“Hay un punto muy caro en el cual, sin embargo, mi memoria no falla. Es la persona de Ligeia. Era de alta estatura, un poco delgada y, en sus últimos tiempos, casi descarnada. Sería vano intentar la descripción de su majestad, la tranquila soltura de su porte o la inconcebible ligereza y elasticidad de su paso. Entraba y salía como una sombra. Nunca advertía yo su aparición en mi cerrado gabinete de trabajo de no ser por la amada música de su voz dulce, profunda, cuando posaba su mano marmórea sobre mi hombro.(…) Miraba el delicado diseño de la nariz y sólo en los graciosos medallones de los hebreos he visto una perfección semejante. Tenía la misma superficie plena y suave, la misma tendencia casi imperceptible a ser aguileña, las mismas aletas armoniosamente curvas, que revelaban un espíritu libre. Contemplaba la dulce boca. Allí estaba en verdad el triunfo de todas las cosas celestiales: la magnífica sinuosidad del breve labio superior, la suave, voluptuosa calma del inferior, los hoyuelos juguetones y el color expresivo; los dientes, que reflejaban con un brillo casi sorprendente los rayos de la luz bendita que caían sobre ellos en la más serena y plácida y, sin embargo, radiante, triunfal de todas las sonrisas.”

Ligeia. Edgard Allan Poe

– Juraría que está hablando de mi, Sr. Poe.- dije mientras me acercaba a la estufa. La sala era amplia, el techo alto y, a pesar de que era una construcción antigua, tenía dicroicas que iluminaban los laterales del lugar. En el centro, una araña colgaba del techo, simulaba una de la época Victoriana.

– Mi querida Mina, siempre tan curiosa. ¿Que hace que no está cuidando de su esposo en este momento?

– Hace rato que Jonathan prescinde de mi compañía, Edgar. Cuénteme usted, eminencia, suele pasear seguido por éstas salas.

– Solo si Howard me acompaña. Recordábamos mi viejo amor, Ligeia.

– Sr. Lovecraft – Dije haciendo un movimiento de cabeza descendente.

– Srta. Murray. Siento mucho lo de lo Jonathan.

– No se moleste. Ya casi ni me acuerdo, lo último que supe de él es que su bovina esposa lo hizo padre.

-¡Mina! ¡Siempre tan vulgar! No mire hacia atrás. Bien ya lo escribí:

“Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron… a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado y sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenza con ir más allá, hacia el otro.”

El Extraño. H.P.Lovecraft.

– Permítaseme opinar – Dijo Horacio Quiroga, con un libro de Cortázar en la mano – Edgardo querido, que gusto encontrarlos por acá. Lovecraft, un placer. Recién hasta hoy pude conocerlo.- Se excusó mientras me saludaba con el mismo movimiento de cabeza con que yo saludé a Howard, y siguió – Escuché que hablaban de mujeres, no puedo sino recordarla a ella:

“De todas las mujeres que conocí en el mundo vivo, ninguna produjo en mí el efecto que Enid. La impresión fue tan fuerte que la imagen y el recuerdo mismo de todas las mujeres se borró. En mi alma se hizo de noche, donde se alzó un solo astro imperecedero: Enid. La sola posibilidad de que sus ojos llegaran a mirarme sin indiferencia, deteníame bruscamente el corazón . Y ante la idea de que alguna vez podía ser mía, la mandíbula me temblaba. ¡Enid!”

El Espectro. Horacio Quiroga.

– ¿Hablan de amor o de mujeres? Hola a todos, no voy a saludar a uno por uno. Ya me despertaron.- Dijo Henry Miller, casi bostezando.

– De lo que quieras acotar. – Respondió Horacio.

– Yo se más de mujeres que de amor. Y usted – señalándome – Hace oídos sordos o se me va de la sala. Voy a hablar de asuntos indecorosos.

– No se preocupe – le dije – bien dijo un colega suyo en Juliette y las prosperidades del vicio y repito yo, luciendo el personaje: ¡Soy una depravada! ¿Es culpa mía si la naturaleza me ha dado gust…

– ¿Gustos contrarios a los de todo el mundo? Deja de invocarme Mina Murray. -Dijo jubiloso el Marqués de Sade. Mi sonrisa de Lolita fue inevitable.- Basta. Dejá de mostrarme los dientes. ¿De qué hablan? ¡¿Ni después de muertos dejan de opinar ustedes?!

– ¡Pero miren quién llego! – Dijo Quiroga.- Esto se va a poner interesante. Ojalá venga Julio.

– Henry estaba por hablar de asuntos indecorosos – Dijo Howard.

– “La irresistible criatura del otro sexo es un monstruo en el proceso de convertirse en flor. La belleza femenina es una incesante creación, un incesante girar alrededor de un defecto (a menudo imaginario) que hace que todo el ser se remonte al cielo.” (…)

“Llegan y se van así, claras, precisas, trayendo consigo el ambiente del impacto, radiando sus efectos instantáneos. De todos los tipos, templadas por la textura, clima, estado de ánimo: metálicas, figuras de mármol, de alabastro, como flores, como animales esbeltos, cubiertas de piel sucia, trapecistas, láminas plateadas de agua surgiendo en forma humana y combadas como espejos venecianos. Uno las desviste con lentitud, las examina bajo el microscopio, se las invita a inclinarse, a agacharse, a que flexionen las rodillas, a que se den la vuelta, que extiendan las piernas. Uno habla con ellas, ahora que los labios no están sellados. ¿Qué estabas haciendo aquel día? ¿Siempre te peinas de esa manera? ¿Qué me ibas a decir cuando me miraste así? ¿Podría pedirte que te dieras la vuelta? Eso es. Ahora toma tus pechos con las dos manos. Si yo me hubiese podido arrojar sobre tí ese día. Te hubiera podido poseer allí mismo en la vereda, y con la gente pasando sobre nosotros. Te podría haber poseído en la tierra, hundiéndote cerca del lago donde estabas sentada con las piernas cruzadas. Sabías que te estaba observando. Dímelo… Dime… porque nadie lo sabrá jamás. ¿En qué estabas pensando en ese mismo momento? ¿Por qué conservaste las piernas cruzadas? Sabías que yo esperaba que tú las abrieras, ¿no es cierto? ¡Dime la verdad! Hacía calor y no llevabas nada debajo de tu vestido. Habías bajado de tu refugio para respirar un poco de aire, esperando que sucediera algo. No te importaba mucho lo que ocurriera, ¿verdad? Vagaste alrededor del lago, esperando que oscureciera. Querías que alguien te mirara, alguien cuyos ojos te desnudaran, alguien que fijara la mirada en ese punto tibio y húmedo que tienes entre las piernas; devanaste así, así como así un ovillo de miles de metros. Y todo el tiempo mudabas la mirada de uno a otro con furia caleidoscópica. Lo que se metía bajo tu piel era la inexplicable naturaleza de la atracción. la misteriosa ley de la atracción. Un secreto sepultado profundamente en las partes aisladas como en el misterioso todo.”

Sexus. Henry Miller.

– ¡Bravo! ¡Genio! Que gusto escucharlo narrar así, querido Miller. – Dijo Poe.

– Muy sentido- Dijo el Marqués- Aburrido para mi gusto. Le falta fuego, obscenidad, carnes, detalles, le falta sex…

Portazo.

-Lamento interrumpir de esta manera – dijo Julio Cortázar – pero encontré a este joven mirando por la endija de la puerta. ¿Alguien lo conoce o se queda afuera?

– ¡Yo lo conozco! – dije levantando una mano.

– Bueno… Que se quede pero Mina, no traigas invitados sin consultar. – Dijo con su aire francés y siempre muy correcto, podría escucharlo por horas y pedirle que me lea “Toco tu boca” y lo escucharía hasta salir el sol sin cansarme.- Traje Whisky.

– ¡Absenta! Dijeron Poe y Lovecraft al unísono.

Mientras ellos se servían y Julio saludaba, el autoinvitado se acercó hasta la estufa. Lugar donde estaba yo desde que llegué.

– Bomur ¿Que hacés acá?

-¿Vos que hacés acá? Yo vine como todos los viernes a mirar en los archivos, diarios viejos de las épocas de gloria de mi general Perón.- Silencio y cara de poker de mi parte – Bueno, Julio estaba comprando whisky acá al lado, donde yo iba a comprar un Fernet y lo ví enfilar para la biblioteca. Me pareció raro. Lo seguí, lo perdí cuando pasé la primer puerta y después nada… el papelón. Si Milo se entera que estuviste con Cortázar y no lo invitaste no le va a gustar.

– ¡El sigue buscando puertas al infierno! ¿no te digo yo? Milo si no lee la nota, no se va a enterar. ¿Te vas o te quedas?

– Me quedo. ¡Llega a aparecer Evita y estoy hecho!

– ¡Cortázar, ponga fuego!- Dijo Horacio.

– Fuego. Digo fuego y pienso en magia. Digo magia y pienso en la Maga. Me acuerdo un párrafo en este momento… de Rayuela. Decía así:

“A Oliveira le gustaba hacer el amor con la Maga porque nada podía ser más importante para ella y al mismo tiempo, de una manera difícilmente comprensible, estaba como por debajo de su placer, se alcanzaba en él un momento y por eso se adhería desesperadamente y lo prolongaba, era como un despertar y conocer su verdadero nombre, y después recaía en una zona siempre un poco crepuscular que encantaba a Oliveira temeroso de perfecciones, pero la Maga sufría de verdad cuando regresaba a sus recuerdos y a todo lo que oscuramente necesitaba pensar y no podía pensar, entonces había que besarla profundamente, incitarla a nuevos juegos, y la otra, la reconciliada, crecía debajo de él y lo arrebataba, se daba entonces como una bestia frenética, los ojos perdidos y las manos torcidas hacia adentro, mítica y atroz como una estatua rodando por una montaña, arrancando el tiempo con las uñas, entre hipos y un ronquido quejumbroso que duraba interminablemente. Una noche le clavó los dientes, le mordió el hombro hasta sacarle sangre porque él se dejaba ir de lado, un poco perdido ya, y hubo un confuso pacto sin palabras, Oliveira sintió como si la Maga esperara de él la muerte, algo en ella que no era su yo despierto, una oscura forma reclamando una aniquilación, la lenta cuchillada boca arriba que rompe las estrellas de la noche y devuelve el espacio a las preguntas y a los terrores. Sólo esa vez, descentrado como un matador mítico para quien matar es devolver el toro al mar y el mar al cielo, vejó a la Maga en una larga noche de la que poco hablaron luego, la hizo Pasifae, la dobló y la usó como un adolescente, la conoció y le exigió las servidumbres de la más triste puta, la magnificó a constelación, la tuvo entre los brazos oliendo a sangre, le hizo beber el semen que corre por la boca como desafío al Logos, le chupó la sombra del vientre y de la grupa y se la alzó hasta la cara para untarla de sí misma en esa última operación de conocimiento que sólo el hombre puede dar a la mujer, la exasperó con piel y pelo y baba y quejas, la vació hasta lo último de su fuerza magnífica, la tiró contra una almohada y la sábana y la sintió llorar de felicidad contra su cara que un nuevo cigarrillo devolvía a la noche del cuarto y del hotel.”

Rayuela. Julio Cortázar.

– Fua… Que descripción, que cantidad de palabras coquetas para describir tal acto.

– Hermoso, pero siguen siendo tiernos -Dijo el Marqués.- Está claro que cada uno tiene su estilo. Pero Henry… ¡Sos de los míos! ¡Me extraña mi hermano! ¿Estás siendo suave porque está Murray? Relajate, es más nuestra que de ellos.

-¡Vamos Miller!- dijeron varios a modo de alentarlo. Éste hizo fondo blanco a su vaso y empezó:

“Con la niñera de mi hija estando una noche en el baño, después de haber permanecido ahí durante un tiempo sospechosamente largo, comencé a pensar ciertas cosas. Decidí espiar por el ojo de la cerradura y comprobar por mí mismo qué sucedía, para mi sorpresa estaba parada frente al espejo acariciando su pequeño gatito, casi hablándole. Me excitó tanto que al principio no supe qué hacer. Volví a la habitación, apagué las luces y me acosté en la cama, esperando que ella saliera. Mientras estaba acostado ahí todavía podía ver su sexo peludo y los dedos que parecían tamborilear sobre él. Me abrí el pantalón para que mi miembro se refrescara en la oscuridad. Traté de hipnotizarla desde la cama, o por lo menos hacer que mi miembro la hipnotizara. Vení acá puta, me repetía, y poné ese sexo sobre mí. Debe haber recibido el mensaje inmediatamente, porque un instante después se abría la puerta y tanteaba en la oscuridad para encontrar la cama. No dije una palabra, no hice el menor movimiento. Sólo mantuve mi mente fija en su sexo, que se movía silenciosamente en las tinieblas como un cangrejo. Finalmente estuvo al lado de la cama. Ella tampoco dijo una palabra. Solamente se quedó ahí silenciosa y cuando yo deslicé mi mano entre sus piernas movió un poco su pie para abrirlas. No creo que jamás haya tocado algo más jugoso en mi vida. Era como un engrudo corriendo por sus piernas y si hubiera tenido carteles hubiera podido pegar una docena o más. Después de unos momentos, tan naturalmente como una vaca inclina su cabeza para pastar, ella se inclinó y lo tomó en su boca. Le introduje cuatro dedos, frotándola hasta sacarle espuma. La boca de ella esta llena y el jugo se le derramaba entre las piernas. No dijimos una palabra. Sólo un par de maníacos trabajando pacíficamente en la oscuridad, como sepultureros. Era una paradisíaca manera de hacer el amor.”

Trópico de Cáncer. Henrry Miller.

Bomur abría los ojos durante el relato y tenía cara de espanto. Yo, divertida, me asombraba de cuanta palabra usaba. Era cierto. Era más de Miller y de Sade, que de Cortázar.

Entre anecdótas de caballeros y no tan caballeros sonaban estruendosas sus risas y llevaban algunas rondas de whisky. Yo escuchaba atenta todo, hoy nos sorprendemos de cosas que ellos ya hicieron y hasta les dieron formas de libros que perduran en el tiempo. No hemos descubierto nada, pensé en silencio. Se escuchaba una puerta, lejos, que se abría. Intenté descifrar de dónde venía el ruido cuando Bomur me hace señas de que se va. Saludo con la mano y sigo atenta el sonido. Acompañaban unos pasos cautelosos. Sentí curiosidad.

-¡Que remate el Marqués! ¡Sí! ¡Que remate el Marqués! -Decían. Ya no les reconocía las voces. Salvo Julio y Howard, siempre con posturas respetables.

– Bueno, ésta y nos vamos.- Dijo Sade.-

– Si vas a hacer diálogos, hacélos con las voces, como la otra noche.- Pidió Miller.

El Marqués con una de las botellas de whisky en su mano empezó:

“Eugenia, librad por completo vuestra imaginación a los supremos extravíos del libertinaje; pensad que los más bellos misterios van a consumarse ante vuestros ojos; pisotead vuestros prejuicios: el pudor nunca fue una virtud. Si la naturaleza tuviese prejuicios hubiese querido que nos ocultásemos algunas partes del cuerpo, ella habría tomado las debidas precauciones, pero nos creó desnudos; por consiguiente, quiere que andemos desnudos, y , si hacemos lo contrario, ultrajamos sus leyes. (…) Vamos Eugenia, ¡manos a la obra! La manga de la bomba ya está en el aire, pronto nos inundará.

– Eugenia: ¡Ah, querido, qué miembro más monstruoso! ¡Apenas puedo empuñarlo! ¡Oh, Dios mío! ¿Son todos tan enormes como éste?

– Dolmancé: Ya sabéis, Eugenia, que el mío es mucho más pequeño. Estos aparatos producen gran temor en una joven. Os dais cuenta de que éste no os perforaría sin cierto riesgo.

– Eugenia: (Ya masturbada por la señora de Saint-Ange). ¡Ah! ¡Desafiaría a quien fuese para gozarlo!

– Dolmancé: Y haríais muy bien: una joven nunca tiene que asustarse por algo así; la naturaleza lo consiente y los torrentes de placer con los que os colmará pronto os compensarán de los pequeños dolores que los preceden. He visto a muchachas más jóvenes soportando un miembro más grande. Con valor y paciencia se superan los mayores obstáculos. Es una locura pensar que se deba, en la medida de lo posible, desflorar a una jovencita con un miembro muy pequeño. A mí me parece, por el contrario, que una joven virgen debe entregarse a los aparatos más grandes que pueda encontrar, para que, una vez rotos los ligamentos del himen con mayor rapidez, puedan definirse rápidamente en ella las sensaciones de placer. Es verdad que, una vez acostumbrada a este régimen, le costará mucho adaptarse a otro mediano; pero, si la joven es rica, joven y bella, encontrará el tamaño que desee. Que se atenga a ello. Ahora bien, ¿qué sucedería si se le presentase uno de menor tamaño y tuviese, no obstante, ganas de utilizarlo? Que lo coloque entonces en su culo.

– Señora de Saint-Ange: Exacto, y, para ser todavía más feliz, que utilice ambos a la vez; que las sacudidas voluptuosas con las que se agita al que la penetre por delante sirvan para precipitar el éxtasis del que se la mete por el culo, y que, inundada por el semen de ambos, se muera de placer derramando el suyo.”

Filósofia en el tocador. El Marqués de Sade.

-¿Qué pasó Donatien?- Le dijo Miller a Sade. -¿Y la carne, la morbosidad, la obscenidad, la pornografía? ¿Por qué te callas?

Todos atentos al interesante y desprovisto de sutilezas, relato del Marqués, hicieron ademanes iniciando al narrador a continuar. Sin embargo éste, miraba con desconcierto hacia todos lados.

– Falta Murray. ¿Dónde está Mina?

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