La historia de Horacio y Eva no es una saga, ni una novela, ni debería estar capitulada, sino que las mismas van surgiendo al azar, básicamente según lo inspirado que esté. Pero, es verdad que sigue cierta correlatividad. De todas formas, pretendo que disfruten el camino, no el final. O sea, la historia en si es incierta, seguramente triste, lo interesante debe ser lo que va sucediendo. Además pueden ir apareciendo “anexos”, que no hacen a la historia de Horacio y Eva, pero pueden ir sumando detalles y personajes. Entonces, si no han leído nada antes, les paso la correlatividad de las mismas:

Capítulo 1 – La sucursal mendocina de los Hombres Sensibles de Flores
Anexo 1 – La secta de los Seductores Implacables
Anexo 2 – Consejos trasnochados para un abandonado
Capítulo 2 – Hasta que choque China con África
Capítulo 3 – El hilo rojo

Anexo 3 – Los onanistas impúdicos

Cuenta la leyenda que en el Colegio Martín Zapata había un grupo de muchachos que tenían un vicio incontrolable. Mientras algunos pibes fumaban en el baño o esperaban al fin de semana para tomarse un vino entre varios, a escondidas de los padres y la policía, los integrantes de este grupo, capitaneados por Joaquín Fernández no podía parar de arroparse sus partes con abrigo manual.

El punto de encuentro diario, previo a entrar al curso, era el baño de hombres del segundo piso, en el penúltimo inodoro. Ahí se amontonaban los cuatro, compartían material pornográfico, que iba desde almanaques hasta revistas de Avon, se ponía uno para cada vértice y procedían al traqueteo.

El fervor los volvía osados, cada vez que entraba la Romina al curso, con ese cuerpo de mina de universidad, las manos de los onanistas cobraban vida propia y se automatizaban dirigiéndose a zonas oscuras. Esparciendo el placer en carpetas, folios y hasta el mismísimo piso.

Las sincolas de cualquier persona de esa edad tenía como locación típica un pool, un bar, los videojuegos de la calle Gutierrez, el shopping o alguna plaza de mala muerte. Incluso una casa solitaria o una mamá gamba que contenía a los infractores. Bien… para este grupo de autómatas muchachos el único destino eran “las cabinas”, o sea… los cines porno de la galería Tonsa o de la calle Lavalle. Tenían que ir rotando porque los dueños de esos lugares prohibían estrictamente el chaqueteo, así que, como un casino ficha a los ganadores y les impide el ingreso, los onanistas muchas veces no tenían admisión en este tipo de lugares. Aunque el tiempo y las medias los habían convertido en expertos del disimulo.

Viajar en micro parado era un placer, un momento sensorial que se almacenaba en la memoria a corto plazo y era automáticamente utilizado al llegar a casa. En realidad los onanistas recababan material de cualquier sitio. Compañeras, profesoras, posters, películas, series, dibujos, fondos de pantalla… hasta el uso de elementos de contextura blanda los hacía imaginar cosas.

La cena de un cumpleaños de quince o portar un documento falso para entrar a un boliche prohibido para menores de 18 era la gloria para cualquier pibe del curso. Excepto para Joaquín y los onanistas impúdicos. El súmmum de la algarabía era tener una casa sola por el fin de semana y juntarse con la pornoteca de cada uno a gastar pólvora en inmorales maratones. Una noche le negro Raúl llegó a las insuperables 14 repeticiones. Record que era digno de admiración del resto. Como también el de Esteban Freyes que estuvo más de veinticinco minutos pirobeando en la misma serie.

No había ocasión que los onanistas no encontraran propicia para evacuar sus instintos, para darle rienda suelda a su obsceno placer. No perdonaban el más mínimo error femenino, como un jumper al viento o un bretel suelto, que se conectaban con la mirada y sabían cuál iba a ser el próximo indecoroso evento. Pasaban desapercibidos en el curso, en la vida, ante los profesores, las mujeres y el resto de la gente. No daban ni para víctimas del bullying general. Eran como fantasmas… eternamente concupiscentes y adictos al sarandeo.

A las mujeres de carne y hueso las veían como seres inalcanzables, porque no podían pensar en otra cosa que no fuese en el coito. Las pocas palabras que cruzaban con ellas eran cortas, chatas, nulas, nerviosas, indecorosas… con el único fin de retener en las retinas alguna fotografía que amerite el apalancamiento. Las chicas se daban cuenta de la morbosidad en las miradas de Joaquín y los onanistas y los esquivaban, por raros, friks o borders.

Los roces de los amontonamientos en las pistas populares de los boliches, el pogo en los recitales, las colas de las colas de ingreso a cualquier lugar, todo contacto femenino libraba un torrente irrefrenable de lujuria inmoral, levantando el ego de los onanistas y colapsando con ganas inmediatas de explorarse los petardos en la mano. Motivo por el cuál habían sido expulsados violentamente de muchos recintos públicos y privados.

A mediados de año, Joaquín transitaba un consecutivo desastre de calificaciones en matemáticas, por lo que sus padres decidieron que el muchacho asista a clases de apoyo. La palabra “apoyo” lo hacía imaginarse cosas, pero la idea de tener que contraer una obligación tan espantosa lo violentaba. De todas formas la medida fue impartida con obligatoriedad, por lo que esa misma tarde asistiría a su primer clase con la profesora Marcela Saldaña.

Idiota, enojado, siesteramente evacuado con un llavero de una modelo alemana, llegó al instituto.

Cuando Marcela abrió la puerta Joaquín no supo con que parte iba a comenzar primero… si con lo de adelante o con lo de atrás. Cuarenta años, rulos sueltos, lentes de marcos gruesos, unos kilos perfectamente de más, la cara lavada, salvaje, seria, labios carnosos. Sabía lo que quería, sabía a que había venido al mundo, matemáticamente sensual, con la edad justa… esos cuarenta bien puesto que le permitían jugar en toda la cancha.

Joaquín se quedó boquiabierto. Esa mujer era pura sensualidad, una fruta madura, carnosa, de esas que crujen al ser mordidas y chorrean néctar por la boca, los labios húmedos, la pera, el cuello… sexo. Uno más uno, dos por uno, tres por cuatro… en cuatro, en cinco, el siete, sesenta y nueve. ¡Vivan las matemáticas!

– ¿Vos sos Joaquín? – preguntó con voz seria.

– Si, señora – le dijo nervioso el onanista procesando cada gesto de su próxima víctima indecorosa.

– Pasa chiquito… acá vas a aprender mucho.

***

– Buen día… ando buscando a Horacio – preguntó un joven bien peinado, vestido elegante y moderno.

– Si pibe, es ese de gris que está sentado ahí – señaló Tulio, el camarero del café Isaac Estrella. Al tiempo que el muchacho se dirigió decidido hasta el vendedor de sellos que cafeteaba triste.

– Horacio… estoy enamorado de una mujer imposible. – Dijo Joaquín Fernández, ex miembro de los onanistas impúdicos.

– Como todos en este bar… como todos en este mundo. Sentate…

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