Margarita había sacado todos los lápices y colores de su mochila, tenía muchos colores a decir verdad, los había ordenado por tonos, todos en fila, podía notar que no eran nuevos, como si los levantara de cualquier lugar y los guardara.

– ¿Qué es eso? – pregunté.

– Organizo mi mundo de colores.

– ¿Mundo?

– Sí, ¿acaso no sabías que el mundo está hecho de colores?

– Mmm, ¿sabés que no?

Cuando le dije esto a Margarita, me miró enojada, pero ambos volteamos la mirada cuando salió la enfermera de la habitación de Mariana, me llamó hacia un pasillo.

– Discúlpame pero la paciente me dio esta dirección para que lleves a su hija hacia su casa, acá está la dirección. Si podes llevala, sino dejala acá, no es la primera vez que lo hace, ya le aviso a la señora que la cuida así viene. – me dijo la enfermera preocupada.

– No te hagas problema, yo la llevo, conozco el lugar.

Margarita escuchó todo, estaba atenta a lo que la enfermera me decía, se puso a guardar sus colores, me acerqué y la ayudé.

– ¿Cuantos colores tenes…? – pregunté

– Yyyy, si te estaba contando que el mundo está hecho de colores.

– Uy perdonáme, pero no lo sabía, ¿cómo es eso?

Salimos del lugar, en el mismo momento que puso un pie afuera me agarró la mano, fue raro, lo hizo natural, y no estoy acostumbrado a eso. Siguió hablándome como si nada hubiera pasado.

Margarita- El mundo es colores, es raro que un adulto como vos no lo sepa. Cuando vos ves un color te alegra el día, pensá todo lo que podes hacer, podes decirle a tu mamá cuanto la queres en un papel. Muchos no le dan importancia, pero estas usando un pedacito del mundo para decir lo contento que estas. ¿Vos te imaginas un mundo gris? Donde trabaja mi mamá es todo gris, por eso le hice muchos dibujitos, los tiene en una carpeta en el escritorio, porque su jefe no la deja tener en la pared, tengo muchos guardados para regalarle a ese señor para ver si así deja de hacer llorar a mi mamá cada vez que llega a casa, ella piensa que no me doy cuenta, pero yo lo sé todo, ya soy grande.

– La verdad que no lo sabía, a partir de mañana voy a llevar un color en mi bolsillo para escribir por todos lados que el mundo sea feliz ¿queres? – le dije.

– ¿Es una promesa prometida?

Me dio muchísima risa, me miró de una forma en la que me sentenciaba si no cumplía con lo que dije. – Sí, es una promesa prometida.

– Y bueno, el mundo es color, cada vez que veo un color tirado lo levanto y lo guardo. Muchos me molestan porque llevo muchos, sobre todo en la escuela, pero yo llevo un mundo en mi mochila, te puedo colorear tu mundo en dos minutos con los colores que llevo acá.

– Creo que vas a necesitar más colores Margarita – le dije riendo.

– No seas tonto, mañana te hago un dibujo para que se te pase, ¿sí?

– ¿Es una promesa prometida? – pregunté sin dejar de reír.

– Emm… sí.

Llegamos a la parada del colectivo y se sentó a mirar el piso, solo miraba el piso.

– ¿Qué te pasa? – le pregunté.

– Me quería quedar en el hospital con mi mamá.

– Yyyy, hay reglas, las horas de visita tienen un horario, hay que respetarlas.

– Las reglas más tontas son las que hay que respetar, yo solo quiero estar con mi mamá.

– Pero no podes Margarita.

– Antes me dejaban quedarme.

– ¿Y qué paso?

– Cuando mi mamá se dormía me iba a pasear por ahí, y las enfermeras se enojaban, no les gustaba que hablara con los pacientes.

– Es que no es para andar por ahí el hospital, quizás es por eso.

– Pero me gustaba, hablaba con mucha gente, muchos de los viejitos que hablaban conmigo me decían cosas interesantes, aprendía mucho.

– No sé qué decirte…

Era bien rara, justo en ese momento vino el colectivo, al subir busque la tarjeta en mi mochila, el cual al pasarla me acordé que no la había cargado, como siempre, miré a la gente que estaba ahí y comencé a pensar a quien le podía comprar aunque sea dos pases.

– ¿No tenes carga verdad? Deja, yo acá tengo.

Me puse rojo, me lo dijo con una sonrisa, como sabiendo que siempre me pasaba lo mismo. El micro venia llenísimo, no cabía nadie más. Fuimos hasta el fondo y nos quedamos quietitos ahí, en eso un señor de bastante edad ¿Qué edad? Emmm… y unos 65, por ahí, le ofreció el asiento a Margarita.

– Flaco, decile a la nena que se siente acá. – me dijo el tipo.

– Muchas gracias señor, Margarita sentate. – le ordené a la nena.

– No.

– ¿Cómo que no? el señor te ofrece el asiento.

– Muchas gracias señor, pero yo soy grande, y tengo que ir parada.

– ¿Grande? Si sos muy chiquita todavía, sentante yo me bajo acá a unas cuadras. – dijo riéndo.

– Eso es una mentira, solo quiere que me siente, pero yo ya le dije, soy grande.

– Vos no sos grande – aseguró sin dejar de reír.

– No hay edad para ser grande señor, a muchos nos toca hacernos grandes desde muy chicos.

El señor levanto la mirada con una sonrisa de oreja a oreja.

– Yo solo la estoy llevando a su casa, es la hija de una amiga. – comenté por las dudas.

– ¿Que tan grande sos? – preguntó el señor a la nena.

– Muy grande, tan grande como para darme cuenta que usted necesita el asiento más que yo.

– Entonces sos la nena más grande que conozco, ahora yo como un caballero quiero darte el asiento. – dijo complaciente.

A esa altura todos ya la venían escuchando en el colectivo, y nos parecía divertida la lógica que Margarita le planteaba al señor, el tipo parecía estar pasándola muy bien, por eso decidí callarme y escuchar.

– Señor ya le dije que no, yo soy fuerte, si me caigo puedo levantarme y no me va a pasar nada, usted tiene que cuidarse.

– Pero si yo me caigo y me muero no le hago falta a nadie.

El señor parecía estar divirtiéndose, y quería a toda costa que Margarita se sentara, quería vencer la lógica que ella le planteaba.

– Usted seguro que le hace falta a alguien, si tiene cara de viejito bueno, déjeme estar parada por favor.

– ¿Pero y si fui un viejito malo?

– Entonces sienta culpa de toda la gente buena que está parada ahora.

– Mira, vamos a hacerlo más sencillo, vos más de doce años no tenes, y yo soy mucho más grande, así que porque yo soy más grande te digo que te sientes.

– Eso es absurdo señor, usted por ser más grande no me puede decir nada, con su edad solo puede saber si lo que usted hace está bien. Yo ya soy grande para ver que puedo estar parada e ir así el resto del viaje. Si quiere darle el asiento a otra persona hágalo, usted es grande para saberlo.

Al terminar de decir esto se sintieron risas en el colectivo que iba mudo para escuchar lo que ambos venían conversando, o discutiendo, no podíamos diferenciarlo. El hombre se paró, le dio un beso a Margarita y le dijo.

– Cuando llegue a casa le voy a decir a mi esposa que hoy conocí a la nena más grande del mundo.

– Disculpe señor, espero que no se haya enojado – le dije al tipo.

El hombre sonrió, se acomodó la ropa entre la gente y se acercó a mi oído.

– Me pasé como 15 cuadras de mi casa, ahora me tengo que volver en taxi, pero no importa, la nena me alegró el día.

Margarita fue parada todo el viaje, y la verdad que la mochila con todos esos colores era pesada. Al llegar a su casa se bajó desanimada, se notaba que no tenía ganas de encontrarse con la mujer que la cuidaba, sacó las llaves de su mochila, entró y pasó derecho a lo que parecía ser su habitación, desde la cocina se escuchó un grito.

– ¡MARGARITA! – gritó Gloria.

Margarita cerró la puerta de su pieza, para luego abrirla un poco, sacando la cabeza y su brazo diciéndome chau en silencio, luego la cerró completamente cuando escucho que Gloria se asomaba.

– Margarita, Margarita ¡Ay Dios! esta nena, ¿y usted quién es? – me preguntó la señora.

– Yo soy conocido de Mariana, me pidió que la trajera.

– Me descuide un segundo y ya no estaba, ¿sos amigo de Mariana? Vení pasa, te preparo algo para que tomes, no hizo nada Margarita en el viaje ¿no? Es una nena terrible y me hace pasar unas vergüenzas.

– No señora, ella se porta de diez.

– Eso lo decís porque es la primera vez que la ves.

La señora me preparó un café, y en una bandeja preparó una taza de leche con galletas y dulce de arándano, se lo llevo a la pieza de Margarita y se lo dejó sin decirle nada, Margarita le dio un beso y le pidió perdón cerrando la puerta.

Gloria volvió y se sentó al otro lado de la mesa, estaba tomando mates.

– Y, contame, sos novio de Mariana.

– No señora, solo fui a visitarla al hospital, y Margarita estaba ahí.

– Siempre se me escapa, es una nena muy especial, la conozco desde que tiene 4, mirá, y hace cada cosa, ¿cómo está Mariana?

– Yyyyy, bien no se la veía.

– Y si, pobre, imaginate.

– Señora ¿Qué le pasa a Mariana?

Continuará…

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Capítulo 1

Capítulo 2

Capitulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

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