Hoy les voy a contar algo de lo cual me veo involucrada sin ser parte. Quiero compartir con ustedes el relato de una amiga, sobre su enfermedad con la que lidia a diario. Espero su historia los ayude.

“Hola, soy Antonella y tengo 21 años. Llevé una vida bastante normal hasta los diez años, al menos eso recuerdo. Soy consciente del momento en que todo el mundo se me vino abajo.

Como dije antes, no superaba los 10 años de edad y estaba jugando en el patio de mi casa con mi hermana. Mi mamá dormía la siesta porque acababa de llegar de trabajar. Sonó el timbre y dado que siempre fui bastante metida atendí sin ninguna autorización. Abrí la puerta y del otro lado había un chico apenas más grande que yo y me dio una noticia terrible, más cruel que pude imaginar: “atropellaron a tu papá en el acceso este”, casi sin reacción lo dejé irse en la bici por la cual había llegado a mi casa. Mis ojos derramaban lágrimas que no supe cuándo comenzaron a caer y desperté a mi mamá con un grito tan fuerte como mis cuerdas vocales lo permitieron. Mi mamá, mi sostén, de un salto ya estaba de pie. Se dirigió al lugar del accidente mientras yo rezaba con todo mi corazón porque no fuera mi papá. Yo quería verlo una vez más.

Pasaron dos horas eternas y vi a mi mamá doblar la esquina, lloraba desconsoladamente y al verla así sentí que el corazón se me había roto, se los juro. Pensé lo peor. Tildada mirando a mi hermana mayor mi mamá pudo decir tres palabras que me dieron tranquilidad y una culpa incontrolable: “atropellaron a tu abuelo y falleció”.

Cómo mentirles ¡si realmente me puso feliz saber que mi papá iba a seguir conmigo! ¿Cómo iba a vivir con la culpa de resignar la muerte de mi abuelo por la vida de mi papá?

Lo sé, es un pensamiento ilógico, yo no lo maté pero creí eso durante mucho tiempo. El tiempo suficiente para sentirme culpable por absolutamente todo lo malo que sucediera desde ese momento en adelante. Empecé a entender la vida y con ella a la muerte. No puedo hablar en pasado y decir que le temía a algo, porque hoy le temo a todo.

Mis conductas fueron mutando y cada vez realizaba actos más repetitivos. Todo lo que tocara debía ser de una cantidad de veces que fuera par y puedo nombrarles mil comportamientos más. Era y es TOC (Trastorno obsesivo compulsivo).

Mi infancia fue difícil. Yo no entendía lo que me pasaba ni porqué me daba tanta angustia cada vez que alguien que quería salía de mi casa. El nacimiento de mi hermanita fue una tortura porque temía que algo malo le pasara todo el tiempo. Esos temores me obligaban a realizar actos compulsivos, desde tocar dos, cuatro u ocho veces el mismo objeto hasta girar varias veces la cabeza hasta marearme y finalmente descomponerme. Mi malestar era el límite. Yo no podía ser feliz.

Ahora todo sigue igual, la diferencia es que conozco algo sobre el tema pero no lo logro superar. Cualquier cosa que veo en las noticias o algún acontecimiento fortuito que escuche o lea, inmediatamente se transforma en una excusa para volverme presa una vez más de esas conductas que me acompañaron a lo largo de mi vida.

Muchas veces lo quise controlar. Tuve ayuda psicológica cuando era chica pero no sirvió. Pero no le contaba nada, era tan niña que no pude expresar lo que estaba padeciendo. Si hacía algo que me hiciera sentir mejor temía que algo malo pasara. No podía estar con mis amigos porque hacía movimientos raros con mis ojos y era víctima de constantes burlas. Yo solo quería jugar tranquila.

El año pasado fui a otra psicóloga. Me costó mucho pero tomé la decisión que creí más acertada aunque haya sido en vano. La licenciada se limitaba a hacerme dibujar decenas de cosas y yo sentía que estaba perdiendo mi tiempo. Fui a ocho consultas y desistí. Era una pérdida de tiempo y plata. Pensaba que iba a morir con la angustia y mi “locura”.

A mi mamá le cambiaron la obra social e intuí que era una oportunidad para acercarme a otro especialista. Finalmente lo hice y no fue necesario ir a más de una consulta para ser derivada al psiquiatra. Les mentiría si les dijera que no me avergüenza, no debería pero cada presencia en la sala de espera, rodeada de personas en condiciones peores a las mías me llena de tristeza. Yo no estoy loca. Yo no lo elegí.

No se trata de un simple estado de depresión, tampoco quiero llamar la atención como me decían cuando era chica. Me enfermé porque no soporté la idea de perder a alguien. Me volví totalmente dependiente de esos comportamientos y aunque claramente soy más grande sigo sin poder avanzar. Me invade la culpa cada vez que piso la raya de una baldosa o cada vez que no acomodo un objeto la cantidad de veces que sean necesarias. Tampoco soporto pensar que alguien puede morir sin lavarme las manos muchas veces. Viajar en micro es una tortura porque no tolero que me pisen o que me toquen la mano sin poder limpiarme. La necesidad de ser libre de todo lo que hoy me ata me incentivó a escribir esto.

Yo solo quiero estar bien, me paso la vida “haciendo cosas” para lograr el bienestar de los demás, tanto que me olvidé de mí.”

Compartí, no seas paco