Me bajonea bastante personalmente ver en el facebook de gente mucho más joven que yo, un constante desfile de penalidades acerca de lo miserable que es su vida, de las pocas probabilidades de éxito que tienen, de lo difícil que les resulta todo, de la paja que se cargan.

No es que me joda leer anécdotas donde se vieron ridiculizados, o algo que les salió mal; son mas bien esas personas que viven llorando por face o twitter que si están gordos, que si no sirven para nada, que si los padres no los quieren, que si la escuela es una mierda, que si la persona amada no está 24 horas/ 7 días de la semana adorándolas.

Cualquiera diría: no leas eso y punto, cada uno hace lo que quiere con su FB o TW. Es cierto, pero también es inevitable pensar que de alguna manera muestran su angustia porque no la comprenden, porque quieren que termine, o bien porque necesitan empatizar con alguien que atraviesa lo mismo. Y a todos ellos, me gustaría darles algo: mi receta propia de la felicidad.

Puede parecer más fácil decirlo que hacerlo, también puede parecer muy sencillo para ser verdad… pero en mi propia experiencia, la felicidad se logra siguiendo dos simples máximas:

1)Lo fundamental: querer ser feliz. Pero quererlo en serio.

Todos tenemos problemas y alegrías. Y uno elige en qué se concentra. Si suponemos que la vida tiene dos habitaciones, una con cosas buenas y otra con cosas malas; lo normal sería llenarse de ánimo en la linda durante unos días para poder, un par de veces a la semana, entrar resueltamente a la que tiene los problemas y atacarlos de a uno, y sabiendo que, en caso de no poder con ellos, podemos refugiarnos en la otra a modo de spa, y recargar energías.

¿Qué pasa con esta gente que vive en la sala de los miedos y las angustias? Puede parecer re-original, re-auténtico, misterioso, hasta romántico, bucear y revolcarse en la mierda personal, y exhibirla como algo único y atrayente a los demás. Lo malo es que sólo atraen gente morbosa que pasa, mira y se va. Como la moda pelotuda de pendejas/os que se cortan las muñecas con navajitas y todos ensangrentados postean las fotos a quien las quiera ver. O las boluchotas que se sacan fotos en bolas diciendo que están gordas y que viva la anorexia. Se regocijan en la preocupación de quienes los quieren en serio y en la popularidad que logran con los morbosos que los alientan con su escándalo. Pero claro: siguen sumergidos en esos problemas, los alimentan, los agrandan, y un buen día no saben cómo salir. La angustia no es joda. Se agranda adentro nuestro hasta que nos acapara y nos maniata.

El resto de las personas, que ellos miran con la ñata contra el vidrio sin problemas aparentes, felices y despreocupados como en una propaganda de seguros, según ellos son bichos raros, descerebrados o ciegos, que no ven toda la mierda que existe en el mundo, la contaminación, las guerras, el hambre, la gordura o la fealdad. Pero no. Nada más alejado de la realidad. La gente feliz que ven por ahí no es gente descerebrada ni inconsciente. Es gente que la peleó y la pelea todos los días para ver la parte linda de la vida, sobre todo en esta época donde para venderte cualquier cosa te muestran lo inútil de tu pequeña y miserable existencia que sólo se mitiga adquiriendo el producto en cuestión.

¿Cómo se consigue esa felicidad? Primero sabiendo que no se puede tener todo en la vida, al fin y al cabo, no todo nos haría felices, y si la vida (o nosotros mismos a un nivel inconsciente) nos lo niega, seguramente es porque nos conviene. Segundo, encontrar placer en pequeñas cosas, que en realidad parecen pequeñas porque son pasajeras, pero adivinen: toda felicidad es al principio pasajera, hasta que empezamos a alimentar ese mundo, y somos conscientes de esa felicidad, y ya con ese humor instalado empezamos a sentir placer en otras cosas, todavía más chicas: un viaje en auto por territorio inexplorado, el sol en la cara, llegar a casa en invierno, una cerveza los viernes, el cansancio en las piernas después de correr. Cada vez se hace más fácil estar contento. En vez de mirarnos el rollo o la falta de gomas vemos lo bien que nos quedan los ojos brillantes y una sonrisa auténtica en la cara. En vez de escanear al otro buscando defectos lo escaneamos buscando virtudes y nos sentimos felices y honrados de poder contar con esa virtud tan cerca para cuando la necesitemos. En vez de contar los minutos para salir del trabajo y rogar que no caigan clientes, hacemos lo mejor que podemos y volvemos con la satisfacción del trabajo cumplido, de haberle alivianado la vida al que entró por la puerta. Es impresionante la cadena de buena onda que se genera. Si nos mandamos una cagada, dejamos nuestras ínfulas de superhombres y nos la dejamos pasar. Es un laburo de todos los días. Pero resulta y muy bien.

Puta madre ya parezco Bucay. Vamos a la segunda:

2) Quitar la vista del pupo. La mayoría de la gente que vive angustiada tiene el foco sólo puesto en el espejo. Todo el tiempo yo yo yo yo. Pensamos que lo que nos sale mal es porque nos envidian y lo que nos sale bien es lo obvio, justicia divina. Era hora. Son personas que se van encerrando de a poco, siempre algo molesta en los demás, “no me entienden, me dicen cosas que no me gustan, me ponen cara de culo si no digo lo correcto, se ofenden si los puteo. En cambio mi perro me ama como soy. Mejor me quedo en casa con mi mascota y mi tele, ahorro plata, ahorro esfuerzos, ahorro shampoo y enjuague”. A toda la gente que conozco y me empieza a contar su interminable retahíla de penalidades (a la cual mentalmente le quito un 80%) le pregunto si hace algún curso, si baila, si hace deporte, si se junta seguido con sus amigos. La mayoría me dice que no; pueden tener trabajo, esposo/a, hijos, pero siguen pensando sólo en su ombligo: los hijitos se crían solos, aunque tengan los padres todo el día con ellos, el cónyuge tiene la entidad de un cono de tránsito, y eternamente sufren esperando la llegada de ALGO que los haga felices y recién ahí, comiencen a vivir la vida. Flash informativo: NO VA A LLEGAR NADA, y si llega seguro no lo van a ver. Mucha gente encuentra su felicidad brindándose a los demás: cuidando niños, abriendo comedores comunitarios, yendo a la iglesia, podando el árbol de la vecina, ayudando a los padres con dinero o trámites o limpiando. Hasta que no dejemos de ver qué nos ofrece el mundo y empecemos a plantearnos seriamente qué podemos ofrecer al mundo, la angustia va a seguir llegando, cada vez con más fuerza, cada vez tenemos menos tiempo y menos oportunidades. No podemos frustrarnos por no tener a los treinta o cuarenta una imagen de fin de película yanqui: casa de dos o tres pisos, marido o esposa amante, hijos, auto nuevo, salvar el mundo de los aliens y vacaciones en el caribe. Y menos si queremos que nos caiga de arriba.

Miremos a nuestro alrededor: la gente feliz no es la que más cosas consiguió (y es tan difícil medir quién consiguió más cosas que quién) sino la que está orgullosa de quién es y de quienes tiene alrededor. El resto es espuma… y lo otro es depresión, oscuridad y mierda. Elijamos.

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