Trance.Principio

Cerró los ojos y el mundo fuera de su mente, simplemente, dejó de existir. Nada importaba. El no importaba. El parcial no importaba. La sangre no importaba. Cerró los ojos y se vio ensimismada por su propio palacio mental, donde más le gustaba estar.

Sus manos empezaron a escribir compulsivamente y era lo más cercano que conocía a una sobredosis. No era frecuente que se sintiera así. Sintió que de pronto el mundo se había vuelto banal y estúpido, y que su familia confundía con banalidad, todas las revelaciones que tenía en su mente.

Sabía dónde estaba. Sabía que su mente viajaba mucho más rápido que muchas otras ocasiones, y que sus dedos tecleaban letras a una velocidad que hacía mucho que no tenían. Nada más que el momento importaba. Estaba en su palacio mental. Y en su cabeza podía ver todo en slow motion.

Paro de escribir y abrió los ojos. Los volvió a cerrar. La nieve empezó a caer. El viento empezó a soplar. De pronto ella ya no era ella. Estaba caminando y veía huellas y pequeñas gotas de sangre manchando el blanco paisaje del laberinto que había hecho construir para deleite propio. Cerró los ojos y se vio en su cama tapada con una manta de polar a cuadros violetas y rosados, y sentada en la cama escribiendo en su computadora sin ver el monitor.

Volvió a cerrar y abrir los ojos. Estaba solo con un pijama y descalza, pero la nieve no le quemaba los pies. El conteo normal de leucocitos en un gato es de 4 a 11.000 por mm3. Stop. Nada importa. La nieve. El presente no importa. Palacio mental.

Cierra los ojos y los vuelve a abrir. En uno de los bolsillos del pantalón pijama de peluche descubre que tuvo todo el tiempo una daga chiquita que suena despacio con un cascabel incrustado, regalo de su macabro marido que ahora cree que yace muerto en algún lugar perdido del laberinto que se hizo construir para emular el de su película favorita, el resplandor, de Kubric.

Tiene que escribir rápido, lo sabe. Pronto el estado mental se volverá a alterar, y los sentimientos normales aparecerán. Ahora su mente está en un trance. Tiene que escribir. Vuelve a cerrar los ojos y lo ve ahí, pálido y tirado en la nieve, la cual ha dejado de caer, y el viento ha dejado de soplar. Stop.

Le da un beso en la boca y con una de sus manos, saca la daga de su bolsillo y la lame con tanta fuerza que se lacera la lengua. Sangre. Leucocitos, eritrocitos y todas esas sandeces médicas. Stop. Inspiración. Va viendo de a poco como la sangre va cayendo en la cara ya del muerto.

Cierra los ojos. Va al espejo de su baño  y se mira la lengua. Tiene una cicatriz vieja, ya curada de una laceración. Como si hubiese lamido una daga. Pero eso no puede ser. Es ficción. ¿Lo es?

La delgada línea entre cordura e insania es más pequeña de lo que parece. Pero en su barrio nunca nieva, y es muy joven para casarse. Fue otra vida. Otra vida que le dejo marcas en su lengua. En su mente. Sus manos se ponen frías y debajo de la almohada hay una daga. Una daga con sonajero. Que aquel marido de aquella vida le regaló. Stop.

Trance. Final

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