En un terruño no muy lejano con forma de Trapezio, hace mucho tiempo, se encontraba descansando en el Trapiche bajo Los Árboles, la bella Emilia Viniterra. Hija de Padres Dedicados, Angélica Zapata y Don Nicanor; y Nieta de Senetiner y de Doña Paula, era la menor de muchos Críos.

Sabido era que tanto Emilia como su hermano Enzo disfrutaban de pasear por las Terrazas del Castel Chandon, ubicado frente a los Álamos, con Alta Vista de los Dominios del Plata. Emilia era La Linda del condado, por lo que todos los muchachos se acercaban a cortejarla. Tempranillo en la mañana mientras disfrutaban de sus habituales tertulias en el Portillo, estos Buenos Hermanos detectaron a lo lejos la llegada de un Caballero de la Cepa. “Marcus Bressia, Comte de Valmont” anunciaban su nombre los juglares, mientras hacía su entrada triunfal a la Casarena y El Zorzal de Ala Negra cantaba como para darle más estridencias a tamaña presentación. Detrás de él hizo su entrada el Vizconde Cobos, un muchacho indeciso pero de buena madera.

Una vez finalizadas las pleitesías y presentaciones se acercó El Mago Merlot para verificar que no fueran portadores de ninguna peste, ni enfermedad. El Mago les dio de beber una potente pócima anti-virus que había desarrollado y a la que le había dado el nombre de Norton. Revisaron sus pertenencias para evitar que ingresaran al Cuarto Dominio con armas Blancas y lejos de encontrar amenazas, descubrieron unas bolsas con pequeños bocadillos amarillos y aireados, que al decir del Comte los había inventado su amigo Sottano allá en Sangiovese, República del Malbec. Una delicia.

Pedro Ximénez, un Mosso Tinto de la Hacienda del Plata fue el encargado de conducirlos a sus aposentos, para encarar al día siguiente las pruebas que tendría que llevar a cabo el caballero, si insistía con cortejar a la bella Emilia. Los Nobles no tardaron en redoblar la apuesta y decidieron poner en juego los Diamandes de Rolland que llevaban consigo. Consultados los Filósofos y el encargado de las apuestas, Carmelo Patti, todo quedó decidido para comenzar con los desafíos al romper el alba.

Una vez ubicados en las postrimerías del castillo, los visitantes oyeron el canto de una joven de rubios cabellos y de Alma Mora, de una belleza redondeada como bouquet de Moscatel. Carinae era la hija de Carmenere una sierva un poco Crotta, encargada de los quehaceres de La Casa del Visitante de aquel castillo. Pero eso nunca había sido impedimento para sus sueños de cantante. Habíasela involucrado sentimentalmente con algún Tomero polaco de esos que traen mal agüero, e incluso se decía que por unos Chenines se libraba raudamente de sus vestiduras de Algodón.

Esa noche el Comte no pudo contener sus impulsos y decidió ir tras Carinae. Cruzó los bosques entre Pinos Grises y Pinos Noir, atravesó el Alambrado y allí entre un Toro Viejo y Cuatro Vacas Gordas tipo Hereford, la divisó. Corrió hasta su encuentro y en aquel Monte Viejo pisando Los Cardos, se fundieron en un caluroso beso, el más Esperado. Las Manos Negras de Carinae rodearon las caderas de ese macho Alfa Crux. Los demás Elementos de aquel encuentro Textual quedarán a cargo de la imaginación del lector. Lo único que se puede agregar es que ya no se lo conocería nunca más como el Malamado.

La Séptima campanada del convento de López, donde se encontraban las imágenes de Santa Julia y Santa Ana, dio comienzo al ajetreado día. Como Flechas del Plata, los competidores cruzaron los establos y El Esteco, hasta llegar al Lagarde, lugar de encuentro fijado. Allí los esperaba Ferni una jóven Dulce Natural, de cabellos color Chardonay. Se rumoreaba que era la mejor encargada de hospitalidad y de mostrar las virtudes de los distintos lugares, por lo que sería ella quien habría de describir y adornar a los distintos aspirantes a la mano de Emilia y a los codiciados Diamandes de Rolland.

Siempre puntual, el primer candidato en arribar al cotejo fue Marsus Navarro Correas, archiduque de Hon, quién se había encargado de la confraternización entre los visitantes y los demás competidores, por lo que la noche se habría prolongado hasta altas horas, dejando a varios bravos fuera de combate. Al parecer al galante caballero se lo notaba más interesado en continuar con la confraternización, que en cortejar a la bella Emilia. Por lo que rápidamente organizó un TEG con sus allegados y olvidó el motivo de su participación en dicha competencia.

Detrás de él y ya Entonados para la ocasión, llegaron los caballeros del condado de InVino Veritas, quiénes envalentonados habían tempraneado un Adrianna Vineyard, para romper el ayuno. El Barón Pelleriti haciendo gala de su Parker inscribía a su caballero Vigil, al que le decían Zapata, si no la gana la empata. Mientras todo esto sucedía, hacía una estridente entrada triunfal el Marqués Bahamonde a bordo de un ruidoso caballo muy adornado y brillante acompañado de su consejero Llaver, quien llevaría un puntilloso jornal detallando lo sucedido en tamaña competencia y acompañando cada anécdota con un brindis.

El último en llegar como siempre y durmiendo una Siesta en la parte trasera de La Rural, era el juglar Milia, quién llegaba desde las tierras bicentenarias de Tucumen, donde había estado realizando retratos de Don Pascual Toso junto a su amigo Gascón, un tipo Pulenta. Rápidamente y ante la presencia de unas cuantas jóvenes seguidoras, este rufián ensayando un par de fintas de la vieja escuela y con unos pinceles de colores, se llevó las miradas de todas las presentes a las que dedicaba coplas y retratos.

El caos ahora reinaba en aquel Rincón Famoso. Entre Los Toneles se podía ver al Comte encariñado con Carinae, Marsus había abierto el Casillero del Diablo donde se escondía el famoso Tapiz de San Felipe y lo estaban usando de mantel de poker, apostando contra el juglar, que juguetaba con La Flor y con La Azul mientras fumaba un Latitud 33°. Caminando por los Cerrillos siguiendo por lo Alto las Hormigas, los caballeros de In Vino Veritas se perdían en el atardecer, entre acrodes, con aquella Luna Roja de fondo.

La Famiglia estaba que trinaba, habían cuidado a Emilia como su Cosecha Tardía, pero entendían lo que esta valiosa lección de apurar con taninos chipeados a un buen Corte A, les había enseñado. Esto sería para ellos un Renacer, había que empezar Decero y para eso habría que reconocer que el Enemigo está en cada uno de nosotros, y para encontrarlo necesitarían de los Cinco Sentidos.

Entre tamaña confusión y ante el desconcierto generalizado de anfitriones, visitantes, competidores y agasajados, la bella Emilia escudriñó atentamente entre los presentes y haciendo gala de su gallarda personalidad, decidió hacer lo que siempre quiso desde el primer momento… y se fue con El Relator de esta historia. Porque cuando la escritura no es lo de uno… siempre hay que tener un Plan B. Punto Final.

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