3 segundos antes de sentir el contacto luminiscente que me haría fallecer,
me acorde de nuestros traspiés.

Verte llorar fue el peor castigo que me dio la existencia.

No éramos perfectos, y lo sabíamos. Los años pasaban y a medida que nuestras carreras crecían y nuestra dedicación aumentaba, cada vez nos enroscábamos más en las cosas que no importaban.

Tu depresión fue un martirio. Mis problemas con el alcohol no ayudaban.

Los gritos, las peleas, las deudas, la desesperación.

No fue una recuperación fácil la nuestra, no fue una recuperación completa.

Pero fue una recuperación al fin. Un horror que ya pasó, pero que desgraciadamente dejó secuelas.

Secuelas que se podían hacer presentes en cualquier momento.

Recuerdo una en particular que me aterrorizó. En una noche fría de Agosto que no podías dormir y  te abracé muy fuerte.

Me acuerdo que te habían echado del trabajo y te sentías frustrada, producto de la impotencia y el desengaño.  En ese momento te dije mi consejo de siempre.

Que le regalaras una gran sonrisa a la vida, porque todo iba a estar bien.

Y no te sirvió. No te calmó en lo absoluto, ni te importó.

Me di cuenta, que en el paso por la cornisa de nuestra relación, mi voz te había dejado de pesar. Mis palabras te habían dejado de dar ánimo.

Con el tiempo, logramos reconstruir nuestros puentes y rehacer gran parte de la felicidad que teníamos previamente. Es más, creo que haber pasado por esos malos momentos, en cierta forma nos hizo darnos cuenta que realmente nos necesitábamos el uno al otro.

Sabíamos desde que dimos el “sí” que no todo iba a ser hermoso y que íbamos a tener que sufrir en muchas situaciones.  El Chelo y la Rita que ya tenían un par de años más que nosotros en el tema lo habían aclarado bastante bien.

Creo que todos tenemos que vivir un poco de infierno, para poder apreciar cada sonrisa como si fuera un cielo.

Y ahí estábamos, averiados por las eventualidades de la vida.

Pero salimos triunfantes, Lorena. Quiero creer que salimos adelante.

2 segundos antes del choque resplandeciente que acabaría con mi existencia,
me acorde de lo que había pasado unos minutos antes.

Era el cumpleaños del Chelo. Estaba la casa llena.

Sé que me comprometí a no tomar más. Sé que era una promesa.

Pero no la cumplí. Fue primero un vaso y después otro.

Nunca iba a esperar que te enojaras de esa manera. Nunca me hubiera esperado de mí mismo estar tan ebrio como estaba.

Me acuerdo de la escena y los gritos frente a todo el mundo.

No te merecías ese papelón. No te merecías esto después de todo lo que luchaste por nosotros.

Me fui en el enojo al auto. Quería ir a despejar mi cabeza. Con la esperanza de que quizá, no verle la cara a las otras personas iba a limpiar mi vergüenza, que quizá con no verte la cara a vos, iba a permitirme resentir la idea de que me había convertido en un hombre horrible.

1 segundo antes de que el vehículo que tenía a pocos metros a la izquierda
y que alumbraba como un sol me atravesara para siempre, me invadió el peor horror de mi vida.

1 segundo antes de matarme, me di cuenta que vos estabas al lado mío.

Me acorde que me perseguiste al auto. Que me gritabas que no podía manejar así. No me dejabas ir. Yo te mentía diciendo que estaba completamente seguro de que sí podía conducir.

Siempre luchaste, siempre te arriesgaste por mí. Nunca te dejabas ganar.

Entonces cuando te negué el volante y me metí al auto, vos entraste al asiento del acompañante.

No dejaste de insistir en ningún momento. Ya con el auto en la calle seguías diciéndome que te diera el control a vos. Pasamos muchas cuadras así.

Y cuando al fin te hice callar, debido a mi estado de ebriedad, no me percaté de un semáforo que estaba media cuadra más adelante. Y pasé a destiempo.

Pude ver toda mi vida con vos en unos pocos segundos, pero en ninguno recordé que vos estabas ahora, en este exacto momento… a mi lado.

Fui un hipócrita. Me ofendí de que mi palabra te dejo de importar en algún momento, pero es mucho peor lo que hacía yo. Yo llegaba a ignorar tu presencia, como lo había hecho en ese instante, haciéndote callar y evitando escucharte.

Vos siempre la peleaste, siempre estuviste ahí para mí, me dejaste vivir la experiencia del verdadero amor, de la verdadera alegría.

Arreglaste cada pedazo obsoleto de mi alma, para convertirla en algo mejor. Me devolviste la esencia del vivir. Me diste un motivo para no dejarme caer antes las adversidades.

Y yo te devolví esto.

Fui una persona nefasta y lo supe demasiado tarde.

Tenía que compensarte, pero no podía hacer mucho. Sólo lo que ese pequeño segundo me permitió.

Gire la cabeza, y abrí la boca.

“Te amo Lorena…” dije con rapidez

Nuestra historia iba a terminar de la misma forma que empezó. Pero había una gran diferencia.

Esta vez no fue tu torpeza.

Esta vez fue mi culpa. 

 “…Perdón.” 

—“Luciana, ya están tus tíos acá, veni rápido que se van a ir”

La niña salió de su habitación rápidamente y saludo a sus tíos. Después se dirigió a su madre.

—“Mama, encontré esto en un armario buscando mis patines, tiene mucho polvo”

La niña saco un hermoso brazalete con un detalle que hacia acordar a una flor de rosa. Su madre lo tomo a la vez que recordaba donde lo había visto antes.

—“Me acuerdo de ese brazalete” —Dijo el ahora Tío Chelo—“Se lo diste al Rubén el día que lo conociste”

—“¿Y él se lo quedó?”

—“Y… era complicado que no lo hiciera. Al fin y al cabo en el mismo momento que se sentó en el pasto me dijo que vos ibas a ser la mujer de su vida y que no podía tirar un recuerdo tan valioso”

Lorena suspiro profundamente. No podía creer lo que escuchaba.

—“Quizá debería hacer lo que él no hizo y tirarlo a la basura” —Dijo Lorena.

—“¿Me lo puedo quedar?” Dijo Luciana justo después de que su madre terminara de hablar.

Lorena miro al Chelo y la Rita. Ambos lo pensaron y asintieron.

Lorena se agachó un poco y con algo de fuerza doblo el brazalete para que pudiera entrar en la muñeca de su hija.

El brazalete estaba doblado y quebrado en muchos puntos, pero sin perder su belleza y brillantez.

—“Este brazalete solo lo pueden tener personas muy especiales ¿sabes?” Le decía Lorena a su hija mientras le acomodaba la pequeña pieza de plata en su antebrazo.

Ahora la pequeña niña, ya con el brazalete en su muñeca se sonreía. Pero su cara pasó a la duda a los pocos segundos mientras miraba detenidamente el accesorio.

— “Mama, ¿y si a mis amigas no les gusta el brazalete y se burlan?”

Lorena se sonrió.

—“Acordate lo que te digo siempre. Si la vida te hace pasar un mal rato…”

Luciana lo recordó instantáneamente.

—“…¡Regálale una sonrisa!”

 

Para leer la primera parte: 5 segundos antes de matarme | Parte 1

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