“Una mamá soltera es como cualquier otra mamá, sólo que con los huevos que le faltaron al papá”.

Una noche más, una noche menos… Fulgor en el ambiente, pasión desmedida, sin control, instintos salvajes. Un buen rato, todo termina (literalmente). A partir de ese momento, todo es culpa y responsabilidad de ella ¿Por qué? No es algo natural, no es un acto caballeroso, no es la conducta de un hombre.

Los días pasan y repentinamente las sospechas se convierten en dos rayitas juntas en ese temido test. El llamado más duro y la respuesta desesperada, menos esperada. Incluso la humillación de la duda sobre la supuesta propiedad de esa semilla, parece liviana en comparación de ese yunque sobre la nuca que indica que de ahora en adelante ese camino desconocido lo vas a recorrer sola.

Todos tus sueños de princesa -que por supuesto incluían a un Príncipe Azul- comienzan a desmoronarse, al tiempo que tu vientre comienza a tomar forma. Un par de ideas estúpidas se cruzan por tu cabeza, pero por suerte las desestimás rápidamente. Sabés que ese camino vertiginoso no llevará a buen puerto. Esa criatura nacerá. Sin importar quién o quiénes te acompañen. Es tu momento de mayor claridad y mayor valentía, aunque todavía no lo sepas. Es donde todo comienza.

El llanto pasa a ser cosa de todos los días, los llamados desesperados van cesando y con un poco de ayuda de tus padres, comenzás a acomodarte a regañadientes. Porque como toda ayuda, siempre viene de la mano de un consejo que uno no pide ni quiere escuchar. Los antojos de frutillas y chocolates a mitad de la noche, son solo para los cuentos de hadas. Con suerte lográs recogerte el pelo antes de volver a arrodillarte frente al inodoro a causa de las incesantes náuseas. Noches de miedo y soledad recorren tu cuerpo con escalofríos.

En todas las películas ves embarazadas con sus maridos, en las revistas de maternidad sólo salen fotos de a tres, das un paseo por el parque y pareciera que te persiguieran ellas con sus incipientes pancitas, cuidadas por ellos, que sí tuvieron las agallas. Hasta las redes sociales se llenan como por arte de magia de fotos de familias y demás. Pasás ese trago amargo y otro más… y de repente cuando ya no quedan más lágrimas, empezás a notar cómo una coraza empieza a formarse para protegerte a vos y a tu bebé.

Cuentan los juglares, que se trata de un ángel que solo les aparece a las mamás una vez que logran vencer esa dura iniciación que antes describíamos. Es esa fuerza renovada que surge desde lo más profundo de sus entrañas y que hace que se redoblen los esfuerzos, se venza el sueño y el cansancio. Mirada fija en el objetivo, concentración estoica y determinación categórica, que te bañan con esa cálida sensación de seguridad de que vos y tu bebé lo van a lograr y lo van a hacer bien.

Porque una madre soltera es una madre y un padre al mismo tiempo, es la que trabaja de sol a sol para mantener el hogar, tanto económica como emocionalmente. Es la que se planta y no cae en los facilismos. Es madre que cría a sus hijos para que nunca tengan que notar la falta y la cobardía de un progenitor que nunca existió. Es una mujer indestructible, sin descansos, sin vacaciones, sin ayuda y sin excusas. Pero que al final de la historia, no da ni un paso atrás.

Pasan los años y los bebés, se convierten en niños que llenan de alegría todos los días. La coraza sigue intacta, pero comenzás a notar que el costado derecho de la cama sigue vacío y que una buena compañía nunca está de más. Te planteás una y mil veces, cómo empezar esta nueva etapa de salir otra vez… le decís, no le decís… ¿Y si lo espanto? Te fajás a la antigua, sacás la loba que tuviste encerrada por unos cuantos años y te convertís en una nereida sacada de un cuento de mitología.

Es que la madre soltera tiene ese halo de intrigante seguridad, de atropello guapo y audaz, de leona brava e insaciable, que confunde extrañamente a los hombres que a su paso van cayendo embobados por esa confianza absoluta que exuda quien nada de nadie ya necesita. Esa ambivalencia de fragilidad femenina y de firmeza propia de otro género, que deja revoloteando a los pajarones, pero que a su vez atrae a los verdaderos leones.

Cazadora voraz de la que nunca serás su prioridad, indiferencia que lleva a la locura, al tiempo que va dejando un tendal de heridos que con sus promesas edulcoradas y sus infieles castillos de nubes, nunca harán caer esa firme coraza regalada por los ángeles. Se necesita algo más… Si para abandonar a una madre soltera hace falta no tener cojones, para conquistarla -y hacer caer esa mágica coraza- hace falta el doble de cojones que tuvo ella. Por eso arlequines, absténganse siquiera de probar un campo de batalla, solo reservado para gladiadores.

El tiempo llegará en el que aparezca ese guerrero espartano y afloje esa bendita coraza, que por tanto tiempo sirvió de protección. Será tiempo de abrirse nuevamente al amor, a otro tipo de amor. Con otros miedos y otras incertidumbres, pero con la seguridad que tiene el soldado que vuelve de las cruzadas. El corazón no es el mismo, está mucho más protegido y blindado. Se nota en la mirada que refleja el alma, al tiempo que silenciosamente confiesa esperanzada, que nuevos aires están por venir. Fortuna eterna para aquel que logre alcanzarlo.

Y así me despido de éstas, mis humildes líneas dedicadas a aquellas mujeres que sin quererlo son padres y madres. Para aquellas amazonas que todo lo pueden. Para aquellas hadas madrinas que pintan de estrellas el mundo para que a sus hijos nada les falte. Para esas mujeres con mayúsculas que engalanan el género. Y que todo verdadero hombre, debiera sacarse respetuosamente a su paso el sombrero para homenajear su grandeza. Chapeau!

No existen madres solteras, existen madres, porque ser madre no es un estado civil”.

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