .38 special que heredé de mi abuelo, un inmigrante húngaro que supo ser de los primeros maleantes del oeste del país. No tiene sentido el escape sencillo del corchazo cobarde. No soy un tipo así. El velocímetro rozaba los dos centenares de kilómetros por hora, mientras el riff de la guitarra me elevaba a otra dimensión.

Los discos que siempre quise estaban ahí en la guantera sin guantes de una GTX restaurada con más cariño que presupuesto. Los jilgueros cantores hacían el coro de los temas de fondo. Mi mente perdida en tantos recuerdos que ya no se iban a suceder nunca más. Nuevamente un halo de nostalgia arañaba mis entrañas. Su risa y sus ocurrencias se mezclaban con el odio y la desesperación.

Paso sin querer una frontera y otra más, un poco de nafta y un atado nuevo de cigarros, que prometían hacerle buena compañía a lo que iba quedando de esa ginebra carrasposa que encendía mis ojos y apagaba cada vez más mis escasos reflejos. Bajo mi ventana esperando que el aire caliente de las serranías aclarara un poco mi mente y me hiciera recapacitar respecto de mis deseos.

Mi perro, mi fiel compañero, el Aaron, miraba triste por la ventanilla del acompañante como conociendo lo que se vendría. Pero como buen capitán de la nave, nunca queriendo abandonar el barco, me miraba con cierta compasión y sospecho que algo de angustia. Éramos el hombre y su caballo, dejando el pueblo en el que alguna vez habíamos sido felices y bienvenidos. Escapando ahora a un destino incierto.

Un comedor rutero con camiones y un par de motos me invitaban a parar y alimentar un poco a lo que quedaba de mi alma rota. Pateo la puerta amenazante, como tigre viejo que sabe que va a morir, esperando la provocación innecesaria de algún bravucón de carretera y de espuelas llevar. Nada de eso sucedió. En cambio una camarera más simpática que bonita, me comentaba sobre el menú del día y las promociones vigentes.

Dos horas después estaba en el motel de al lado compartiendo con ella un cigarro de los que dan risa, luego de una sesión de amor rentado barato y con gusto a fracaso. Ella se acicalaba cual vedette de ruta mientras yo contaba el escaso cambio variopinto que tenía, para agasajar la voluntad de aquella pueblerina amable. Nos despedimos con un beso de amigos prometiendo volvernos a ver. Nunca sucedería.

Me recuesto sobre mi vergüenza, mientras tanteo el sucio cajón buscando mi teléfono esperando un mensaje, que nunca llegaría. Encuentro una vieja biblia, la hojeo con curiosidad, buscando alguna respuesta que debí suponer no encontraría. Termino la aventura cristiana y decido emprender nuevamente el viaje hacia ningún lugar. Busco a mi fiel compañero, al tiempo que recibo el guiño con aprobación de los visitantes de aquella cantina perdida.

Montamos nuevamente la nave, lleno de combustible, y vacío de sentimientos, amenazamos una vez más aquella carretera despiadada, que al tiempo que me alejaba de mi destino, me acercaba peligrosamente a una locura auto infligida. Miro ese pelpa que la mesera me había “regalado”, nunca fui muy afecto a ese tipo de incentivación, pero dado el panorama gris que veía por delante decidí aspirar un poco de esa blanca esperanza.

Sin sentir grandes variaciones, y con mis sentidos aguzados comencé a vislumbrar mi futuro inmediato y lo que haría con mis sueños devastados. Nunca fui una persona de planear mucho, pero dadas las circunstancias, entendí que era momento de sacar algunas conclusiones. En principio todas tenían que ver con una infancia difícil, o con profesiones frustradas, pero rápidamente me di cuenta que todo tenía que ver con ella.

Vuelven los recuerdos, reconozco mis errores como por arte de magia, veo de repente todo con una claridad meridiana. Sé lo que falló, sé lo que no hice bien y mejor aún sé cómo remediarlo. Debo volver cuanto antes con ella. Mi fiel compañero pudo entender mi sonrisa contagiosa y su cola comenzó a menearse sabiendo cuales eran mis intenciones. Intento llamarla por teléfono, pero está apagado. Le dejo un mensaje desesperado contándole mis propósitos y mis planes, para que lo escuchara cuanto antes, no quería dejar lugar a las sorpresas.

Quizás ella no quiera atenderme o quizás esté durmiendo como el resto de los mortales, pero sentía la necesidad de volver… y volver a decirle lo mucho que lo sentía y como resolvería todo de una vez por todas. Busco en el mapa la manera más rápida de regresar hacia ella y encuentro una cercana rotonda de vuelta a mis pagos, a mis orígenes, a ella que sería mía para siempre.

Hago la rotonda y con mis pensamientos en orden tiro la botella por la ventana, apago mi cigarrillo, miro al Aaron con confianza y me dispongo apurado a empalmar nuevamente la ruta de regreso. Es mi momento de mayor claridad, es lo que estuve esperando todo este tiempo. Tengo que apresurarme a llegar. Sonrisa ganadora y pié de plomo para darle gas a ese acelerador.

El parque de descanso es un lugar pacífico, llegan mis amigos, mis familiares y poco después aparece ella. Comentan como fue el terrible accidente, en el que un camionero distraído escuchando un CD de Creedence se había quedado dormido y había embestido en una rotonda a un viejo Dodge GTX, conducido por un muchacho que al parecer venía intoxicado, con el corazón roto, acompañado por su perro llamado Aaron, que curiosamente había logrado sobrevivir al accidente.

La gente comienza a irse ante la incipiente lluvia tenue, llantos desconsolados buscando explicación a lo inexplicable, abrazos eternos y flores en el piso, todo comienza a desvanecerse y antes de subirse nuevamente al auto y con el Aaron en brazos, un simpático sonido corto indica que a ella le acaba de entrar un mensaje de voz…

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