Era una siesta muy siesta. De tanto que lo era el agua de las acequias estaba dormida.

Íbamos en caravana. El Bocha mi hermano, el Amadeo mi sobrino y yo. Sábado a las tres de la tarde esperando al Grupo 10, que va por el Carril Maza hasta el Polideportivo Ribosqui. El Amadeo iba nervioso, como puede estarlo cualquiera en un debut. Con sus hermosos nueve años tenía la titánica misión de defender el arco de los Bichos Verdes, su escuela de fútbol, en un campeonato infantil. Molestábamos un poco esperando el colectivo para distraerlo al Amadeo de sus ansiedades. Como si los tres tuviéramos nueve años nos empujábamos y hacíamos zancadillas, amén de una buena patada en el traste con el consabido “el que no tiene patente la liga”. Por fin pasó el micro y partimos rumbo a la gloria.

Cuando estábamos por llegar el Bocha hizo gala de sus conocimientos sobre direcciones y dijo: Acá nos tenemos que bajar. ¿Seguro?  Seguro,  me contestó. Y como siempre estaba equivocado. Nos bajamos dos paradas antes, en el barrio Canciller frente a las bodegas Giol (a Seguro se lo llevaron preso). Después de la escaramuza de sos un boludo y yo pensé que esa era la parada, empezamos a caminar y llegamos al Ribosqui sin otros percances .

Todas las canchas de fútbol estaban repletas de padres con sus teléfonos feibuqueando las fotos de los pequeños jugadores, de madres sentadas charlando con otras madres y de niños sudorosos corriendo tras una bella pelota. El campeonato estaba a pleno. La división del Amadeo jugaba en la última cancha, a las 17hs, así que rumbeamos para allá esquivando pelotazos. Al llegar una voz chillona resaltó por encima del bullicio. ¿Viste? Vinieron los del Barcelona a la escuelita de fútbol de Torrico y se llevaron a un pibe de cinco años…Un crack el pibe…

Pensé que con cinco años debería ser un prodigio para que del Barcelona de Messi hubieran venido a ficharlo y supuse que solo sería una falacia, de esas que crean un leyenda urbana. La voz tuvo una cara cuando nos acomodamos en el pasto. Era de un hombre de unos cuarenta años, petiso, con el rostro lleno de pliegues y una panza prominente, con la camiseta de la selección argentina que atrás decía Maradona. Me hizo acordar a un bulldog. El Hombre Bulldog.

-Cinco años tiene el pibe,  continuó diciendo. Ya tiene una carrera y vos, Santiago, seguís jugando para este equipito con nueve años. Te estás quedando…El Santiago era un niño de nueve años, flaquito, con el corte de pelo de Neymar y una camiseta de los Bichos Verdes que le llegaba a las rodillas, que solo atinó a decir sí con la cabeza ante el comentario desatinado del Hombre Bulldog, quien siguió hablando mientras yo maldecía por no tener audición selectiva para no escucharlo más, pero no era posible.

-Santiago, escuchame, tenés que dejar todo en este partido, nunca se sabe si hay algún enviado del Barsa mirando. El niño veía cómo sus amigos del equipo de los Bichos Verdes jugaban una mancha venenosa como precalentamiento. Sus ojitos brillaban de deseo por ir con ellos. El Hombre bulldog seguía hablando. Acordate de lo que te digo, desmarcate todo el tiempo, que los otros jueguen para vos, tenés que ser la figura del equipo. El profe de los Bichos Verdes y el árbitro tuvieron que sacarlo de la cancha amablemente porque todo estaba dispuesto para empezar, mientras él seguía aleccionando al Santiago. Se escuchó el pitazo y el partido empezó.

Los pibes se divertían, corrían cada pelota como si fuera la última. A pesar de los gritos de los profes para ordenarlos dentro de la cancha, todos iban tras la pelota en malón. El Amadeo de arquero tuvo un par de intervenciones brillantes, a pesar de que casi se hace un gol en contra de puro nervios. Cada padre festejaba la intervención de su hijo, por más mínima que fuera, alentándolos orgullosos. Por encima del griterío se escuchaba la voz finita del Hombre Bulldog:

Santiago, desmarcate, encaralo. Seguilo, seguilo… Dale Santiago, a ver si nos ven del Barcelona… Corré,  pecho frío. Dale, dale, ahí, marcalo, agarrala y mandate para adelante.

El Santiago se esforzaba, serio iba detrás de cada jugada, frustrándose todo el tiempo mientras los gritos del Hombre Bulldog acallaban al resto de las voces. Pendejo pecho frío, así nunca vas a jugar en el Barca como Messi. Corré, dale corré. El niño tuvo una solito frente al arco contrario, pero el disparo besó el poste y se fue afuera. Creo que una lágrima se escapó por sus mejillas al tiempo que se escuchó: Nooooooooooooo…muerto, sos un muerto.

El partido terminó en un digno cero a cero. Los chicos, jadeantes, contentos y agotados, se saludaron con sus compañeros y los del otro equipo; luego se fueron a buscar a su padres, sonrientes. El Bocha y el Amadeo se dieron un abrazo de campeones del Mundial. El Santiago se quedó solo en el centro de la cancha haciendo jueguitos. Entonces el Hombre Bulldog se le acercó y le dijo: Yo con tu edad era como el Batigol, como Crespo, y me hubiesen llevado al Barcelona a los cinco años. Nunca vas a ser como Messi. El chico levantó la cabeza y habló por primera vez y con una voz suavecita pero segura le contestó: Papá, yo no quiero ser Messi, yo quiero jugar a la pelota. El Hombre Bulldog no pronunció palabra por primera vez en toda la tarde.

Cuando somos chicos tenemos nuestro propio universo, nuestro mundo en donde somos lo que admiramos, lo que nos gusta, lo que nos llama la atención. Jugamos a ser bomberos, Messi, X-men, el Caballero Rojo, Dragon Boll Z, Violetta o Hans Solo. Los niños van fluctuando en sus deseos, un día son Piratas del Caribe y a la semana son un astronauta. A medida que crecemos recordamos con alegría y nostalgia nuestras vivencias como superhéroes, futbolistas o lo que sea. Y si tenemos suerte nos podemos dedicar a lo que nos gusta y si no tenemos la entereza de lucharla. El Hombre Bulldog seguramente quería ser futbolista y no se dió. Como el padre que quería ser Oscar Moro y le compró una batería al hijo o la madre que quería ser bailarina de ballet y le regaló un tutú a la hija. El fracaso de los padres, la pesadilla de los hijos.

El Hombre Bulldog y el Santiago se fueron caminando a la par. Cuando los estaba por perder de vista el Hombre Bulldog se detuvo, se arrodilló y le dio un abrazo al niño. Lo bueno de las pesadillas es que se puede uno despertar.

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