Se siente ese gusto salado cuando se apura un beso con llanto. Más salados son aun, cuando la culpa es propia. Ese llanto ya era conocido para el “bravo y valiente” misógino, por lo menos así se veía él cuando después de sacudirle otro golpe más a su “amada”, la abrazaba y gentilmente le suplicaba mil perdones. Ese ya era el tercer arrebato en lo que corría del año. El juramento que ella hiciere otrora de que la tercera sería la vencida, se le había vencido ante el temor y la inútil esperanza. Una vez más lo perdonaría y le creería su enésima promesa de nunca más volver a repetirlo. Quizás era algo en sus ojos que la inducían a creerle, quizás era el miedo a la soledad que la desesperaba, quizás sus propios demonios la estaban convirtiendo en lo que ella juró que nunca sería. El silencio cómplice del desasosiego comenzaba a preparar el terreno.

Las excusas eran cada vez más inverosímiles y los silencios incómodos después de contarlas ante sus allegados se alargaban como crudos inviernos desolados. Nadie quería invadir su privacidad, pero al mismo tiempo buscaban darle el indicio de que tal situación no estaba bien, ni era normal. Ella, uno a uno los iba alejando para evitar más sospechas. Cada vez menos amigas, cada vez menos contacto con la familia y esta última vez tuvo que renunciar a sus aspiraciones laborales, puesto que ya su jefa y varias compañeras estaban preguntando de más. La soledad comenzaba a lastimar, como lo hacían los golpes.

Guardó sus cosas en una bolsa de consorcio, apurando una despedida que nadie esperaba y raudamente emprendió la retirada de la oficina, el último cable a tierra que le quedaba. Ya peleada con sus padres, su hermana viviendo en otro país y sus amistades desgastadas por las incesantes mentiras, su trabajo y el gimnasio eran los únicos escapes que tenía de su ajustada y severa realidad, por supuesto que el gimnasio se había convertido en un lugar condenable para él, porque según sus teorías solo iba para conocer gente y para mirar otros tipos, así que al igual que el resto de los demás aspectos de su vida, tuvo que despedirse también de ese. Su estima ya mancillada y abusada respondía como un perro callejero al ver una mano que se levanta.

Llegó a su casa y se quedó petrificada contemplando lo que la rodeaba, vio la foto de las primeras vacaciones juntos y corrió a abrazarla con melancolía mientras buscaba en su inconsciente las fuerzas necesarias para tomar la decisión que siempre supo correcta, pero que el miedo constantemente posponía. El solo hecho de pensar en la pelea que traería aparejada una ruptura le hizo doler el corazón y le recordó lo que todavía le dolía el cuello de su último round con “el bravo”.

Él llegó a casa otra vez lleno de sus frustraciones diarias, odiaba a su jefe pero no tenía agallas de enfrentarlo, cada vez que lo ridiculizaba frente a sus compañeros fantaseaba con pararse y propinarle un certero derechazo, pero lo cierto es que nunca lo haría, necesitaba mucho de ese empleo. También venía enojado con sus amigotes de siempre, que lo habían tenido de punto el último tiempo y hasta se habían creado un grupo alternativo para armar planes sin su presencia, por lo que se sentía ofendido y también había fantaseado un par de veces, enfrentarlos a golpes de puño a más de uno. Finalmente al llegar a su automóvil a la salida de su trabajo encontró que le estaban haciendo una multa por estar mal estacionado y por un momento deseó poder tener el coraje suficiente para poder enfrentar a mano limpia a ese deleznable purrete que le estaba labrando tamaña infracción. Una vez más se acobardó.

Ni bien abrió la puerta del hogar cruzaron una fría mirada. Ella esperaba una sorpresa, quizás flores, o por lo menos un falso cambio que sabía que pronto se desvanecería. Pero esta vez ni siquiera eso. Un beso chato y descosido en la mejilla al tiempo que tiraba su mochila con violencia contra el sillón, vociferaba un par de insultos al aire y se dirigía presto a prender el TV y revisar su celular. Ella lo esperaba con comida casera, él ya había comido alguna minuta en el trabajo y se había olvidado de avisarle, ella quiso acariciar su cabeza, pero él –molesto- le corrió su mano y siguió concentrado en su teléfono. Fue ahí que ella supo que era momento de hablar. Un frío repentino recorrió sus entrañas y casi enmudecida con un ahogado tono de voz susurró:

– Tenemos que hablar.

– No estoy de humor. Cerró él.

Ella insistió una vez más al respecto y ante su negativa a escucharla, simplemente decidió avisarle que ya estaba decidida a abandonarlo. La suerte estaba echada, los dados giraban caprichosos en el aire ante su inminente reacción. Hablaron fuertemente, cruzaron un rosario completo de insultos irrepetibles y ella corrió hacia el cuarto a preparar una valija para escapar. Al salir ya era demasiado tarde. Lo encontró enajenado pateando los muebles de la casa y amenazándola para que no se fuera, ella se abrió paso ante su aprisionamiento y él –repentinamente- recobró todo ese coraje que al parecer no tuvo para enfrentar a su jefe, ni para apurar a sus amigos ni para prepear al policía y le propinó un sonoro cachetón de revés y con mano abierta, de esos que dejan los cuatro dedos marcados. Con ese golpe y un empujón logró reducirla en el piso, al tiempo que sus toscas manos comenzaban a apretar fuertemente su frágil cuello, mientras lloraba de furia e insultaba a los cuatro vientos.

Pasaron unos instantes y la fiera logró calmarse, una vez más la abrazó rápidamente y la besó con esos besos que saben a sal, al besar las lágrimas ajenas mezcladas con las propias, esa sal furiosa que deben tener los océanos cuando confluyen. Comenzó a pedir perdón una y mil veces, pero los ojos de ella permanecían inmóviles, su boca todavía abierta parecía imposibilitada de emitir sonido alguno y su pecho ya no se henchía con bocanadas de aire.

Todo terminó, terminó como todos sabíamos que iba a terminar, como todos permitimos que terminara, como lo recordó su madre entre sollozos en su entierro, como lo comentaran sus compañeras durante el velorio, como lo relatara el periódico al otro día, como lo escribiera la crónica policial cuando lo encontraron a él todavía abrazado a su cuerpo sin vida, como nos quedaremos pensando nosotros, una vez que terminemos de leer estas pobre líneas. Una lágrima más y ni una menos.

Sus caricias no borraron sus moretones, sus disculpas no curaron sus heridas, su llanto no frenó su llanto, sus golpes en la pared no acallaron su miedo, su amor no detuvo la sangre, sus abrazos no arreglaron sus huesos, sus besos no indemnizaron sus amenazas, su locura no negoció con su libertad, su dinero no pagó su humillación, sus regalos no compraron sus abusos. 

Y sobre todo su arrepentimiento no la pudo revivir.

Las flores son mejores cuando se entregan en mano, que cuando se dejan sobre un cajón.

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