Mendoza es una tierra hermosa, lo saben mendocinos y foráneos, con paisajes soñados y gente tranquila y hospitalaria. Y desde hace mucho tiempo, el vino mendocino se ha convertido en nuestra bandera, y mostramos orgullosos a propios y extraños el trabajo del hombre de campo, del cosechador, del enólogo, como grandes partícipes de una industria pujante. Es por eso que hacemos una Fiesta Nacional de la Vendimia, surcada por constantes polémicas año a año, que ponen en tela de juicio si representa el trabajo de un pueblo o sólo es un concurso de belleza manchado por intereses políticos. Analicemos cada una de sus aristas.

Por empezar, se trata de una fiesta en honor al trabajador de campo, aquel que conoce de esfuerzos, de levantarse cuando el sol aún no aparece, y que deja el cuerpo en la viña. Sin embargo, el productor/ cosechador suele ser el convidado de piedra de la cuestión: sin ir a su propia fiesta, olvidado, y representado por actores, vistos por una platea de políticos y empresarios que nada saben de esfuerzo y dedicación. Me pongo a pensar en los productores que perdieron todo un año de trabajo en un segundo a causa del granizo, y con seguridad puedo afirmar que no están para fiestas. Se olvida el verdadero sentido de la vendimia; festejan los extraños, y los propios sufren las consecuencias de los climas adversos, y de las pésimas condiciones de trabajo, muchas veces sin la ayuda de un Estado ausente.

Otra arista a analizar es la excesiva exposición, por lo menos a mi criterio, de las “Reinas” vendimiales. La fiesta cada vez más se aleja de su propósito, para convertirse en un concurso de belleza vacío y absurdo, con representantes departamentales, mal llamadas reinas, que están muy alejadas de la idiosincrasia cuyana. Suena exagerado quizás, pero el título real poco tiene que ver con lo que somos como pueblo. No sólo eso, sino que no cumplen un rol activo en una tarea concreta, más que para adornar un circo carente de sentido. Se prioriza la belleza antes que una preparación que sirva a la provincia en materia de turismo, por ejemplo, eligiendo soberanas a dedo o por conveniencias políticas. La soberana nacional debe ser una mujer preparada, no un mero estereotipo de belleza que embellece carteles publicitarios. Hay chicas con capacidades reales que quedan afuera por acomodos por simpatías políticas.

Algo que ha suscitado muchos conflictos últimamente es el sueldo de bailarines y actores. El arte como tal no tiene precio, y no dudo de la preparación de los artistas, pero suena injusto y hasta incluso despiadado que un bailarín pretenda cobrar 20 mil pesos, cuando un trabajador de la viña cobra 6900 pesos por labores desgastantes a pleno sol (remítanse al convenio vitivinícola del presente año para que constaten que no miento con las remuneraciones). Entonces me pregunto: ¿cual es el valor de una fiesta en honor a alguien que, a fin de cuentas, es el más empobrecido del sistema? ¿Creen que por ser representados teatralmente suprimen las angustias y penas de perderlo todo, o soportan las miserias que reciben por un tacho de uva, por una hora de trabajo en detrimento de su salud? ¿No deberían ser estos, los verdaderos hacedores, los más beneficiados por una temporada de arduo esfuerzo? Repito, no cargo contra actores y bailarines, sino contra un sistema perverso que llena las copas de los poderosos y políticos, para festejar como propio el mérito de otros.

La vendimia como tal es una fiesta ajena a los productores y trabajadores del vino y constituye un claro ejemplo del poco valor que se le da al trabajo. Es lo más parecido al circo romano, donde los espectadores se mofan y festejan el esfuerzo de los nadies, aquellos que salen a pelearla todos los días.

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