De chico siempre me gustaron los videojuegos, pero a decir verdad, nunca pasé del Mario, BomberMan o 1942 porque para mí, esos píxeles amotinados eran la gloria misma.

Un día, allá por mis 12 o 21 años (no recuerdo bien), un amigo va a mi casa y me dice:

 

–          Conep, vamos a ir al cyber del otro barrio a jugar a una gilada que se llama Counter Strike. Es un juego del que hablan todos.

–          ¿Mestás jodiendo? Para qué quiero ir a jugar a un juego de beisbol en donde el objetivo es contar los strikes? Dejame en paz que estoy por llegar al nivel 32 del Gálaga.

–          No das mas de choto Conep. Dale, vení.

Entonces cual rapto, me tomó del brazo y me sacó de mi casa. Mi vieja ni se preocupó porque en esa época era normal que si te raptaran fueran tus amigos para hacerte un poco más hombres.

Llegamos al cyber y un montón de pibitos estaban haciendo cola para meterse a alguna máquina y jugar. Yo me quería ir, ya desde esa época odiaba a la gente que no me interesaba en lo más mínimo.

De repente, un hueco entre un par de cabezas se abre y alcanzo a ver la pantalla de una pc.

Sucedió como un silencio. El tiempo se paró. La cámara se empezó a acercar a mi rostro estupefacto con la boca abierta cual asalariado ve en el cajero su depósito mensual.

Un par de brazos con una ametralladora se movía constantemente matando gente. Osea, era como que eras vos. Vos matando gente. Con armas pseudo reales.

El nivel espacio – temporal se compuso y a los manotazos empecé a sacar a cual pendejo se cruzara en mi camino hacia la máquina número 5 y al grito de ¡CARGAME 32 PESOS! me senté.

No sabía cómo moverme. No sabía cómo disparar. No sabía cómo comprar una puta munición. Pero ahí estaba. Frente al juego más realista – perfecto – entretenido – descargador de presiones que había estado hasta el momento.

– ¡BIEN CONEP! – me decía mi amigo.

Las horas pasaban y yo estaba en un éxtasis. Y así pasaron una, dos hasta tres horas y todavía me quedaba banda de crédito.

Hasta que el revuelto de gramajos que mi mamá me hizo en el almuerzo comenzaron a surgir efecto. En un momento sentía que dentro de mi estómago se jugaba un Counter Strike. Pero no me importaba nada. Las computadoras seguían cotizando en bolsa y el horario de la tarde – siesta era donde más guachos iban a enviciarse.

Cada vez se hacía más agónica la situación. Intentando no cagarme encima, me desconcentraba muy fácil y me mataban con cuchillos. En la cabeza. Yo con un AK – 47.

Necesitaba librar presión corporal de alguna forma. Y no tuve mejor idea que comenzar a despacharme de a pedos silenciosos. Y vieron lo que dicen de los pedos silenciosos. Si, son los más inmundos. Así empecé con uno. Con dos. Con tres. Con cha de la lora, me cagué.

Lo peor había sucedido. Uno de esos pedos traicioneros se hizo presente y me vino con sorpresa que casualmente no fue la mejor.

Como una bomba nuclear, la onda expansiva retiró a todos los presentes que veían como me acribillaban y quedé ahí solo. Solito. No sabía qué hacer. Ya estaba cagado y todos lo sabían. Era imposible caer más bajo, así que solo pude hacer la única cosa que me quedaba: seguir jugando hasta que se me acabaran mis 32 pesos.

Dedicado a mi amigo Bomur, para que sepa que compartía mis sentimientos y situaciones escatológicas antes que nos conociéramos.

Compartí, no seas paco