Bruja-quemándose

De chico solíamos jugar bajo la sombra de un pimiento a la orilla de una de las tantas canteras abandonadas del oeste de Godoy Cruz.
Íbamos con nuestras ondas para tratar de darle a alguna de las ratas que pululan en el lugar, nuestras madres se horrorizaban; y no era para menos, además de los escombros, basura y alimañas, el lugar servía y sigue sirviendo, de escondite de los delincuentes.
De noche no nos metíamos a hurgar entre los escombros, pero si nos sentábamos a contar historias, hacer fuego, demás cosas que suelen hacer los muchachos.

No importaba cuanto calor hiciera, nosotros hacíamos fuego, y una noche de verano, en la que todos los vecinos estaban en la vereda, nosotros hicimos lo nuestro, tomamos toda la leña que encontramos e hicimos un fogón. Siendo ya bastante tarde me llamo la naturaleza, como estaban con nosotros “milagrosamente” un par de chicas, me fui a buscar un lugar entre los escombros.
Soplo un viento frío, que me hizo poner muy incómodo, mire para todos lados y desde mi derecha sentí un chistido, me asuste por que no había más que un acantilado de 10 metros, me acerqué y para mi terror vi una mujer sentada en el borde, pegue un grito y salí corriendo. Los 15 metros que habían hasta la calle se transformaron en un campo minado, caí una y otra vez, cuando llegué al pimiento., mis amigos se estaban matando de la risa, estaba todo raspado, agitado y sucio, no quise sumar a sus burlas la historia de un fantasma, así que dije que una rata se me había trepado por la pierna.

Nunca conté a nadie lo que había visto, siempre se contaron historias sobre brujas y fantasmas, pero nadie lo aseguraba, siempre le había pasado a otro.

Hace sólo unos meses fui a la casa de un amigo para festejar su cumpleaños, vive en un puesto unos km hacia el oeste de mi casa, cerca de un dique. Entre los invitados estaba Don Jorge, su tatarabuelo, dueño original del lugar, una de esas personas que parecen ser un museo, de esos que tienen una historia para contar hasta para su cuchillo, ni que hablar de su casa, de sus padres, de sus abuelos. Entre vinos y lechón se pasaba la fría noche y Don Jorge hacia gala de su narrativa que ya nos había cautivado a todos, en especial a mi. En una de sus pausas le pregunté:

– Don Jorge ¿ Que sabe usted de la bruja del pimiento?

– mijo llame las cosas por su nombre, por que Doña Rosa no es ninguna bruja, es una de las tantas muertas por la ignorancia.

Allá por el 1918, cuando Don Jorge nació, todo  era campo y el único que hizo fortuna fue Rosendo Papa, que sin pedir permiso a nadie comenzó a sacar ripio y áridos de la zona.

Las canteras daban trabajo a cientos de personas, porque en la zona no hay agua para cultivar nada. Alrededor del caserón de Rosendo se habían instalado sus empleados, y formado un pequeño pueblo, con su pulpería, su juez de paz y la escuela Emaus. Pero lo peligroso del trabajo en la cantera hacia que la persona más importante del lugar fuera Doña Rosa, una curandera y matrona, no era estudio, era oficio heredado de su madre, oficio que tenía algo de medicina, algo de superstición, algo de práctica y mucho de voluntad e ingenio. Doña Rosa había ayudado a parir a todas las mujeres del lugar, la madre de Jorge había sido una, todos tenían alguna sutura echa por ella y los primeros auxilios a los accidentados también corrían por su cuenta, por que el viaje hasta el hospital en carreta era largo.

Durante el invierno del 22 llego a casa de Doña Rosa una madre con su niño en brazos, apenas respiraba, le preparo un hungüento con ruda y semillas de pimiento, baño de inmersión para bajar la fiebre y derecho para el hospital militar. Al día siguiente llegó un vecino muy anciano con los mismos síntomas pero esta vez Rosa no pudo hacer nada, el viejo no resistió el viaje en carreta, en los días siguientes llegaron varios pacientes con el mismo problema, Rosa no era médica pero supo de inmediato que no era un simple resfrío.

A lo rudimentario de la medicina de la época se le sumaba los paupérrimos servicios sanitarios de la “Argentina potencia”, en esa época se produjo una epidemia de tuberculosis, enfermedad pulmonar de difícil contagio y que entre gente sana no suele causar gran mortandad, pero que en la debilitada población rural hizo estragos, sólo la instalación del hospital Lencinas en 1924 traería alivio a la población.

Ante esta situación Rosa no pudo contener la enfermedad, nadie más que ella era consciente de sus propias limitaciones y enseguida aconsejó a su gente, por medio de Don Rosendo que buscarán atención medica en la capital, pero pronto los hospitales no dieron a bastó y el viaje de los enfermos solo empeoraba el cuadro. En julio toco lo peor del invierno más crudo en años; y como era de esperar las muertes se multiplicaron. Rosa monto un improvisado consultorio en uno de los galpones de Rosendo y con ayuda de algunos empleados atendió lo mejor que pudo a la gente, pero poco es lo que pudo hacer.

Una noche se apiño alrededor del galpón una turba enfurecida pidiendo por la cabeza de Rosa, no vieron el sacrificio y la entrega que la pobre mujer hacia por la gente y se dejaron seducir por los resentidos que la acusaron de bruja. No sirvieron de nada las súplicas de clemencia, los empleados y Don Rosendo, que conocían el esfuerzo inhumano que ella había hecho se interpusieron entre los vecinos y el galpón que resguardaba a la mártir. Uno de los enceguecidos vecinos hizo estallar su lámpara de aceite contra la puerta; el fuego pronto se volvió incontrolable y de nada valieron los esfuerzos de la gente para apagarlo.

Cuando salió el sol, una fina llovizna comenzó a aplacar las llamas, pero era demasiado tarde, Doña Rosa era ceniza, no quedo cuerpo por enterrar. En el lugar Don Rosendo monto un altar al que todas las mañanas llevaba flores para honrar la memoria de la mártir. Una de esas mañanas se encontró con un brote de pimiento, recurso favorito de Doña Rosa; y supo que ese debía ser su único altar.

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