“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.”

La metamorfosis, Franz Kafka

Se cree que las invasoras de seis patas comenzaron su asociación con los humanos cuando éstos empezaron a vivir en cuevas. Okupas con la paciencia de un Rinpoche van tomando habitación tras habitación de las casas en un avance suicida.  A una velocidad vertiginosa corren sigilosas en la oscuridad; sólo se distraen en un instante lleno de pavor cuando prendemos la luz, se congelan y luego huyen hacia el recoveco más oscuro para replegarse y planear la nueva estrategia. Tienen la meta de colonizarnos, de eso estoy seguro.

Sobrevivieron a caídas de meteoritos, glaciaciones, explosiones nucleares y pisotones furiosos. Siempre presentes en la evolución del ser humano: conquistaron Europa en los drakkars vikingos; cruzaron los Alpes en los elefantes de guerra de Aníbal; llegaron a América antes que Colón en los navíos chinos Ba Chuan hechos de juncos; miraron curiosas cómo caía el filo de la guillotina sobre el cuello de María Antonieta; iban calentitas en un trineo de la expedición de Amundsen para llegar al Polo Sur; se rieron del gas mostaza en las trincheras de Verdún; alguna alunizó con el Apolo 11 y ahora están en mi casa.

Comenzó como guerra de guerrillas, aparecían en forma fugaz en la espesura de la cocina, veloces cruzaban por el piso para llevarse una miga. Entonces una buena dosis de veneno las mantuvo a raya, por un tiempo no más. Fui cambiando la marca de los insecticidas por otras que prometían una muerte más fulminante que el anterior producto, hasta que se inmunizaban. Luego fue el tiempo de geles asesinos y casitas confortablemente venenosas que tuvieron resultados infructuosos y onerosos.

Era momento de medidas drásticas, algo así como un 6 de agosto de 1945 en Hiroshima. Busqué en Páginas Amarillas y llamé a un exterminador de alimañas matriculado y sabedor de su trabajo tanto como lo era Willian Lee de “Almuerzo Desnudo” la película de Cronemberg, el libro de Burroughs. Fue un fiasco carísimo, la ausencia de las colonizadoras duró por un corto tiempo. Volvieron con más ímpetu y refuerzos.

Desesperado recurrí a un brujo que se autotitulaba “El Aniquilador de Seres Oscuros”, magia de la buena y de la blanca pregonaba. De la buena y de la blanca aspiraba el supuesto hechicero porque las intrusas se desternillaron de risa con el incienso y los pases mágicos.

Se me ocurrió introducir en el ecosistema hogareño alguna especie que sea depredadora de las usurpadoras, fue una brillante idea hasta que descubrí que su Némesis son ellas mismas; así, con ese dato, intenté hacer servir para mi causa a algunas traidoras, mediante la promesa de una buena recompensa de comida en descomposición y azúcar. Fue en vano; descubrí que son fieles y leales para con los suyos, un esprit de corps digno de la Legión Extranjera.

Pensé seriamente en ofrecerles un armisticio; pero no creo que acepten la tregua, por la sencilla razón de que se creen vencedoras. Entonces lucharé hasta el ulterior aliento de insecticida, lo haré convencido e incansable para defender mis dominios y mi soberanía.

Hasta la victoria siempre, pero un empate siempre viene bien.

 

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