— ¡…y me quedé tan caliente…! No, una cagada, mina de mierda. Me hice la paja y nada, seguía tan calient…
— ¿Cómo?
— Que no se me pasaba la calentura de q…
— No, no. ¿Qué dijiste recién?
— ¿Qué me quedé caliente?
— No, después.
— ¿Después…? ¿Qué me hice la paja y no se me…?
— ¿Te hiciste la paja?
— Me hice la paja. Me masturbé. Sí. No te entiendo.
— No, no. Sí me entendés. ¿Vos te hacés la paja, Coco?
— ¿Cómo que si me hago la paja?
— Sí, lo acabás de decir.
— Bueno, sí, me quedé caliente y me hice la paja, Javi. ¿A qué querés llegar?
— ¿Pero es en verdad o lo decís por decir nomás?
— ¿Pero vos sos pelotudo? Te estoy diciendo que la calentura no se me fue ni haciéndome la paja, Javi, ¿qué me estás preguntando?
— No lo puedo creer, Coco.
— ¿Qué cosa?
—Debés ser el único tipo en el mundo, el único tipo arriba de los veintidós años y psíquicamente sano, que se hace la paja, Coco.
— ¿Eh? ¿Pero de qué estás hablando?
— Eso. Que tenés que hacértelo ver, Coco. No es normal que a tu edad te sigas haciendo la paja.
— Pero… pero… No sé, es que te veo hablando serio… ¿Es una joda o hablás en serio, Javi? ¡Para joda ya es muy larga!
—Es en serio, Coquito. No lo cuentes así, guárdatelo y andá a un psicólogo. Tratátelo.
— Pero ¿cómo me voy a tratar esto de que me hice una paja? ¿Vos no te hacés una paja cuando estás caliente?
— Oíme, todo el mundo, cuando está caliente, coje. Nadie, pero nadie se hace una paja hoy en día a nuestra edad.
— ¡Pero cómo que…! jé… ¿cómo que no? Estás caliente y… ¿Y si estás caliente y estás solo?
— ¡Pero nunca estás solo! Siempre hay una mina cerca que podés llamar. No existe que tengas que hacerte una paja como un chiquitín calentón.
— Pero… ¿Pero vos siempre que tenés una calentura te cogés una mina?
— ¡Obvio! Yo, y todo el mundo.
— Pero… ¿Y si tenés varias calenturas en el día?
— Escuchame, eso nos pasa a todos, a los hombres y a las mujeres. Llamás a una, o a otra… A veces te llaman ellas. ¿En verdad me decís que vos no llamás a nadie? ¿Vos preferís hacerte una paja antes que…?
— ¡Pará, forro! Yo prefiero cogerme una mina antes que hacerme una paja, pero no puedo llamar a una mina cada vez que… cada vez que estoy caliente.
— Pero ¿es por timidez?
— Pero ¡cómo timidez! Yo no tengo una mina cerca que me quiera sacar la calentura cada vez que la llamo…
— Pero ¿por qué? ¿Vivís en un lugar aislado? ¿No sos muy sociable?
— Pero… ¿En verdad vos llamás a una mina cada vez que…?
— Todo el mundo hace eso, Coquito, me llama la atención que vos no lo hagas.
El sonido de las cucharas contra los platitos y tacitas de café sonaban en el Isaac Estrella como el carrillón de un campanario perpetuo enclavado en cualquier montaña italiana.
— ¿Vos sabés que yo no? No sé, no… no tengo tantas minas como para… Es que tampoco sé si me animo a llamar a una mina… así, porque estoy caliente… No sé.
— Coquito, dejalo así. Esto queda acá. Pero ¿por qué no te acercás a un psicólogo y lo charlás? Ser pajero es una adicción, un prob…
— ¡Escuchame, pelotudo, yo no soy pajero! ¡No tengo problema en cogerme las minas que sean!
— Está bien, está bien, Coco. Dejemos esto así. Olvidemos esto. Bancame que voy al baño, aprovechá y respirá profundo, relajate que yo ahora vuelvo.

En el murmullo de cucharitas y voces y risas y sillas corriéndose Coco clavó la mirada en las servilletas arrugadas de la mesita pensando en que tal vez era buena idea la del psicólogo hasta que levantó los ojos buscando a Tulio, el mozo, y se dio cuenta de que justo atrás de él, dos chicas se reían y miraban a la mesa. No hizo falta más nada. “Este hijo de puta…”, arrugó otra servilletita, y sonrió. Javi volvió, tal como Coco imaginó, mirando con una sonrisa cómplice a la mesa de atrás suyo, y se sentó divertido.

— ¿Y Coquito? ¿Todo bien?
— Todo bien. Y estuve pensando y tenés razón. Voy a ir al psicólogo.
— Sí, Coco. Dejar de acogotar la gallina te va a hacer más hombre, vas a ver.
— Tenés razón, Javi. Voy a aprovechar el viaje para desconectarme y a la vuelta voy al psicólogo.
— ¿A dónde te vas?
— Me voy a conocer Europa del Este y después me quedo en Francia un mes. ¿Por qué no te venis también? Prometo no hacerme la paja…
— ¿Un mes a Francia…? ¿Pero qué pasó, a quién afanaste?
Coco se rió.
— Dale, Javi, venite conmigo. Me voy dos meses y medio, si querés enganchás el último mes en Francia…
— Pero, Coco, ¿estás en pedo? No me puedo ir a Europa…
— ¿Tu vieja no te da permiso, Javi…?
— Forro, no tengo la guita para irme. ¿Vos de dónde…?
— ¿No tenés la guita? Pero, ¿lo decís en serio…?
— ¡Claro!
— Pero, Javi, ¿en qué te metiste, hermano? ¿Cómo me decís que no tenés la plata para hacerte un viaje pedorro a Europa del Este que es baratísimo? Javi… ¿estás debiendo mucha plata?
— Pero no seas pelotudo, ¡no le debo a nadie!
— Oíme, Javi, yo te conozco, ¿estás gastándote la plata en el juego? ¿En los jueguitos de internet?
— Pero ¿de qué mierda estás hablando? ¡Jamás pagué por un jueguito de internet!
— Decime en qué juego te estás gastando el sueldo. ¡Yo te puedo ayudar, Javi!
— ¡No seas pelotudo!
— ¿Es el Candy Crush ese no? ¿Es ese jueguito de nuevo, no?
— ¡Pero, Coco, cállate, forro! ¡Alguna vez jugué al Candy ese, pero nunca pagué nada!
Varias mesas del bar miraban la penosa situación.
— Está bien, está bien. Lo hablo con tu mamá, dejá.
— Pero ¿qué carajo vas a hablar con mi vieja?

Coco se puso de pie, sacó su billetera y dejó caer un billete sobre la mesa. Mientras agarraba el teléfono se dio vuelta y las dos chicas lo miraban fijo.
— Las invitaría encantado, pero tengo… tengo problemitas con el sexo —les dijo, y una de ellas sonrió.
— Así que era eso… —dijo Javi ya más sereno.
— Ratón… —le dijo Coco en un susurro.
— Pajero —le respondió Javi.
Saludándolo de lejos a Tulio, Coquito se fue. Javi se levantó, tomó sus cosas, dio un paso hacia la mesa de las chicas que lo miraron desconcertadas… pero finalmente giró, lo saludó a Tulio que se reía, y salió minutos después que Coquito.

— ¡Boluda, ese tipo de la mesa de al lado se venía para nuestra mesa! — dijo la chica de rodete castaño.
— Sí, cuando vi que amagó a venirse casi me voy a la mierda, otra que Matías…
— ¿Casi te vas con el que te quería invitar?
— ¡Sí! —dijo la rubia riéndose— ¿Nunca dijo a dónde me quería invitar, no?
— Me imagino que a tomar un café, no sé, bueno, seguime contando.
— Bueno, la cuestión es que Matías salió del baño y ¡la tenía re mini!
— ¡Nooo!
— ¡Síii! Y ahí fue que le dije que me perdone, que éramos pareja.
— ¡Qué hija de puta! ¿Y ahora tengo que fingir que soy lesbiana?
— No tenés que fingir nada. ¡Reconocé que te caliento, Luly!

Y las dos chicas rompieron en una carcajada que se perdió en los murmullos permanentes que recrean esa atmósfera perpetua que habita en el Isaac Estrella .

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